domingo, 15 de marzo de 2009

JULIO RAMÓN RIBEYRO: UN CUENTISTA MAYOR QUE LEYÓ A SUS MAYORES


JULIO RAMÓN RIBEYRO:
UN CUENTISTA MAYOR QUE LEYÓ A SUS MAYORES


Mario Vargas Llosa es un gran escritor peruano, sobre todo un gran novelista, aunque, políticamente hablando, suele ser un miserable (la miseria del oportunista); Julio Ramón Ribeyro fue un gran escritor peruano, sobre todo un gran cuentista, y fue un hombre bueno, un hombre serio, quitado de bulla, riguroso, miembro de lujo del club de los arriesgados y una luminosa lección de técnica. Sí, Ribeyro, aparte de escritor mayor, fue un hombre bueno, tanto que supo ser a veces un miserable, con omisiones miserables, principalmente frente a Alan García, el modelo del político corrupto y, desde el revisionismo de corte neoliberal, epítome del reaccionario (si se me perdona esta expresión deudora de épocas con menos horas dormidas y, no obstante, con más sueños). Pero todos hemos sido miserables, en más de un sentido, por acción u omisión. La historia de los latinoamericanos es, de hecho, la historia de la entrada en las miserias de diverso cuño o el intento, siempre el intento, de escatimarles el cuero.
Acá no vamos a hablar de Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro; de su amistad, de su distanciamiento, de los valores absolutos y relativos de uno y otro. No vamos a hablar de uno y otro, pues vamos a hablar de uno: Ribeyro. Uno de los mejores cuentistas de habla hispana y, quiero creer, de cualquier lengua. Recuerdo que en los ochenta lo leíamos poco; ahora, también. No es un escritor de aquellos que uno vive recordando, porque su voz es demasiado grande y su lectura del fracaso demasiado encaradora; uno se acuerda así “como de repente” de Ribeyro; uno se acuerda de él, por ejemplo, cuando debemos pensar en el Oficio, el Oficio de escritor que pretende tener densidad, una propuesta y, sobre todo, una buena lectura de autores insoslayables (Poe, Chéjov, Kafka, verbigracia). A todo esto, ¿qué hace que un escritor sea insoslayable?: el hecho de que podamos —perfecta y rigurosamente— soslayarlo, aunque sabiendo (o, lo que es peor, sin saber) que ese autor y su trabajo siguen allí, sin perder nada ni a nadie, pues los únicos que se privan de algo (¿algo que puede ser Literatura?) somos nosotros. También tal posibilidad es una "apuesta a ganador" con el fracaso.
Ya que hablamos de fracaso, debemos aludir a la derrota y sus víctimas. Ribeyro fue un maestro en cuentos que hacen una autopsia a cuerpo viviente del fracaso, de la derrota, de los derrotados.
Ribeyro ha sido siempre un escritor prescindible, por eso es tan importante, por eso es imprescindible: tiene algo que decirnos. De nosotros depende, no de lo que se nos diga, si lo leemos o no.

K. Ramone


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Los gallinazos sin plumas


Julio Ramón Ribeyro

A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.

A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:

–¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!

Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.

¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.

Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón.

Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.

Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesa los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.

Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir dejando regado su botín. Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada está perdida.

Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.

Don Santos los esperaba con el café preparado.

–A ver, ¿qué cosa me han traído?

Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:

–Pascual tendrá banquete hoy día.

Pero la mayoría de las veces estallaba:

–¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!

Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.

–¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!

Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al borde del mar.

–Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.

Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros qne rodaban hacía el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos llenos.

–¡Bravo! –exclamó don Santos–. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.

Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.

Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio e había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero Don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.

– Dentro de veinte o treinta días vendré por acá –decía el hombre–. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.

Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.

–¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda sobre rieles.

A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.

–Tiene una herida en el pie – explicó Enrique –. Ayer se cortó con un vidrio.

Don Santos examinó el pie de su nieto. La infección había comenzado.

–¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.

–¡Pero si le duele! –intervino Enrique–. No puede caminar bien.

Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.

–Y ¿a mí? –preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo–. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo setenta años y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas!

Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los cubos casi vacíos.

–¡No podía más! –dijo Enrique al abuelo–. Efraín está medio cojo.

Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.

–Bien, bien –dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia el cuarto–. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!

Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y medio sarnoso.

–Lo encontré en el muladar –explicó Enrique– y me ha venido siguiendo.

Don Santos cogió la vara.

–¡Una boca más en el corralón!

Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.

–¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.

Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.

–¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes!

Enrique abrió la puerta de la calle.

– Si se va él, me voy yo también.

El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:

–No come casi nada..., mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.

Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la vara, cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.

Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.

–¡Pascual, Pascual... Pascualito! – cantaba el abuelo,

–Tú te llamarás Pedro – dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.

Su alegría se esfumó: Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie hinchado, como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían perdido casi su forma.

–Te he traído este regalo, mira –dijo mostrando al perro–. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe... Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.

¿Y el abuelo? –preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.

–El abuelo no dice nada –suspiró Enrique.

Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:

–¡Pascual, Pascual... Pascualito!

Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.

–¡Mugre, nada más que mugre! – repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.

A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad del cerdo crecía con su gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.

Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.

–¿Tú también? –preguntó el abuelo.

Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.

–¡Está muy mal engañarme de esta manera! –plañía–. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!

Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.

–¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá, comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan levantarse y trabajar!

A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.

¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!

Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.

–¿Si se muere de hambre –gritaba– será por culpa de ustedes!

Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.

Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.

La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:

¡Arriba, arriba, arriba! - los golpes comenzaron a llover–. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...

Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.

–¡A Efraín no! ¡El no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!

El abuelo se contuvo jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.

–Ahora mismo... al muladar... lleva los dos cubos, cuatro cubos...

Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacían trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.

–Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.

Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.

Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.

–¡Aquí están los cubos!

Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:

–Pedro... Pedro...

–¿Qué pasa?

–Pedro ha mordido al abuelo... el abuelo cogió la vara... después lo sentí aullar.

Enrique salió del cuarto.

–¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?

Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento. De un salto se acercó al viejo.

–¿Dónde está Pedro?

Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo del perro.

– ¡No! – gritó Enrique tapándose los ojos –. ¡No, no! – y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.

–¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?

El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.

–¡Voltea! –gritó– ¡Voltea!

Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.

–¡Toma! –chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero.

Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.

¡ A mí, Enrique, a mí!...

–¡Pronto! –exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano –¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!

–¿Adónde? –preguntó Efraín.

–¿Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!

–¡No me puedo parar!

Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.

Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.






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domingo, 8 de marzo de 2009

Juan Luis Martínez: la pájara desaparición de la autoría


JUAN LUIS MARTÍNEZ:
LA PÁJARA DESAPARICIÓN DE LA AUTORÍA


"Me complace irradiar una identidad velada como poeta;
esa noción de existir y no existir, de ser más literario que real."

JLM


a) La de Juan Luis Martínez (1942 – 1993) es una poesía de alto riesgo. Es hijo legítimo, como Linh o Rodrigo Lira por ejemplo, de Don Mito González, el padre de los mitos literarios hispanoamericanos; ante los mitos (veamos lo que sucede con Mario Santiago Papasquiaro en México), es fácil unirse a la cáfila de historias e historietas acerca del autor, de su entorno, y evitar "sanamente", de paso, el encuentro —choque a pleno hocico más bien, en el caso de los autores nombrados acá—, la lectura de los mismos. Sea para bien o mal, lo preferible es LEERLOS, hay que correr ese albur.


b-a) No fue un escritor marginado (gozó del respeto de sus pares, entre quienes, para variar, estuvo Lihn, llamado El Que Sabía Leer); fue, empero, y lo es aún, un escritor marginal. Alejado de la farándula literaria, de la obsesión por publicar, de las obscenidades propias del ombliguismo exacerbado, construyó una poesía que no es fácil.


b-a-c) De Juan Luis Martínez nos queda: la locuacidad de pájaro que sueña a otros pájaros, es decir, un ave que sueña que tiene otras voces en medio del ramaje tupido; una actitud ética, pero desde la literatura, o sea, una sola actitud provista de varias éticas; la posibilidad de ser serios pese a la voluntad del Yo, y el riesgo de naufragar cada día y salir convertido en fantasma de caballero andante, de doncella, de puta gata, en fin, la probabilidad de alcanzar formas o visiones humanas; sobre todo, nos queda un nombre —el suyo— tachado por propia mano (acto que, entre otros atentados gozosos, nos llama la atención acerca de lo que sí es —si es que de repente lo fuera— importante: el Poema, no el accidente, no la anécdota del autor); que todo lo dicho es parte, lo mismo que acá, de cada cosa dicha.


