domingo, 17 de febrero de 2008

"PIANO MAN" by Billy Joel

It's nine o'clock on a Saturday
Son las nueve de un sábado
the Regular crowd shuffles in
el público habitual arrastra los pies adentro
there's an old man sitting next to me
hay un viejo sentado a mi lado
makin' love to his tonic and gin
haciendo el amor a su Gin–Tonic

He says, "Son, can you play me a melody
Él dice, ”hijo, puedes tocarme una melodía
I'm not really sure how it goes
no estoy seguro de cómo es
but it's sad and it's sweet and I knew it complete
pero es triste y es dulce y la sabía completa
when I wore a younger man's clothes"
cuando vestía ropas de hombre más joven”

La la la, de de da
La la laririra
La la, de de da da dum
La laririrararam

Sing us a song, you're the piano man
Cántanos una canción, tú eres el hombre del piano
sing us a song tonight
cántanos una canción esta noche
well, we're all in the mood for a melody
ciertamente, todos tenemos ganas de una melodía
and you've got us feelin' alright
y acostumbras hacernos sentir bien

Now John at the bar is a friend of mine
Ahora John en el bar es un amigo mío
he gets me my drinks for free
me da mis tragos gratis
and he's quick with a joke or to light up your smoke
y es rápido con los chistes o para prender tu cigarrillo
but there's someplace that he'd rather be
pero hay algún lugar donde él preferiría estar

He says, "Bill, I believe this is killing me"
él dice: “Bill, creo que esto me está matando”
as the smile ran away from his face
mientras la sonrisa escapaba de su rostro
"Well I'm sure that I could be a movie star
“Pues estoy seguro que podría ser una estrella de cine
if I could get out of this place"
si pudiera salir de este lugar”

Oh, la la la, de de da
Oh, la la laririra
La la, de de da da dum
La laririrararam

Now Paul is a real estate novelist
Ahora Paul es un novelista con propiedades
who never had time for a wife
que nunca tuvo tiempo para una esposa
and he's talkin' with Davy, who's still in the navy
y está hablando con Davy, que aun está en la marina
and probably will be for life
y probablemente lo estará de por vida

And the waitress is practicing politics
Y la camarera está practicando política
as the businessmen slowly get stoned
mientras los hombres de negocios lentamente se emborrachan
yes, they're sharing a drink they call loneliness
sí, están compartiendo un trago que llaman soledad
but it's better than drinkin' alone
pero es mejor que estar bebiendo solo

Sing us a song, you're the piano man
Cántanos una canción, tú eres el hombre del piano
sing us a song tonight
cántanos una canción esta noche
well, we're all in the mood for a melody
ciertamente, todos tenemos ganas de una melodía
and you've got us feelin' alright
y acostumbras hacernos sentir bien

It's a pretty good crowd for a Saturday
Es un bonito público para un sábado
and the manager gives me a smile
y el gerente me da una sonrisa
'cause he knows that it's me they've been comin' to see
porque sabe que es a mí a quien han venido a ver
to forget about life for a while
para olvidarse de la vida por un rato

And the piano, sounds like a carnival
y el piano suena como un carnaval
and the microphone smells like a beer
Y el micrófono huele como cerveza
and they sit at the bar and put bread in my jar
y se sientan en el bar y colocan pan (plata) en mi tarro
and say, "Man, what are you doin' here"
y dicen: “ Hombre qué estás haciendo aquí”

Oh, la la la, de de da
Oh, la la laririra
La la, de de da da dum
La laririrararam

Sing us a song you're the piano man
Cántanos una canción, tú eres el hombre del piano
sing us a song tonight
cántanos una canción esta noche
Well, we're all in the mood for a melody
ciertamente, todos tenemos ganas de una melodía
and you've got us feelin' alright
y acostumbras hacernos sentir bien


(Traducida por K. Ramone)

sábado, 9 de febrero de 2008

EL ESCRITOR GUIDO EYTEL: LECCIÓN DE GRANDEZA Y HUMILDAD

Guido Eytel nació en 1945, en Temuco. Su currículo literario refiere, entre otros datos, lo siguiente: que ha publicado cuatro libros (Casas en el Agua, novela. LOM Ediciones. Santiago, Chile. 1997; Sangre Vertió tu Boca, novela. LOM Ediciones. Santiago, Chile.1999; El Camino del Piñón, novela para niños. Pehuén Editores. Santiago. Chile.2002; Puestos Varios, cuentos. RIL Editores. Santiago. Chile. 2005); que ha obtenido muchos premios (entre los cuales destacan: 1981, Primer premio en los Juegos Literarios Gabriela Mistral por el conjunto de textos “Pluma y sangre”; 1998, Premio municipal de novela a Casas en el Agua como la mejor novela publicada en Chile en 1997. Municipalidad de Santiago; 1998, Premio Academia, de la Academia Chilena de la Lengua, a Casas en el Agua como el mejor libro publicado en Chile en 1997; 2001, Primer premio de novela infantil, concurso del Consejo Nacional del Libro, por El camino del piñón; 2004, Primer Premio Concurso Nacional de Cuento “Neruda 100 años”; Primer Pemio Concurso Nacional de Poesía “Neruda 100 años”).
Lo que el currículo no señala es que es una persona encantadora, armado de una suma de historias y experiencias ligadas a una manera digna, dignísima, de concebir la vida y la Literatura. Una persona comprometida con su tiempo y también con la sonrisa, utensilio humano tan necesario y tan rebelde en sí mismo, máxime cuando caen esas noches largas y sangrientas que pueden durar hasta diecisiete años.
El escritor Guido Eytel es un explorador de tonos y un hábil manejador de los tiempos narrativos. Maestro en unir a la historia la estructura y la atmósfera perfectas para potenciarla. No escatima el tono grave ni el uso del humor. Profundamente imaginativo, es capaz de pararse frente a la realidad con una mirada escarbadora, crítica, y, a sus personajes, no les niega un trato comprensivo y benévolo, todo lo cual hace de sus recursos una oportunidad para reconocernos humanos y vulnerables.
Guido ha buscado la Literatura, no para vivir de ella, sino para ella y por ella. Siendo así las cosas, me inclino a creer que si la Literatura ha existido para personas como Guido, puede, pues, darse ella por pagada, justificada y satisfecha.
Los invito a leer dos cuentos perfectos de Guido.