z-a) Nadie, nadie que sea un lector atento, por supuesto, resulta ileso después de la experiencia de su lectura. Cuando uno lee poesía de tal inmen/d/ensidad, debe salir con la cabeza rota en mil pedazos de vidrio, los brazos quebrados como ideas, las verijas molidas como comida de enfermo, los ojos volando lejos como puertas de después, las tetas o las tetillas revolcándose en el polvo.


Kato Ramone


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La desaparición de una familia

Por Juan Luis Martínez

1.- Antes que su hija de 5 años
se extraviara entre el comedor y la cocina
él le había advertido: "-Esta casa no es grande ni pequeña,
pero al menor descuido se borrarán las señales de ruta
y de ésta vida al fin, habrás perdido toda esperanza"


2.- Antes que su hijo de 10 años se extraviara
entre la sala de baño y el cuarto de los juguetes,
él le había advertido: "-Esta, la casa en que vives,
no es ancha ni delgada: sólo delgada como un cabello
y ancha tal vez como la aurora,
pero al menor descuido olvidarás las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza".


3.- Antes que "Musch" y "Gurba", los gatos de la casa,
desaparecieran en el living
entre unos almohadones y un Buddha de porcelana,
él les había advertido: "
-Esta casa que hemos compartido durante tantos años
es bajita como el suelo y tan alta o más que el cielo,
pero, estad vigilantes
porque al menor descuido confundiréis las señales de ruta
y de esta vida al fin, habréis perdido toda esperanza".


4.- Antes que "Sogol", su pequeño fox-terrier, desapareciera
en el séptimo peldaño de la escalera hacia el 2º piso,
él le había dicho: "-Cuidado viejo camarada mío,
por las ventanas de esta casa entra el tiempo,
por las puertas sale el espacio;
al menor descuido ya no escucharás las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza".


5.- Ese último día, antes que él mismo se extraviara
entre el desayuno y la hora del té,
advirtió para sus adentros:
"-Ahora que el tiempo se ha muerto
y el espacio agoniza en la cama de mi mujer,
desearía decir a los próximos que vienen,
que en esta casa miserable
nunca hubo ruta ni señal alguna
y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza".


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OBSERVACIONES SOBRE EL LENGUAJE DE LOS PÁJAROS
Por Juan Luis Martínez


El Lenguaje de los Pájaros o Confabulación Fonética es un lenguaje inarticulado por medio del cual casi todos los pájaros y algunos escritores se expresan de la manera más irracional posible, es decir a través del silencio. La Confabulación Fonética no es sino la otra cara del silencio. (los pájaros más jóvenes como también así algunos escritores y músicos sufren hoy por exceso de libertad y están a la búsqueda del padre perdido)

Los pájaros ambicionan escapar escapar del círculo del árbol del lenguaje- desmesurada empresa, tanto más peligroso, cuanto más éxito alcanzan en ella -. Si logran escapar se desentienden de árbol y lenguaje. Se desentienden del silencio y de sí mismos. Ignoran que se desentienden y no entienden nada como no sea lo indecible. Se desescuchan del silencio. Se desescuchan de sí mismos. Quieren desescucharse del oído que alguna vez los escuchara: (los pájaros no cantan: los pájaros son cantados por el canto: despajareándose de sus pájaros el canto se des-en-canta de sí mismo: los pájaros reingresan al silencio: la memoria reconstruye en sentido inverso "El Canto de los Pájaros": los pájaros cantan al revés).

Los pájaros viven fundamentalmente entre los árboles y el aire y dado que sus sentimientos dependen de sus percepciones, el canto que emiten es el lenguaje transparente de su propio ser, quedando luego atrapados por él y haciendo que cada canto trace entonces un círculo mágico en torno a la especie a la que ellos pertenecen, un círculo del que no se puede huir, salvo para entrar en otro y así sucesivamente hasta la desaparición de cada pájaro en particular y en general hasta la desaparición y/o dispersión de toda la especie.