K. Ramone
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EL OTRO ROUND DE DINAMITA ARAYA

En los tres meses que duró la Clínica de Bicicletas Fausto Coppi parchamos cinco neumáticos, pintamos apenas dos bicicletas y ahí estaba el Chago mirando el parche que tenía entre las manos como si fuera una animita milagrosa, diciendo que estábamos en quiebra y que no siempre se puede ganar, lo que yo sabía muy bien desde los tiempos en que empezó a descuidar los entrenamientos por enredarse con una cabaretera que le estrujó el billete y las fuerzas hasta que los dos fuimos rodando cuesta abajo, como en el tango, y ya nunca más Santiago Dinamita Araya con la mano en alto mientras el árbitro terminaba la cuenta y el Caupolicán entero gritaba Dinamita, Dinamita, Dinamita.
Pero para qué voy a ser injusto con el Chago si después del asunto con la Vicky dejó la chupeta y nunca me hizo a un lado en los negocios que inventaba para levantar cabeza. Primero fue la fuente de soda, con lo poco que quedaba, y después el taxi, que nos duró hasta que las letras se comieron todas las ganancias. Santiago Dinamita Araya y su secon Negrito Peralta tirados en la lona escuchando la cuenta del árbitro hasta conseguir una pega de nocheros en una fábrica, pero no podían levantarse porque una noche nos quedamos dormidos recordando los viejos tiempos y unos malandras entraron y se llevaron quinientos chalecos de colegial y nosotros a la calle y la historia del taller (ya la cuenta iba en ocho) y el Chago que miraba el parche como si de ahí fuera a salir la respuesta divina, la pichicata que nos iba a levantar para sacarle la cresta a la mala suerte que ya nos estaba ganando por nocau técnico.
- ¡ Lo tengo, compadre, lo tengo! - saltó de repente y empezó a bailotear, sin importarle el calor de febrero que hacía sudar con no más mover una pestaña. Volvió a sentarse y yo me senté frente a él.
- ¡ La papa, Negrito, la papa! ¿Se ha fijado cómo está la carretera?
Hice que sí con la cabeza.
- ¿Y cómo está la carretera?
- Como la mona está.
- ¿Y qué pasa con los autos, ah?
Me encogí de hombros, creyendo que todavía seguía con la ilusión del Taller Automotriz Lorenzo Varoli que íbamos a instalar con las ganancias de la clínica de bicicletas.
- Yo le voy a decir lo que pasa. Aquí está La Estancia (puso el parche en el suelo) y un poquito más allá, por la carretera, hay una barrera (puso un pedazo de cámara) donde los autos tienen que esperar media hora por lo menos hasta que les den la pasada. ¿Y cómo está el tiempo, dígame?
Me pasé la mano por la frente.
- ¡Justo! Media hora está la gente asándose en los autos, con unas ganas locas de refrescarse y sin que nadie los abastezca.
- ¿Y?
- Y ahí entran estos dos pechitos. Le pedimos helados en consignación a don Jaime y cuando se termine el verano ya va a estar listo el capital para otro negocito.
No quise decirle nada porque los años me han vuelto pesimista y nunca se le debe amargar la vida a un campeón cuando le vuelve el ánimo al cuerpo y sale a matar en el quinto raun.
- Déjeme a mí no más, Negrito, que yo me encargo de todo. Usted se consigue dos chaquetas blancas con don Jeyo y mañana mismo empieza a funcionar la Distribuidora de Helados Antártica.


Así no más fue, porque no hay quien pare al Chago cuando decide algo. Al otro día estábamos en la carretera, los dos de chaqueta blanca y cada uno con su caja de plumavit con los chocolitos, los creminos y los chupetes de agua.
Ya veía yo, mientras caminábamos hacia la barrera, que el asunto no iba a comenzar muy bien. Eran las ocho y media de la mañana y el cielo estaba nublado como si fuera a largarse toda la lluvia que no había caído hacía meses.
- Pero va a despejar. Va a ver que ya va a despejar.
Al llegar nos dimos cuenta de que el Chago no había sido el primero en olfatear la mina de oro. Ya estaban ahí los de los Super 8, los de los Candy, los de los cueros de ante, los de las obleas, los de "la novedad del año”, los de las Negritas, los de los chicles y también unos cuantos que vendían helados. Todos estaban junto a una fogatita, calentando agua.
- ¿Ve lo que pasa? - me dijo el Chago - Aquí falta iniciativa. ¿Cómo van a vender si están calentándose las canillas al fuego?
Y se fue a gritar los helados mientras yo me acercaba al grupo para conversar con la competencia.
- No saca nada su compañero - me dijo uno que vendía calcomanías - Todavía están pasando los camioneros y es por no dejar que ande gritando.
- ¿Y más tarde?
Se encogió de hombros. Me fui adonde el Chago para decirle que esperara un rato, que no se gastara entero en el primer raun y que dejara piernas y garganta para cuando todos entraran a la pelea.
- Tiene razón, Negrito. Como siempre tiene razón. Esperemos a que despeje.
Nos sentamos a la orilla del camino. Venían, lentos, los camiones con sus tráiler cargados de madera y se detenían frente al banderillero que levantaba su disco rojo. Los choferes nos miraban, distraídos, y bostezaban. Estaban veinte minutos, media hora, hasta que les daban la largada y partían rumbo al norte.
Como a las diez y media las nubes empezaron a abrirse y, tal cual el Chago había dicho, el sol apareció, dispuesto a achicharrar a los automovilistas que iban a llegar a llorar por un helado de crema.
- ¡Sonó la campana, Negrito! - saltó el Chago - Usted se queda por aquí y yo me voy por atrás, así copamos el mercado.
Justo a esa hora empezaron a llegar los autos. Yo me acercaba a los Honda, los Mazda, los Peugeot, ofreciendo el chocolito, el de piña, una pausa refrescante en el camino, pero los viejos se hacían los desentendidos, miraban para otro lado, leían el diario y algunos hasta se bajaban un rato para estirar las piernas. De vez en cuando le echaba una miradita al Chago, que gritaba como ninguno los mejores helados del país, para los regalones, acorte la espera con Danky Nogatongamegalofomanjarchafafrinilofo (se lo había aprendido de memoria en la propaganda de la tele y ése era su orgullo) pero tampoco lo vi vender un miserable helado de agua.
Como a las doce me aburrí de gritar y lo fui a ver.
- ¿Qué tal le ha ido? - me preguntó.
Le mostré la caja llena.
- Ahora empieza el calor, así que no afloje.
El sol picaba de verdad. El asfalto calentaba los pies y pensé que lo mejor era sentarse un rato a la sombrita. Al lado mío se sentó el de los Super 8 y me dijo que hacía días que el negocio estaba malo. Hablando en plata, sólo al principio había estado bueno. Ahora todos sabían que la carretera estaba en reparaciones y que había que pegarse un plantón de por lo menos media hora. Por eso traían su cocaví, sus refrescos, y no compraban nada. Tres días que no vendía un Super 8.
-¿Y para qué sigue viniendo?
-¿Y para dónde quiere que vaya? Aquí por lo menos es tranquilo y no nos quitan la mercadería.
Me levanté y empecé a caminar hacia la barrera. Iba en la mitad de la hilera de autos cuando algo (no sé, un presentimiento, los otros vendedores que miraban inquietos) me hizo darme vuelta. Al tiro conocí el gesto del Chago de antes de la pelea, la tensión del camarín, y volví corriendo.
Estaba frente a un auto blanco grande, nuevecito, con la caja de plumavit echada atrás, colgada de la correa, discutiendo con el chofer. Adentro del auto una mujer joven lloraba, con la cara entre las manos.
-¡Bájate, desgraciado, bájate -- gritaba el Chago -- que delante mío nunca, pero jamás nunca!
Traté de calmarlo.
- Déjeme, Negrito, déjeme, que a este desgraciado hay que enseñarle buenos modales.
El del auto ya se iba bajando y era, por lo menos, un mediopesado. Andaría por los treinta años y se notaba que estaba en buen estado físico. El Chago había sido mosca (de los estilistas, bailarines) aunque ahora, con los años y la falta de entrenamiento, andaría por el gallo. Mucha la diferencia, pensé, y traté de convencerlo porque no lo quería ver otra vez en la lona, pero ya estaba dejando el plumavit en el suelo y sacándose la chaqueta blanca.
“Esta vez no va a tener para qué tirarme la toalla”, alcanzó a decirme antes de que el grandote se le viniera al bulto. El Chago no pudo esquivarlo y cayó con el abrazo. Me senté en mi plumavit y empecé a gritarlo: suéltese, Chago, suéltese, distancia, distancia, mientras los dos rodaban por el pavimento y botaban la caja con los helados hasta que en una de ésas el Chago pudo soltarse, pararse y ponerse en guardia. Así, campeón, así, maréelo, báilelo, adelante la izquierda, sigo gritándolo, y veo que el Chago empieza a saltar en la punta de los pies tirando el jab de izquierda y rodeando al grandote que tira gualetazos al aire matando las moscas. Por adentro, campeón, por adentro, y el Chago que esquiva un gualetazo y se mete entremedio de los brazos del ropero con una seguidilla de cortos (salga ahora, salga) y el otro trata de abrazarlo pero ya el campeón está bailando a dos metros, tocándose la nariz con los pulgares y resoplando. Puntee, puntee, y el Chago sigue con su jab de izquierda en la nariz del grandote como en sus mejores tiempos (derecha ahora, derecha) y el suin de derecha que lo remece (es tuyo, es tuyo) y otro jab de izquierda y un derechazo al hígado que hace doblarse al grandote y, cuando va cayendo, viene el gancho (parece que la galería volviera a gritar Dinamita, Dinamita) y el grandote cae más grande todavía y no puedo aguantarme y salto de mi caja y empiezo a contar y todos los vendedores cuentan conmigo (UNO) mientras la mujer sigue llorando y el campeón se acerca al auto (DOS) y le dice que lo disculpe (TRES) pero que él nunca ha permitido (CUATRO) que en su presencia (CINCO) una mujer tan hermosa (SEIS) sea tratada de esa manera (SIETE) y me parece que la mujer sonríe (OCHO) y algo le agradece o parece agradecerle (NUEVE) mientras el Chago se aleja del auto y nos sonríe (¡OUT!) cuando lo aplaudimos y lo abrazo y entre todos lo levantamos en andas, sin importarnos para nada que los helados se estén derritiendo en el pavimento y que el radiopatrullas ya haya llegado y tengamos que dormir en la comisaría y no nos importa que el negocio se haya ido a la cresta porque sabemos que, pase lo que pase, nunca más volveremos a tirar la toalla.

(“El otro round de Dinamita Araya” obtuvo, en 1982, el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos del Diario La Tercera)
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LE JURO QUE FUE POR AMISTAD


Le digo que los primeros que pasamos a buscar fueron los Medinas. Los cuatro hijos y el viejo. Los agarramos de a oscuras, ya bien dormidos, y no hubo más que sacar a cada uno de la rancha que se habían hecho al lado de la casa del viejo y después juntarlos a todos en el patio y llevarlos al camión. Al José, el mayor, lo conocía de cuando jugábamos juntos en el Estrella, los dos en la defensa, los últimos baluartes nos decían, por eso le dije “tranquilo, huachito, no te preocupís que es pura rutina”, pero igual tuve que darle un culatazo para disimular, porque mi teniente dijo que había que apurarse.
Después pasamos a buscar a los Muñoces y a los Molina y completamos los diez, tirados en el piso del camión.
“Agáchense bien, no les vaya a llegar un tiro de sus compañeros”, les dijo mi primero Castillo y se rió, todos nos reímos porque era cosa sabida que ya no quedaban extremistas y mi teniente había dicho que con esos diez completábamos la cuota y el pueblo quedaba limpio.
- Y vos que eras impasable, José - dije, aprovechando que mi teniente se había ido a la cabina y podíamos estar más en confianza.
- Con su ayuda - respondió, mirándome apenas, con la cara pegada al piso - con su ayuda.
Al ratito llegamos al pueblo, que estaba casi igual que ahora, con sus tres cuadras de calle principal y algunas pocas casas desperdigadas en las otras calles de puro ripio y polvo.
El retén estaba donde mismo, en la calle principal, la única pavimentada. Ahí los bajamos y los echamos al calabozo.
- No los desaten - dijo mi teniente - porque mañana mismo los llevamos al Estadio.
“Primera vez que vai a jugar en el Nacional”, le dije al José Medina, porque en esos meses del 73 llevábamos a todos los extremistas a Santiago y ahí veían qué podían hacer con ellos. La verdad es que no habíamos llevado muchos, porque usted ya sabe que el pueblo siempre ha sido tranquilo se me huele que mi teniente andaba medio amostazado por eso. En otras partes, decían, las balaceras habían andado a la orden y nosotros no habíamos detenido a más de treinta, sobre todo en el campo, que era donde andaban más alzados.
- Después ni se van a acordar que nosotros existimos - me acuerdo que decía mi teniente - y todo porque en este pueblo de mierda nunca pasa nada.
- Si me hubiera tocado estar en Santiago - decía, y palabra que yo no lo entendía. No es que fuera cobarde, pero a mí siempre me ha gustado la tranquilidad y en el pueblo hasta amigos teníamos, por eso mismo volví después de todos estos años, porque tenía pensado quedarme a vivir aquí para siempre. Hasta le había echado el ojo a una quintita y en las noches soñaba con la huerta, llegaba a soñar con las lechugas, los repollos, las acelgas, sueños verdes si usted quiere, pero no del verde del uniforme sino del otro, ese verde tranquilo de los campos que dan ganas de echarse a dormir bajo los frutales.
Pero él no era para pueblo chico. El rico no va a sacrificarse por una chacrita ni va a gozar paseando por las calles llenas de polvo. Además que el oficial hace carrera en pura ciudad grande no más, dónde ha visto un general en pueblo chico, mientras que para uno es preferible ser sargento en pueblo chico que en ciudad grande. Ahí lo miran con respeto y lo saludan y no le voy a negar que hasta se puede hacer su negocito bajo cuerda, no mucho para que no se note, pero lo suficiente para casa y quinta, que era lo que yo soñaba.
Por eso sufrí con el traslado y por eso volví, a pesar de todo, para que vea lo mucho que los había estado extrañando.
Y no es que quiera sacarme el bulto echándole toda la culpa al teniente, pero desde el 11 que lo había visto amargado. Se lo pasaba en su oficina escuchando la radio y pensando. Tal vez qué pensaría, pienso yo, cuando en las noches nos mandaba a echar unos tiros al aire para puro meter ruido y sacarse la rabia, porque no es cierto lo de los ataques nocturnos que declaró después.
Por eso digo, en qué habría estado pensando todo ese tiempo, si a la mañana siguiente de agarrar a los últimos diez sacó un mapa del bolsillo y dijo que se lo había encontrado al viejo Medina.
- Para que vean cómo estaban preparando el asalto al retén - nos dijo, y mandó al Lloco González que se lo fuera a buscar. Y el Lloco, que era malo como él solo, se lo trajo a patadas y ahí se encerraron los tres todo el día hasta que empezó a oscurecer.
Los gritos del pobre viejo me ponían nervioso, ya me tenían medio loco, me iba a cada rato a las caballerizas para no escuchar pero igual sentía, y también vi cuando salieron con él, arrastrándolo como un trapo.
Mi teniente nos reunió y le brillaron los ojos cuando dijo: “Ahora vamos a ir a buscar las armas. Échenmelos a todos arriba del camión.”
Y así no más hicimos, pero no tan suave como al principio porque él nos iba diciendo que con esas armas los extremistas pensaban matar a todos los parientes, a más de nosotros, y ahí sí que yo tampoco aguanto porque una cosa es uno, que está para eso, y otra cosa la mujer y los niños, que no tienen la culpa de nada. Por eso los pateamos y los culateamos bien, aunque ahora lo evité al José porque no quería darle tan duro. Yo sabía que era bueno y si andaba metido en eso era nada más por engañado, no iba a cambia tanto desde los tiempos del Estrella, cuando me cuidaba las espaldas si me iba adelante, y yo a él lo mismo, usted debe saber cómo llega uno a entenderse cuando se juega juntos a la pelota, uno va conociendo a su compañero, lo ve si va jugando derecho, si no se quiere mandar las partes, si es orgulloso, o cobarde, todo eso lo sabe más que nada ahí, los dos últimos contra tres o cuatro delanteros, no me podía olvidar, y más rabia me daba y más duro les daba a los Muñoces, que nunca habían jugado por el Estrella y siempre andaban metidos en política y revolviéndola por los campos.
Les fuimos dando todo el camino hasta que llegamos a la mina donde había dicho el viejo que tenían escondidas las armas, pero qué íbamos a encontrar si estaba oscuro como nunca y las luces de las linternas se perdían por los recovecos y los matorrales. De todas maneras anduvimos su buen par de horas con el viejo a la rastra y dónde están, le decía mi teniente, y el viejo callado, como si se le hubiera olvidado hablar, como si ya no pudiera, entonces mi teniente y el Lloco González y un poquito nosotros, para qué le voy a negar, le dábamos con las culatas y también sus buenas patadas en los cocos para que dijera dónde, y más patadas y más culatazos hasta que el viejo dijo que era en otro lado, en un pirquén abandonado que había al otro lado del estero.
Otra vez nos subimos al camión y otra vez les seguimos dando, ahora con más tirria porque ellos empezaron a los insultos. Pacos maricones, traidores, y otras groserías por el estilo, así que seguimos y seguimos, porque usted sabe que uno empieza a calentarse cuando le sacan la madre y también cuando ve sangre, aunque no sea la de uno. Por eso, cuando llegamos al pirquén ya iban todos charquiados y ni con eso dejaban de insultarnos.
Al bajarnos vi otra vez al José, que se me había perdido entre tanto bulto y tanto desorden. Me bajó algo parecido a la pena cuando le noté la sangre en las narices y un ojo casi entero cerrado. Volvía a acordarme del Estrella y de las pílsener después de los partidos y me le acerqué como disimulando.
- Di donde están, José, que va a ser pa mejor.
Me miró con el único ojo que podía.
- No hay. ¡No hay ninguna! ¿Todavía no te dai cuenta de que no hay ninguna?
Le pegué un culatazo por porfiado y porque mi teniente me estaba mirando y después iba a decir que yo era amigo de los extremistas. Ya sabía que no me la tenía muy buena y que había andado diciendo que yo era un ladino y un arrastrado, quién sabe cuántas otras cosas más, y los tiempos iban harto peligrosos como para que anduvieran sospechando de uno. Por eso le pegué y le juro que todavía me duele cuando me acuerdo.
- Llévenlos a todos por delante - fue la orden.
Amarraditos de a pares los llevamos, alumbrándolos con las linternas para que no se nos fueran a escapar. Igual de repente tropezaban y había que pararse a levantarlos para que no se fueran separando.
Como a los doscientos metros llegamos al pirquén y mi teniente agarró al viejo y lo hizo arrodillarse.
Me parece estarlo viendo, bien enfocada la cara por la linterna del Lloco, con un goterón de sangre que le caía por la media barba canosa, las manos a la espalda y la cabeza agachada. Parecía un santo de estampita. Tal vez por eso me vino como un frío cuando mi teniente lo agarró de las mechas y le tironeó la cabeza.
- Ahora tenís que decirme la firme - le dijo - si no, te vai cortado.
El viejo lo miró despacito a los ojos, pero bien fijo.
- No haga más teatro y sea hombre. Dispare, no más, a ver si se hace famoso.
Parece que eso estaba esperando mi teniente, eso era lo que había estado esperando desde que se encerraba por horas y horas a escuchar la radio en la oficina, porque le afirmó el revólver en la sien y el tiro sonó seco, el viejo cayó de lado como un saco de papas, se fue de repente para la sombra, se nos desapareció de la vista, el teniente alumbró a todo el grupo y empezó el griterío y la balacera. No sé qué gritaban ellos ni qué gritábamos nosotros. Para qué le voy a decir que yo no disparé. También ayudé a echarlos al hoyo y les tiré tierra y piedras con las botas y recogí las vainas y me quedé callado todos estos años porque el que se iba de lengua ya podía irse despidiendo de este mundo.
Después me trasladaron, igual que a los demás, y para que vea que la vida es para la risa, a mí me mandaron a la capital y a mi teniente a un pueblo cagadita de mosca allá en el sur, por donde el diablo perdió el poncho.
Como le dije antes, yo no me hallo en ciudad grande. Por eso volví cuando me dieron el retiro.
Yo de usted ni me acordaba, para serle franco. Claro que tiene que haber sido un mocosito y diez años son diez años, es cierto, y veo que ahora ya se está pareciendo al José de cuando jugábamos por el Estrella. Lo único que puedo decirle es que cuando vi al José boquereando pensé que no era justo enterrar vivo a un amigo y le puse el fusil en la nuca y le largué un tiro para que no siguiera sufriendo.
Ya sé que usted no me lo va a perdonar, pero le juro que fue por amistad, le juro que era lo único que podía hacer por ese amigo.