Los pájaros no ignoran que muchos poetas jóvenes torturan las palabras para que ellas den la impresión de profundidad. Se concluye que la literatura sólo sirve para engañar a pobres gentes respecto a una profundidad que no es tal. Saben que se ha abierto un abismo cada vez más ancho entre el lenguaje y el orden del mundo y entonces se dispersan o enmudecen: dispersan dispersas migas en el territorio de lo lingüístico para orientarse en el regreso (pero no regresan) porque no hay adonde regresar y también porque ellos mismos se desmigajan en silencio desde una muda gritería y tragan en silencio su propio des-en-canto: descantan una muda gritería. ¿Se tragan a pequeños picotazos el silencio de su muda gritería? : (cantando el des-en-canto descantan el silencio: el silencio se los traga).

A través del canto de los pájaros, el espíritu humano es capaz de darse a sí mismo juegos de significación en número infinito, combinaciones verbales y sonoras que le sugieran toda clase de sensaciones físicas o de emociones ante el infinito. (Develar el significado último del canto de los pájaros equivaldría al desciframiento de una fórmula enigmática: la eternidad incesantemente recompuesta de un jeroglífico perfecto, en el que el hombre jugaría a revelarse y a esconderse a sí mismo: casi el Libro de Mallarmé).

Cantando al revés los pájaros desencantan el canto hasta caer en el silencio: -lenguaje – lenguajeando el lenguaje -, lenguajeando el silencio en el desmigajamiento de un canto ya sin canto. Se diría: (restos de un Logos: migajas de un Logos: migas sin nombre para alimento de pájaros sin nombre: pájaros hambrientos: (pájaros hambreados por la hambruna y el silencio).

Desconstruyen en silencio, retroceden de unos árboles a otros: (han perdido el círculo y su centro: quieren cantar en todas partes y no cantan en ninguna): no pueden callar porque no tienen nada que decir y no teniendo nada picotean como último recurso las migajas del nombre del (autor): picotean en su nombre inaudible las sílabas anónimas del indecible Nombre de sí mismos.


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martes, 3 de marzo de 2009

UNA NOVELA EN SEIS PALABRAS


UNA NOVELA EN SEIS PALABRAS


Esto es una leyenda. Una mitología literaria. Pero es muy probable que sea real (es probable que hasta la existencia de la Literatura sea real).

Monterroso, aparte de gran humorista, fue un gran escritor; otros dirán que, aparte de gran escritor, fue un gran humorista; otros, que junto con ser un gran humorista, fue un gran escritor, o viceversa. Me quedo con cualquiera de las alternativas. No fue el mayor humorista/escritor/humorista/escritor en lengua española del siglo XX (sitio que pertenece a Borges), pero es autor de uno de los mejores chistes y, al mismo tiempo, uno de los mejores cuentos breves: El Dinosaurio. Se dice que es el más breve del mundo; puede que sea así, aunque personalmente no conozco todos los cuentos publicados en el mundo, ni menos todos los cuentos.

El chiste/cuento/cuento/chiste es el siguiente, ya tú lo sabes:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”

El relato, de siete palabras (¡oh gran número 7!), fue publicado por el autor, es realmente (está probado casi como verdad judicial) una historia escrita por Monterroso.

Ahora empieza la mitología: se cuenta que Ernest Hemingway escribió una novela de seis palabras. No un cuento; una novela.

Se dice que Hemingway hizo esta apuesta: que podía escribir una historia completa en tan sólo seis palabras. Ganó el desafío con esta narración:

“For Sale: Baby shoes, never worn.” (“Vendo: Zapatos de bebé, nunca usados” —hago una traducción que conserva las seis palabras—.)

Es un gran chiste también. Más breve (¡oh gran número 6!) y más oscuro que el de Monterroso. Es, en realidad, una historia terrible, un chiste de mal gusto, un chiste de borrachos babososamente indolentes. Es frío, es una obra maestra de la frialdad, y es tierno, tiene la ternura de la muerte de un angelito; por tal razón, no dudo que efectivamente pertenece a Hemingway.

Hemingway fue una gran humorista, un humorista tierno y frío, un humorista oscuro y sensible, un humorista, pues, que no escabulló lo humano, lo intrínsecamente humano: todos, al menos una vez en la vida y merced a los contextos —ya otros lo han dicho— seremos el ser más bueno del mundo y, también, el más perverso.

Hemingway, en todo caso, contó su mejor chiste el último día de su vida, cuando de un escopetazo se voló todo lo que tenía de cabeza. Una especie de humorada absoluta, infalible, por lo tanto, irrebatible (es probable que hasta la existencia de la Literatura sea real).

K. RAMONE

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jueves, 15 de enero de 2009

SMALL AD: AWAY, YET NOT SLACKING

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SMALL AD:

AWAY, YET NOT SLACKING
(AUSENTE, PERO NO FLOJEANDO)

K.Ramone

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miércoles, 31 de diciembre de 2008


AGUSTÍN GÁLVEZ: EL GRANDE, EL TREMENDO, EL MARAVILLOSO, EL NUNCA BIEN PONDERADO AGUS EL AGUS ROMEO GÁLVEZ HACIENDO DE LAS SUYAS: UN GENIO NACIDO EN ESPAÑA, PERO CUYO OFICIO ES SER LATINOAMERICANO, HUMANO AHORA Y SIEMPRE, INMENSAMENTE HUMANO, CANTANTE, ACTOR, POETA, MÚSICO, Y OTROS SINÓNIMOS POR EL ESTILO



He aquí al gran Agus, my querido yunta, mi hermanote, por el gran Álvaro Montané





(y para más Agus en este blog: click aquí)


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lunes, 22 de diciembre de 2008

ROBANDO EN EL BLOG DEL NEGRO (el Fotógrafo Roberto Apablaza)
La foto y el texto (notable texto que transcribe una situación real en este Chile real de, a veces y más que a veces, realmente débil democracita ) pertenecen a mi amigo el Negro, y las robé de su blog —ojalá que después de enterarse no me escriba una paráfrasis del poema A LA PUTA QUE SE ROBÓ MIS POEMAS de Bukowski— . La foto y el diálogo son lo suficientemente poderosos y locuaces, y alusivos a la vez, como para alargar esta presentación. Los dejo, entonces, con el genial Negro:




A VER, A VER


P: A ver, a ver. Muéstrame lo que tienes ahí.

N: Si no es nada, es solamente una foto.

P: Qué huevada, estai sapiando.

N: No para nada, sólo lo hago porque me gusta, no trabajo para nadie.

P: A ver, déjame ver.

N: No, pero si no es necesario, si no le tomé fotos.

P: No, déjame ver o procedo.

N: Ya, mire. Esa es de mi mamá, es linda, no? Acá aparece un perro durmiendo arriba de unas bancas, lo ve?

P: Y, ¿para qué sirve esa huevada?

N: No sé, sólo lo hago. no hay mayor explicación.

P: Me estai ocultando algo?

N: No, para nada...


discusion de questionamientos producidos por el Arte.







jueves, 18 de diciembre de 2008

AMIRI BARAKA


AMIRI BARAKA (Everett LeRoi Jones)*: UN BREVE POEMA DE UN GRANDE

Monday in B Flat

I can pray
all day
& God
won't come.

But if I call
911
The Devil

Be here in a minute!

***



Lunes en Sí bemol



Puedo orar

todo el día

y Dios

no vendrá.



Pero si llamo

al 911

El Diablo



está aquí en un minuto!

***



(traducción de K. Ramone)

*Amiri Baraka (Everett LeRoi Jones), EEUU, 7 de octubre de 1934.







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martes, 9 de diciembre de 2008

SOBRE EL POEMA "ORIGEN", DE JENNY RAMONA...