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sábado, 5 de enero de 2008

UN GRAN LECTOR = UNA ESCRITURA EXQUISITA: RICARDO CUADROS MERCADO

La fotografía que encabeza esta entrada, hecha el año pasado por Bruno Montané (Felipe Müller de Los Detectives Salvajes) en Barcelona, nos muestra algo precioso, vivificador: la sonrisa de boca y ojos de Ricardo Cuadros.


Nuestro Blog es uno en que principalmente nos ocupamos de Literatura como delito. Para nosotros, entrar en el terreno de la literatura y sus literaturas es, primero, asumirse lector y, en consecuencia, dados los tiempos que corren, asumirse fuera de la ley, la ley de la estulticia generalizada. Entender literatura es entendernos como lectores. Escribir es una anécdota, un punto finito, el ladrido y no el perro o el perro pero no la sombra del perro o es la sombra pero no el cosmos que entraña el perro. Leer nos sitúa en lo incesante, leer es uno de los verbos con que se presenta la eternidad ante nosotros. Y por eso, cuando uno escribe, lo hace para que otros nos lean y, a través de esa lectura, saber que entramos al club de lo infinito. El problema es que el infinito tiene consciencia de su vida entre mortales, mientras que a nosotros, de él, sólo nos queda su nombre, el nombre político con que hemos nuevamente bautizado lo que no podemos conocer: Infinito.
Hoy nuevamente nos complacemos como lectores. Tendremos a Ricardo Cuadros Mercado. Este tipo hermoso nació en Chile en 1955. Vive en Holanda. Parte de su prontuario es el que sigue:

Doctor en literatura por la Universidad de Utrecht, Holanda.Ha enseñado en universidades chilenas y holandesas.Traductor del holandés y el inglés.

Colabora en la prensa electrónica con artículos sobre política mundial (www.informarn.nl) y ensayos sobre literatura (critica.cl). Traductor en Radio Nederland Wereldomroep, la emisora internacional de Holanda.
Autor de las novelas Orientación de Celva (1994) y Constelación del Monte (RIL editores, 1996) y los poemarios Navegar el Silencio (1984) y Poemas del hambre y su perro (1996). El año 2006 publica además la novela El Fotógrafo Belga (RIL editores).
En 2001 recibió la Beca de Investigación Prins Bernhard, en Holanda.
Digamos, es necesario referirlo, que Ricardo es, aparte de sus libros en que demuestra ser un magnífico escritor (su escritura explora, se somete al riesgo, se atreve a saltar desde acantilados), lo que acusamos en las primeras líneas: un lector, un gran lector, un tío cultísimo, un buen conversador, un viajero que huye y no huye, un abrazo desde el corazón, una sonrisa y unos ojos de Ser Humano, algo, lo sabemos, que no se compra en el almacén de la esquina ni en los malls. Lo que se pueda agregar, dejémoslo esta vez a sus textos.


En memoria de Roberto Bolaño
Por Ricardo Cuadros

¿Qué hace importante a un escritor? Su manera inigualable de expresar la realidad y sus fantasmas. Es el caso de Roberto Bolaño, que acaba de morir en Barcelona, a los 50 años. En sus novelas, cuentos, poemas, artículos y entrevistas, Bolaño construyó una obra perfectamente actual, a la vez que entroncada en la literatura universal.
De manera divertida y provocadora, Roberto Bolaño hizo de sí mismo una figura literaria en la que confluían un lector lúcido, un satírico a la manera de Quevedo, un sujeto consciente de sus limitaciones, un escritor de tiempo completo. Recuerdo haber conversado en Barcelona, a comienzos de los ochenta, con un poeta que se contó entre sus amigos, el chileno Bruno Montané, que me dijo de él: "Roberto es un hombre obra". Montané sabía de qué estaba hablando. Otro escritor, el también chileno Alberto Fuguet, publicó unas líneas a la muerte de Bolaño que sintetizan el sentir de muchos: "Lo admiré tanto como lo temí. Un personaje genial, tanto por su genio como por su mal genio". Entre aquel cuasi secreto "hombre obra" de hace veinte años y el personaje admirado y temido del 2003, se construyó la personalidad y la escritura de Roberto Bolaño.
En la mirada de Bolaño, expresada en síntesis enorme en su novela Los Detectives Salvajes - me permito retomar en este párrafo lo dicho en otro lugar -, los latinoamericanos que nacimos en los años cincuenta estamos todos marcados por el sino trágico de las utopías traicionadas. Éramos demasiado pequeños cuando se estaban gestando los proyectos de transformación radical del mundo y cuando llegamos a la edad de participar descubrimos que teníamos que movernos entre escombros y cadáveres. No obstante, seguimos soñando, y este deambular entre el sueño y la pesadilla creo que corresponde plenamente a la transición (latinoamericana) entre las fuerzas de nuestras culturas locales y las de la globalización de las comunicaciones y del capital transnacional, la transición entre modernidad y posmodernidad.
La popularidad que ha alcanzado la obra de Bolaño es una señal de que esta mirada, trágica aun cuando a menudo nos haga reír o sonreír, corresponde a los síntomas de una época. Hemos dejado atrás, de manera bastante brutal, un tiempo en que creíamos posible la felicidad y vivimos este comienzo de siglo semi acogotados por la violencia y la mentira, por el atropello cotidiano del sentido común y el diálogo, en Nueva York, Kabul y Bogotá, en Ramala y Monrovia, aquí mismo donde escribo y usted lee. Roberto Bolaño, sin haber escrito una sola línea de "literatura política", es uno de los autores políticamente más certeros del cambio de siglo, cerca de otros como el colombiano Fernando Vallejo y el argentino Ricardo Piglia. Bolaño apostó por la representación del desastre y su novela Nocturno de Chile o sus cuentos del volumen Putas Asesinas, nos hacen sentir, cada vez que entramos en sus páginas, que el mundo se nos está viniendo abajo y que todos hemos aportado con un pequeño empujón para este derrumbe.
En noviembre del año pasado, la Universidad de Poitiers organizó un coloquio sobre su trabajo, en el que participamos unos quince académicos y escritores de varios países. Las ponencias de ese coloquio están por publicarse y serán una referencia en el estudio de su obra. Roberto Bolaño estaba invitado a ese coloquio, cómo no, pero se disculpó a última hora por motivos de salud. Nunca me lo imaginé muy bien, la verdad, allí en la sala oyéndonos hablar en términos académicos de sus personajes, de las filiaciones literarias y filosóficas de su obra, de la estructura interna de alguna de sus novelas o cuentos, de los alcances de su escritura en la narrativa y la sociedad latinoamericanas. Bolaño sabía mucho de literatura pero su formación no era universitaria sino puramente individual, callejera, de conversación con amigos y reflexión profunda. Tal como me cuesta un poco imaginarlo en aquellas reuniones de Poitiers, creo, también, que hubiera sido fabuloso tenerlo allí, con su cigarrillo y su cara de desconfianza. Estoy seguro que nos hubiéramos divertido de lo lindo.
Roberto Bolaño sabía que su enfermedad hepática era grave, por lo menos desde mediados de los noventa, cuando comenzó a ser reconocido como un escritor notable. Trabajaba contra el tiempo y cuando terminó Los Detectives Salvajes, en 1998, en una de sus cartas me hablaba de su cansancio, después de tamaño esfuerzo. "Terminé mi novela. 720 páginas. Un verdadero infierno. Y tras la corrección, algo por lo menos he aprendido: NUNCA MÁS escribiré un libro tan extenso". Como sabemos hoy, se recuperó pronto del agotamiento y ese nunca más (en mayúsculas en la carta) pasó al olvido: la novela que dejó inconclusa al fallecer, titulada 2666, iba ya por las 1000 páginas. Creo que Roberto tenía conciencia de que su cuerpo no lo acompañaría hasta donde su mente creativa se proponía llegar, y cada día de su vida se convirtió en horas de lucha para completar su obra. Poco antes de ingresar al hospital por última vez, le entregó a su editor, Jorge Herralde, el volumen de cuentos El Gaucho Insufrible, que saldrá al mercado el próximo mes.
La figura de Roberto Bolaño ha entrado, con apenas 50 años de edad, en la región misteriosa de los escritores que mueren demasiado pronto, como Reinaldo Arenas o George Perec. Es extraño pensar que no envejecerá con nosotros, si es que llegamos a viejos. En estos días he vuelto a releer algunos poemas suyos y me detengo en las últimas líneas de uno titulado Resurrección: "La poesía entra en el sueño/ como un buzo muerto/ en el ojo de Dios".
(Amsterdam, aparecido el 18 de julio de 2003 en critica.cl)
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Las siguientes joyitas, verdaderas Epifanías, reales golpes de visión, aleteos de mirada, son poemas pertenecientes a Artis, que es una parte del libro inédito Lugares, animales, cosas. Para deleitarse.

HIPOCAMPO

El primer día fuiste comparado con la esfinge, vista tu forma en la que se retuercen un caballo, una anguila y un niño pensativo. El segundo día entraste en los anales de la medicina como órgano de la memoria y los vuelos espaciales, quizás por casualidad, creación pura. El tercer día la dama encinta le encarga la gestación al esposo, que acepta enternecido y pare cuando nadie lo ve, potrillos de agua salada que se olvidan inmediatamente de él.

BRUTO

En el fondo del edificio se dejaba oír un ronronero de carbón. Ese rumor brotaba del fundamento como ruedas en la noche, el resuello de un caballo con el pescuezo abierto, en el fango a la orilla del camino. Humo espeso. Hedor vacío. Ahora ya lo sabes. Ese rumor de carbón soplado, en la calma de la noche de noviembre, era el caballo muriendo alineado con los abedules, un cuerpo caliente de patas duras transitando del galope al polvo, a la mancha, arrastrando para siempre por los caminos la noche de la guerra.


UN ABEDUL, TRES ABEDULES

Es un abedul, tres abedules, es una orangután meditando entre los berros, un cielo de cristal donde brinca la gacela que anuncia bicicletas, es la madre desprevenida que lee su novela gótica, la grulla suelta el picotazo en el agua turbia, la hija mayor que entra descalza, viene a decirle que tiene miedo, la jaula comunica con el sendero de asfalto, es un castaño municipal, se abrazan con fervor recuperado, un triángulo de castaños, el Land Rover desaparece rugiendo soltero por la carretera, la madre y la hija ríen entre lágrimas, en el sendero polar la linterna del guardia raya de amarillo dos manchones de plata peluda, etc.




RETORNO

Como el espectro de un día feriado en otro país, el Perdiguero del Abuelo ladra en la oscuridad, sacude el lomo y llueven pulgas sobre la ciudad que le negó el hueso porque no vigilaba la puerta, porque vivía en guerra permanente con su propia cola, la ciudad que lo echó a los caminos sin decirle que se fuera. Llueve y la población dormita como hacía él en su rincón sin molestar a nadie, esperando a su Godot con la paciencia de un jote sobre la tapia del matadero municipal. Perdiguero del Abuelo ladra en las alturas y el médico se rasca las costillas, la profesora se rasca el esternón, el taxista se rasca el antebrazo.