SOBRE EL POEMA "ORIGEN", DE JENNY RAMONA, Y EL POEMA "ORIGEN" TAMBIÉN

Los gileh ya me tienen chato, Hermanito(a), los bacayoh wenoh pa menear el naranjo no máh, los lampazoh que no manyan el pulento coíche, la labia con harto zoronca, esa que se para con cualquiera, que da cara al que sea y al que juera. Sí poh, yayayayá, si nolohagamoh ná los cebollah pabajo. Mejor paro la weá, no vaiga a ser weá que me acrimine y me tenga que ir al buque de nuevo por culpa de los pedazoh e longih que son de cartón no máh. ¡Pero qué HAciste, machucao, pero qué HAciste! Vámohle con la reventá del globo, porque esta weá va a estar dequerequesteque, porque acá la Poesía lorea, chispea, lamparea y fosforea como la Poesía no máh puede lorear, chispear, lamparear y fosforear:
He estado buceando en blogs amigos. Me suelo encontrar con agradables sorpresas que, por supuesto, ya no deberían serlo. Por ejemplo, el poema que ocupa esta entrada. Es un poema que no conocía. Que por fortuna ahora conozco y leo y disfruto, y no omito maravillarme, descubrir que la poesía siempre va encontrando caminos por donde decirme: Oye, mírame, estoy acá.
El poema se llama ORIGEN, su autora es Ramona.
Cuando hay tanta parafernalia que a veces rodea a ciertos poetas o a aprendices de tales, tantos snobs felices y cómodos en el miserable fango de los parnasos a la medida de las luces de artificio chilensis, en fin, el buen poema, que siempre ha estado ahí con su buen(a) Poeta, sale por otros bordes y centros para defenderse solito. En la lectura que es cara a cara con el lector. En ese lugar en que el poema no puede ser disfrazado con el "photoshop" de una lectura sobreactuada o unida a parafernalia cualquiera. La intimidad. La lectura en solitario. El trayecto en que el poema se hilvana y deshilvana con sus propias alas chamuscadas y hacia sus claros precipicios (todo buen poema no es un ascenso sino en realidad una caída libre, una libre caída).
El poema ORIGEN que acá presentamos es un gran poema. No nos cabe duda: hay lecturas detrás, hay sobre todo experiencias y la experiencia, hay seriedad, hay oficio, hay respetoirrespetuoso, cual debe ser, a la Palabra, hay conocimiento de las connotaciones, oído unido a un ritmo, hay consciencia y no caminata a ciegas por la estructura.
(Me he permitido acompañar una imagen que, entre otras, me pretende sugerir el poema, en tanto que arrancando de y hacia su título.)

K. Ramona
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ORIGEN
por Ramona


Es hora de descansar
todo se termina en algún momento
y seguimos por inercia
persiguiendo al coyote
singular muy singular es esto
a mí
a mí
a mí atormentar
ser mis plantas las que sangrar
ser mi garganta la que enceguecer
ser las mis manos que se dispersan
las mis caricias
es el mío beso al aire arrojado
el que apenas aguijonear el aire
y no arcoiris alcanza
no lágrima
no sonrisa desinteresada
no abrazo
todo no
no toc toc
no tum tum
no ruca
no fogón
no gemido
solo brisa
rima la risa con brisa
sí río que se pierde en el valle sediento
sí máscara para el ritual nocturno
sí piedras
sí gusanos bajo las piedras
si muchas larvas de gusanos bajo esas piedras
y luego nubes
y luego gotas
y lluvia
y agua
y por mucho tiempo río río río
y sol y agua
y de nuevo río
y vida en puntitos de vida
y allí en el centro
justo en el mismísimo centro
una flor
una mal-di-ta y cur-si flor
ya muerta.







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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Novela Río - k. ramone