HORA DEL MURCIÉLAGO

El puñado de cereal transmuta en gota de sangre para bien del animal que tuvo su día a la intemperie o del niño que aprenderá otra regla de multiplicar después de tomar once. Orgulloso, el borracho mira bajar su propia orina por el tronco de la palmera. Es la hora cuando la silueta andina baja como un abanico sobre los enamorados o se acomoda a esperar en el pecho solitario de los taxistas. Los caminos suben jadeando por la falda de la montaña y se despereza el murciélago, el temblor aterciopelado de su cola con un fondo de gritos de telediario: once adolescentes descalzos que desafían a la muerte bajo el sol, le arrojan piedras en un callejón de Gaza.

lunes, 24 de diciembre de 2007

OMAR LARA, HABITANTE DE PORTOCALIU, POETA MAYOR



Para este blog es un honor poder, a modo de sencillo, pobre, pero sincero homenaje, dedicar esta semana a Omar Lara, un poeta mayor, reciente ganador del Premio Casa de América de Poesía Americana, Madrid 2007, y Premio Internacional de Poesía/Trieste, Italia 2007. Nacido en la zona de Nueva Imperial en 1941, es un maduro joven poeta. Podríamos hablar horas sobre Omar Lara y, estamos ciertos, faltaría tiempo, espacio, adjetivos para calificarlo y ponderarlo en su justa medida. En 1964 funda el Grupo Trilce de Poesía, uno de los hitos en la historia de la poesía chilena, y la Revista Trilce, que ya va en su tercera hermosa época.
Ha publicado, entre una larga lista, los libros de poemas: Argumento del día (1964); Los Enemigos (1967); Serpientes (1974); El viajero imperfecto (1979); Fugar con juego (1984); Jugada Maestra (1998); Vida probable (1999) y Bienvenidas calles del Perú (2001), Voces de Portocaliu (2003), Papeles de Harek Ayun (2007).


Otras distinciones recibidas por Omar son: Premio Concurso de Poesía, I. Municipalidad de Valdivia, 1967 y 1969; Premio Cuento Concurso Zona Sur, U. Austral, Valdivia, 1969; Primer Premio Poesía Concurso Zona Sur U. Austral, Valdivia 1969; Premio Municipal de Extensión Cultural, Valdivia, 1972; Premio de Poesía Casa de las Américas, La Habana, 1975; Premio Internacional Fernando Rielo, por traducción de El Ecuador y los Polos, poemas de Marin Sorescu, Madrid, 1983; Beca de Creación de la Fundación Guggenheim, 1983; Premio Municipal de Arte, Concepción, 1992; Diploma de reconocimiento como Director de la Revista TRILCE, Universidad Mayor, Santiago, febrero de 1999; Medalla Mihai Eminescu, Rumanía, 2001 (la más alta condecoración cultural para extranjeros que concede el gobierno rumano); Medalla Presidencial Centenario Pablo Neruda, 2004; Premio Regional de Artes Literarias "Baldomero Lillo", Concepción, 2004; Premio de la Sociedad de Escritores de Chile como Director de la Revista Trilce, 2006; Primer Premio Concurso Nacional de Poesía Fernando Santiván. Valdivia, 2007.
Hablamos de un gran poeta chileno que, al parecer (producto de una mediocre característica de la historia literaria de este país), ha sido mejor valorado en el extranjero. Sin embargo, goza del respeto de sus pares, de los lectores que saben valorar una poesía de peso, trascendente, no peregrina ni basada en el efectismo.
Omar Lara, que conoció cárcel y exilio, que es profundamente humanista y solidario, es además un constante promotor y gestor de actividades culturales. Es, Omar, por sobre todas las cosas, un hombre bueno, una persona hermosa. Eso, además de las literaturas y de la literatura, es un regalo de inconmensurable valor para quienes tenemos el gusto de conocerlo.
Disfruten el video en que Omar lee su emblemático Encuentro en Portocaliu (sin duda uno de los mejores poemas en lengua castellana de todos los tiempos) y los demás trabajos que hemos seleccionado.





Festival de poesía, Medellín.



ENCUENTRO EN PORTOCALIU

En ese tiempo yo corría detrás de una sombra.
Desde el décimo piso en el barrio de Drumul Taberei
yo miraba a través de una niebla caliente,
a través de una humedad humosa,
a través de las reverberaciones de agosto
una figura venía caminando
desde la parada de autobuses.
Una figura parecía dirigirse hacia mí,
yo la veía perfectamente desde el décimo piso
en el barrio de Drumul Taberei:
era la odiada figura conocida,
su aborrecible rostro estaba ahí y su pelo
que el sol no incendiaba y con él todo su cuerpo.
Yo miraba petrificado la escena,
los indolentes pasos y su entorno:
árboles, cosas en movimiento, el asfalto que el sol ondulaba.
Yo miraba esa escena con su centro precioso...


En esos tiempos yo escribía un poema titulado
"Encuentro en Portocaliu",
era necesario encontrarme rápidamente
porque -pensaba yo- ¿la poesía para qué puede
servir sino para encontrarse?
Eso fue después de escribir muchas cartas
preguntando
¿dónde estoy? Nadie sabía donde estaba
y no podían decírmelo,
de modo que empecé a decir a diestra y siniestra
protégeme con algo el corazón.


Protégeme con algo el corazón
seguía repitiendo
y como no me entendían
empecé a escribir unos poemitas insidiosos
relativos al río Dimbovitza,
relativos a la columna del infinito,
relativos al plan quinquenal.
Hasta que un día en Portocaliu.


Un día en Portocaliu
(en Portocaliu hay un sol amarillo como cáscara de naranja)
una tarde en Portocaliu
(en Portocaliu hay unos grandes pájaros con dos patas
larguísimas y picos en forma de corazón)
una noche en Portocaliu
(estaba escrito que no te encontraría
en Portocaliu
pero guardo el recuerdo de esa espera y huellas
de picotazos en forma de corazón).
***
LA PRIMAVERA DE CHILE

Vengo de la primavera de Chile.
Por entre las rejas de las cárceles
se ve el verde magnífico.
El campo está cubierto de margaritas
y en las tardes el río es una maravilla
que se estira hacia el mar, lleno de luces
agotándose entre los sauces y las sombras.
En los campos los manzanos floridos.
En los potreros la alfalfa jugosa.

Ah la primavera de Chile.

Vi a varios amigos míos
bajo el suave sol de noviembre
y los vi por última vez.
Los asesinaban en el alba
cuando el amante furtivo
se despide entre los cerezos.
Los asesinaban en el crepúsculo
cuando el aroma del aromo
se disemina entre la sombra.

Ay la primavera de Chile.
***
COMO UN NIÑO DE NADIE

Parece que te sigo como un niño de nadie
por las orillas de ese mar casi muerto
con la sospecha de que el mar eres tú
el descanso, la paz,
la invitación sin fondo.


Yo te veo como si fueras un recuerdo
un recuerdo de nadie
para un niño de nadie.
***



ESTE SILENCIO

Este silencio no nos pertenece
nadie ha deseado este silencio
nadie ha pedido este silencio
este silencio se equivocó de mesa
se equivocó de miedo
se equivocó de dolor.

***

TOQUE DE QUEDA

Quédate
Le dije
Y
La toqué.