NOVELA RÍO
By K. Ramone

"el viento trae olor a terneros mojados"
Jorge Teillier




Primera Parte: Tres de la tarde
o ninguna hora de la tarde que para el caso da lo mismo
aburrimiento en grado superlativo
en los escombros de una cárcel
(calavera de res en el desierto después de la última explosión)
los chilenos espectros hirvientes de los presos muertos
juegan un partido de fútbol
tres hombres corren acercándose al solitario portero
el gol que se avecina es a esas alturas casi una obviedad:
el espectro que lleva la pelota es generoso
da un pase al que va más próximo y éste que también es generoso
da a su vez el pase-gol al que tiene al lado
no sin antes gritar el más sublime desafinado y rotundo
¡¡¡Ahora, socio, háguElo!!!
y el háguElo háguElo háguElo
queda suspendido en medio de las nubes radiactivas
y cae convertido en sombra quemada a los pies del cadáver sin rostro
de Michael de Cervantes
quien considera aquel acto bello
como una dentadura postiza para su boca desdentada
o ruiseñor como una mano ortopédica
para sus dedos de ex prisionero soldado del rey
y best-selling author aunque pobre
y termina gritando GOOOOOOOLLLLLLLLLL!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
ignorando que ni los escarabajos pueden oírlo
ignorando que los chilenos espectros hirvientes de los presos muertos
repetirán una y otra vez la misma escena en que fueron sorprendidos
por la onda expansiva
una y otra vez hasta el fin de los tiempos
e ignorando también Michael de Cervantes
que el háguElo y no un hágAlo
será el eco de la última estrella pájara comida por hormigas mutantes y perras.
Segunda Parte: Michel de Cervantes está solo y tiene hambre
lo habla con su caballo Rocinante
se lo explica
le promete que de alguna forma le asegurará cierto pedazo suelto de un espejo
(se cuida de explicarle que a eso se reduce la postumidad: al pedazo suelto)
lo abraza a su caballo
lo besa en la boca le ofrece sexo gratis
ve una silueta latinoamericana y terrible reflejada en los ojos del equino
lloran juntos
sienten ambos un aroma perdido como a bestias que cruzan caminos
o como carretas solas que cruzan los mismos caminos solos
o como caminos enfáticos hasta la nada
un aroma como a caderas de mujer
en fin
se han sucedido meses desde la última explosión
cada cuerpo ha omitido ya sus rastros
el cielo es un dibujo animado que se desintegra y revive y viceversa
caricaturas ardidas de la escarcha
fósiles de crisantemos electrónicos
peces que jamás escribieron su novela y siguieron siendo peces
que cesaron sobre el polvo simples como una coma
o el esqueleto del mar por fin tranquilo.
Michael de Cervantes tiene hambre y por eso
aunque lo ama
se come a su caballo
se lo come hasta chupar los huesos —que huelen rancio
como familia casa silla preferida televisor casa jardín familia
niños que fuimos y morimos
laptop oído corazón un prrrr prrrr de gatito escondido
rancio como un delantal de madre y un par de párpados
debajo de los cuales hay dos ojos cubiertos por un par de párpados—
rancios huesos de Rocinante que Michael ha chupado hasta el desmayo
pobre tipo solo con hambre
pobre cadáver que no termina de morir
porque también la muerte fue alcanzada por la onda y la vemos allí
arrojada sobre una nieve imaginaria
muerta muerte como cualquier cadáver vivito y coleando.
Pero el panorama no es triste
después de vuelto en sí y con estómago tranquilo
Michael de Cervantes ríe
quiere llorar pero no puede
y ríe
ríe y piensa que en algún momento
ha de llorar. Duerme
sueña con su casa su familia un corcel robusto sano
moviéndose en un lienzo aparece una mujer y luego una luz de ampolleta
luego el rostro de Lope de Vega atravesado por esa luz
hay una breve contemplación de la rabia y su elegancia
una mesa de plástico completamente sola en medio del Renacimiento
y las naves espaciales y un orgasmo sometido al potro y al garrote
sin embargo sueña y sonríe
alcanza a ver una fuente en cuya esfera se pudre un agua de alambre
un agua que es sin embargo bella
un alambre que se enrolla al cuello de una pájara
un alambre muy parecido al caballo que hace unas horas se ha comido
una fuente en cuyo fondo hay otra poza y esa poza es la amistad
un relincho un molino una vaga noción de la mentira en el arte
o del arte como vaga noción de la mentira
un revólver arrojado por los sesos
un viejo gigoló secándose sobre una cama vacía
la triste ubicuidad de un pañuelo sobre otra cama vacía
el paisaje que les sale a las ventanas
unos senos cansados en la luz demolida de las ambulancias
la oveja salvaje de una puerta nunca abierta
un perro nuestro al que llamamos y no viene
y no sabemos o no queremos saber por qué no viene
la certeza de que fuimos pobres y que todo debe llegar a su final
mano que se estrecha con el letargo de un fósforo que habremos de encender
el extenso miedo de un gato frente al crujido de la palabra gato
y el sueño es tranquilo y el cadáver de Michael de Cervantes lo sueña
obviamente con tranquilidad
la tranquilidad del que ya nada tiene que contar a nadie.
Entonces despierta y se dice “Esto no puede ser la tristeza”
y acaba convencido de que toda sombra que se quema
es agua fresca derramada encima de lo que queda de sus pies
y se siente el mejor futbolista del mundo
el que hace goles de lujo eludiendo al portero del castillo
en un estadio vacío como la perfección
deshabitado como la Historia de la Originalidad.
Luego sólo un hombre que se tiende sobre la putrefacta falsedad de una piedra
y desaparece en una sombra cuya voz
huele a huesos de gotas con forma de caballo.
Tercera Parte y Final: En la cárcel un hombre tiene una visión
y se la cuenta a otro preso.
Pongamos que es a mí a quien se la cuenta.
Cuando llegue el Juicio Final —me dice—
vendrá Tatita Dios y me dirá al oído:
“Quémate en las llamitas del Infierno, querido Hijito de la gran Perrita”
Qué puedo hacer, Hermano —me dice.
Pues nada —le contesto— esperar esperar como todos.
El viento de la cárcel traía olor a un patio mojado.
Al otro día el mismo hombre amaneció con una sonrisa de león.
Habló a su gato (los gatos así como el mate amargo y a veces los libros
son en las cárceles las últimas tablas de una casa propia).
Tuve otra visión –me dijo pero no me la contó.
Esa tarde la cuadrilla de Shakespeare lo mató a puñaladas.
Le borraron la sonrisa de león. No se defendió.
Esperó pensando que eso era el todos: la espera.
El viento traía olor a candados mojados.
Shakespeare era el jefe de una cuadrilla de asesinos y ladrones
A diferencia de otros asesinos y ladrones no eran respetados
sino temidos como una caja cerrada y supuestamente vacía o supuestamente llena.
Vi a Shakespeare reír junto a su cuadrilla.
Lo vi luego caminar solo por el patio
lo vi sentarse apoyado en una pared y escribir algo en forma de diálogo.
Luego devino pájaro
y voló. Sí
fue así
esto no es una alegoría. Tal como lo refiero lo vi.
Parecido sólo parecido al pájaro mozart en The Preserving Machine de K. Dick
pero acá no era una criatura musical sino escritural y perversa
y se alejó
abandonó su cuadrilla abandonó la cárcel
y se fue nadie sabe adónde.
El mundo empezó a ser más tranquilo.
El mundo fue inofensivo como un escritor muerto o ido o perdido.
Pasaron los años
comencé a salir de la cárcel
y el viento de la calle traía olor a un olvido que empieza a ser mojado.
Vi una lagartija muriendo sobre un libro de provincia
vi un alambre con un zorzal de sombrero
vi una ciudad de nailon sobre una hoja de árbol
y vi una lluvia junia que emanaba del mes de junio.
Lo que no vi fue al pájaro Shakespeare
ni al hombre que su cuadrilla acuchillara.
Tuve mis propios gatos
acercaba mi oído a sus hocicos y oía ese fffff fffff
que es la lingua franca de todo gato
esa forma abortiva de decirnos:
fffff fffff
es decir: I no longer love you.
Pero todo bien
la vida continúa
y los gorriones
aquellas jaurías de quiltritos voladores
llenaban todos los rincones del mundo.
Jamás veré un ruiseñor y francamente no me importa.
He visto pedazos de papeles que se elevan a la luz de la luna
y con ese fracaso me conformo.
Tenía que escribir
leer
no saber nada
esperar una micro
subir
subir
irme pronto adonde el viento y las enfermedades me llevaran.




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(el poema pertenece al libro Los Escombros de un Actor Porno, Ed. LAR, 2009)
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viernes, 14 de noviembre de 2008

Post scriptum (Bolaño)

—SU ROSTRO, EL ESPEJO, DOS VENTANAS FRENTE A FRENTE—
Post scriptum (Bolaño)


(Mathieu Bourgois)

"De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más. (Significativo, dijo el extranjero.) A lo humano y a lo divino. Como esos versos de Leopardi que Daniel Biga recitaba en un puente nórdico para armarse de coraje, así sea mi escritura."

Roberto Bolaño, Gente que se aleja (Amberes)

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