***

sábado, 22 de diciembre de 2007

BITÁCORA DE VIAJE A LA CIUDAD DE CURICÓ EN RUINAS




La noche es disciplinadamente insomne y hay un mundo goteado de mundos que la habita.
Los terminales de buses son mundos goteados como suero amargo y triste y bullicioso en las venas negras del mundo
sus códigos de fracaso, sus estilos de gente rumbo a la muerte, sus argumentos de fuerza como pájaros atravesados por la palabra suelo
lo mismo que las cárceles
donde mujeres y hombres esperan, esperan algo, esperan, esperan algo.
Los perros que viven en los terminales se comportan más educadamente que esas criaturas agredidas por una condición, la de seres humanos,
nombre a veces inmerecido por ser demasiado digo yo
digo yo merecido a veces por ser demasiado.
Llegan algunos de esos seres a dormir.
Pero yo opto por (intentar) mantenerme despierto.
Me pregunto ¿puede alguien realmente mantenerse despierto?
Me pregunto ¿puede alguien mantenerse realmente despierto en este mundo?
Me pregunto, y es esto lo que me pregunto,
¿puede alguien mantenerse despierto en este mundo realmente?
Veo rostros atados de pies y manos a las caras.
Es probable, me digo, que alguno de ellos sea escritor. Qué terrible
qué terrible
qué terrible es todo, ¿verdad?
Repítelo:
Es probable, me digo, que alguno de ellos sea escritor
y se encuentre escribiendo la Bitácora de Viaje a una Ciudad en Ruinas.
Un alto en el camino, un alto en realidad
en el largo pasillo que contiene los andenes de este terminal de buses:
Jünger, Ernst Jünger, el soldado que vivió muchos años y escribía,
recorrió seguramente muchas ciudades y un sinfín de pequeños pueblos arrasados por las bombas, convertidos en escombros,
hediendo a cadáveres esparcidos
o apilados en espera del lanzallamas que los incineraría. Ahora
Jünger soy yo.
Ahora, soy yo el que corona el racimo invertido de cadáveres desojados ojo a ojo por los buitres
y deshojados al modo de árboles colgando cabeza abajo
con las raíces enganchadas al reverso del suelo. Lo que veo arder ahora
es la misma llama que recién empieza a arder mañana. Entre los árboles chamuscados en la noche
entre los árboles del bosque chamuscado en que los años convirtieron a este terminal
entre los pedazos chamuscados de árboles que es lo único en pie después de que todo pereciera
en medio de los negros chamuscados cadáveres de árboles crecidos y luego muertos
después de muertos todos los terminales de buses del mundo
entre lo que queda ahora
estoy quedando yo o mi fantasma o qué sé yo
pues uno que es fantasma desde siempre no sabe cuándo se empieza a ser fantasma
vigilando el atardecer de los últimos minutos del planeta.
Un bus, viene un bus.
Ahí me veo, estoy descendiendo. Me miro, me reconozco, lo que significa que percibo
que no soy Borges, que el sólo hecho de mirarme cara a cara lo demuestra.
Un bus, viene un bus.
Ahí me veo, estoy descendiendo lentamente desde el último bus.
Un bus, viene un bus.
Ahí me veo, estoy descendiendo de nada
porque ya lo había dicho
acá sólo hay árboles chamuscados en el atardecer de Curicó
el constante atardecer de los últimos minutos del planeta.

K. Ramone. Diciembre, 2007
(Este poema pertenece al libro Los Escombros de un Actor Porno, Ed. LAR, 2009)

jueves, 13 de diciembre de 2007

"EL PADRE" (otro breve gran cuento de Raymond Carver)

Este cuento es bastante breve y bastante bueno como para alargar una pesada introducción. Digamos sólo que la versión que leerán también nos pertenece y, al igual que que con Mecánica Popular, hemos procurado hacerla más fiel o más digna del tono, ritmo y tipo de construcción de frases de Carver. La traducción de Anagrama tiene el no menor menor mérito de haber traído a Carver a nuestro idioma, y eso por sí mismo se agradece (como hay que agradecer la mayoría de las ediciones de esa casa editorial); sin embargo, aunque correctas, sus traducciones no se condicen siempre con la forma de contar, de armar la línea, de Raymond Carver.

Vamos al cuento, hacia la atmósfera carveriana.



EL PADRE
por Raymond Carver

El bebé estaba en una cuna junto a la cama, vestido con gorro blanco y un pilucho. La cuna había sido pintada recientemente, atada con cintas azul cielo y acolchada con un cubrecama azul. Las tres hermanitas y la madre, que se había levantado recién y aún no despertaba por completo, y la abuela, rodeaban todas al bebé, viendo cómo miraba fijamente y a ratos llevaba su puño a la boca. No sonreía ni reía, pero de vez en cuando pestañeaba y sacaba y metía la lengua a través de sus labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y podía oírlas jugando con el bebé.
— ¿A quién quieres tú, bebé? —dijo Phyllis y le hizo cosquillas en la barbilla.
— Él nos quiere a todos —dijo—, pero a quien en realidad quiere es a papá, ¡porque papá es un niño también!
La abuela se sentó sobre el borde de la cama y dijo:
— ¡Miren su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Como los de su madre.
— ¿No es encantador? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito —y se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la frazada sobre su brazo—. Nosotros también te amamos.
— ¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —gritó Alice, y todas se acercaron alrededor de la cuna a ver a quién se parecía el bebé.
— Tiene bonitos ojos —dijo Carol.
— Todos los bebés tienen bonitos ojos —dijo Phyllis.
— Tiene los labios de su abuelo —dijo la abuela—. Miren esos labios.
— No sé —dijo la madre—. No podría decirlo.
— ¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.
— ¿Qué pasa con la nariz? —preguntó la madre.
— Parece como la nariz de alguien —respondió la niña.
— No, no lo sé —dijo la madre—. No lo creo.
— Esos labios... —murmuró la abuela—.Esos deditos —dijo, destapando la mano del bebé y separando sus dedos.
— ¿A quién se parece el bebé?
— Él no se parece a nadie —dijo Phyllis. Y se acercaron todavía más.
— ¡Lo sé!¡Lo sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Entonces miraron más de cerca al bebé.
— ¿Pero a quién se parece papá? —preguntó Phyllis.
— ¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y todas a la vez miraron hacia la cocina, donde estaba el padre sentado a la mesa, con la espalda hacia ellas.
— ¡Pero, nadie! —dijo Phyllis y empezó a llorar un poco.
— ¡Silencio! —dijo la madre y apartó la mirada, y luego la volvió hacia el bebé.
— ¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.
— Pero él tiene que parecerse a alguien —dijo Phyllis, enjugando sus ojos con una de las cintas. Y todas excepto la abuela miraron hacia el padre, sentado a la mesa.
Había vuelto su silla y su rostro estaba blanco y sin expresión.

De Will You Please Be Quiet, Please ( primera publicación de 1976)
Traducido por K. Ramone

domingo, 9 de diciembre de 2007

MECÁNICA POPULAR por Raymond Carver

Unas palabras previas. El breve cuento que leerán a continuación puede considerarse epítome de la narrativa de Carver; contiene todos los elementos que caracterizan su cuentística. Vidas ordinarias, quebradas por la incomunicación, la sucia realidad del llamado Dirty Realism, en fin, la gran mediocre hazaña de los derrotados por la cotidianidad, la rutina, la vida hecha de días. El relato ha tenido tres nombres: "Little Things" en I'm calling From, "Mine" en Furious Seasons and Other Stories, y en What We Talk About When We Talk About Love, aparece como "Popular Mechanics"; este último título es el más publicado y es el que le conocemos en la traducción al castellano. Para nosotros, frente a su asunto, es el mejor nombre para el cuento. En esta ocasión, hemos realizado (aunque imperfecta, como todo intento de trasvasijar a un idioma ajeno las particularidades del original) una nueva traducción, una que creemos, si no mejor que la conocida en libros y en Internet, por lo menos más fiel al ritmo y al tono de Carver --a la forma de construir sus diálogos por ejemplo (aunque en estricto rigor, Carver no hace dialogar a sus personajes, sino, más bien, acentúa la incomunicación)--, en consecuencia una traducción acaso más digna frente al estilo narrativo carveriano . Más allá de esto, el cuento es potentísimo en su brevedad. Carver fue y es un maestro del relato breve. En 1998, en Consejos Sobre El Arte De Escribir Cuentos, Roberto Bolaño dijo: "Y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo". Toda la razón.


MECÁNICA POPULAR
Por Raymond Carver


Temprano aquel día el tiempo cambió y la nieve se deshizo en agua sucia. Venas de nieve derretida descendían desde la ventanita a la altura del hombro que miraba hacia el patio trasero. Los automóviles salpicaban nieve afuera, donde estaba oscureciendo. Pero adentro también estaba oscureciendo.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
— ¡Estoy feliz de que te vayas! ¡Estoy feliz de que te vayas! —dijo—. ¿Escuchas?
Él continuó metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy tan feliz de que te vayas! —empezó a llorar—. Ni siquiera puedes mirarme a la cara, ¿verdad?
Entonces notó la fotografía del bebé sobre la cama y la tomó.
Él la miró y ella enjugó sus ojos y lo miró fijamente antes de dar la vuelta y regresar al living.
— Devuélveme eso —dijo él.
— Sólo toma tus cosas y ándate —dijo ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, echó una mirada al dormitorio antes de apagar la luz. Luego salió al living.
Ella estaba de pie a la entrada de la pequeña cocina, con el bebé en brazos.
— Quiero al bebé —dijo él.
— ¿Estás loco?
— No, pero quiero al bebé. Mandaré a alguien a que venga por sus cosas.
— Tú no tocas este bebé —dijo ella.
El bebé había empezado a llorar y ella le quitó la manta alrededor de su cabeza.
— Oh, oh —dijo ella, mirando al niño.
Él dio un paso hacia ella.
— ¡Por el amor de Dios! —dijo ella. Retrocedió hacia el interior de la cocina.
— Quiero el bebé.
— ¡Sal de aquí!
Ella se volvió y trató de mantener al bebé en un rincón detrás de la cocina.
Pero él avanzó. Alcanzó el otro lado de la cocina y apretó sus manos al bebé.
— Suéltalo —dijo él.
— ¡Márchate, márchate! —gritó ella.
El bebé estaba enrojecido y gritando. En el forcejeo tiraron un florero que colgaba detrás de la cocina.
Entonces él la apretó contra la pared, tratando de quebrar su resistencia. Agarró al bebé y presionó con todo su peso.
— Suéltalo —dijo él.
— No —dijo ella—. Estás lastimando al bebé —dijo.
— No estoy lastimando al bebé —dijo él.
Por la ventana de la cocina no entraba luz. En la casi oscuridad, él se ocupó de los dedos apuñados de ella con una mano y con la otra tomó al bebé llorando por debajo de un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió sus dedos siendo forzados a abrirse. Ella sintió al bebé alejándosele.
— ¡No! —gritó al mismo tiempo que sus manos cedían.
Ella tendría este bebé. Intentó agarrar al bebé del otro brazo. Lo tomó por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaría. Sintió al bebé escapándosele de las manos y tiró muy fuerte.
De esta manera, la cuestión quedó resuelta.

***
Traducción de: K. Ramone

martes, 27 de noviembre de 2007

JOHN CRISTO


A eso de las tres de la mañana de la tercera madrugada, la sombra de John Cristo, el amigo de todos y odiado por todos, cayó llena de cuerpo y con sonido seco sobre el piso del Bar. Un gato que dormitaba sobre ese mismo sitio, ahíto de sorpresa y espanto, arañó la cara del cuerpo sobre la sombra, la misma sombra que por treintaytantos años terrestres cargó John Cristo, el Eterno Salvador de los rockers cerveceros. Uno de estos rockers, miembro de una banda tributo a The Ramones llamada Jackie is a runt, se allegó, molido el aliento por la mucha cerveza y la tanta boca, al pecho del recién caído y dijo, en voz alta y en perfecto español, lo que ya se había adivinado: "Está muerto". "Está bien muerto", dijo uno que no era rocker y que hablaba entredientes, aunque lo suficientemente mal calculado como para ser escuchado por los doce rockers amigos de John Cristo.

Cuando terminó la trifulca había trece muertos, uno el ya nombrado John Cristo, y el resto, el que no era rocker y que habló por última vez en su vida entredientes, y once de los doce amigos rockers ya referidos. El número doce fue hallado colgando de un arco de fútbol a la mañana siguiente, esto en la Población vecina al basural llamado el Calvario, cercano a la esquina del pasaje en que vive desde hace varios años un perro del tipo quiltro llamado Nailon, el perro de carne y plástico.

Cuando no termina bien, la vida termina mal, decía mi estúpida madre cada vez que se hacía un aborto. Y, claro, la vidas levemente relatadas acá terminaron mal. Afuera del bar se levantó una animita pintada de celeste, un triste espactáculo en honor a la muerte y en que suelen echar sus hediondas meadas los borrachos y uno que otro perro sin nombre conocido. A veces, también, algún gato de esos de cola quebrada y bien flacos.

John Cristo sigue siendo oído a través de los cuatro CDs con que algunos rockers de corazón lo tributan. Siempre hacen la pobre analogía con Jesus, llamado el Cristo; sin embargo, su vida no tuvo nada que ver con Cristo ni con Jesús ni con hijo alguno del Hombre. Por supuesto, sí tuvo que ver con los excesos y el rock'n'roll, pero de ahí resultaría sólo un nuevo y miserable cuentito de carácter didáctico o qué sé yo.

En este relato, hay, ahora lo digo, un secreto: lo que John Cristo supo la misma noche en que cayó sobre su sombra, sombra que ya lo esperaba en el suelo cuando cayó de hocico y secamente, sombra que no podía, esto debe ser así, saber del secreto afincado en John Cristo desde esa noche de muerte. Lo que John Cristo supo, no será dicho hoy ni mañana ni nunca. Lo que supo no lo sé yo. Dicen que lo sabe Nailon, el perro, pero eso de nada nos sirve, pues desde hace miles de años se tiene la idea de que los perros no hablan la lengua de los humanos. Una lástima. Pues bastaría sólo con preguntarle con amabilidad. Yo no lo haré, porque sólo soy la voz del narrador de un relato, cosa de suyo abstracta, muy inútil, asaz inconsistente, demasiado poca cosa para la vida real. Hasta aquí entonces. Saludemos en todo caso a los honestos seguidores del rock'n'roll en todas sus vertientes o estilos. Señor, qué más podemos hacer, qué más, ¿acaso llorar por quienes, otra vez, mueren miserable y torpemente? Eso ya lo sabía mi madre después de cada aborto. Dejó de saberlo, pienso, una vez que pese a todo yo vine a nacer en este mundo, que no es un mundo de mierda, pero que está cerca de serlo.


K. Ramone

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Un Hermoso Poema De Bukowski

to the whore who took my poems


some say we should keep personal remorse from the
poem,
stay abstract, and there is some reason in this,
but jezus;
twelve poems gone and I don't keep carbons and you have
my
paintings too, my best ones; it's stifling:
are you trying to crush me out like the rest of them?
why didn't you take my money? they usually do
from the sleeping drunken pants sick in the corner.
next time take my left arm or a fifty
but not my poems;
I'm not Shakespeare
but sometime simply
there won't be any more, abstract or otherwise;
there'll always be money and whores and drunkards
down to the last bomb,
but as God said,
crossing his legs,
I see where I have made plenty of poets
but not so very much
poetry.

***

a la puta que se robó mis poemas


algunos dicen que deberíamos apartar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay alguna razón en esto, pero
Jesús
doce poemas perdidos y no guardé copias y tienes
mis
pinturas también, mis mejores pinturas; es asfixiante:
¿estás tratando de joderme como al resto?
¿por qué no te robaste mi dinero? Usualmente
lo sacan de los durmientes borrachos pantalones enfermos en el
rincón.
la próxima vez róbate mi brazo izquierdo o uno de cincuenta
pero no mis poemas;
no soy Shakespeare
pero alguna vez no habrá ninguno más,
abstracto o de otro modo;
siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como Dios dijo,
cruzándose de piernas:
veo que he creado muchos poetas
pero no tanta
poesía.

***

Siempre es bueno volver a leer un poema de esos inmortales, de esos poemas vivos, en horas en que a veces campea la muerte. Hoy estoy triste, pero releo este inmenso poema y me atrevo a respirar entornando incluso una sonrisa, una sonrisa remotamente adentro, cercanamente en el fondo, al lado de todo, que es donde suele levantar su mediagua lo lejano. Léanlo y vuélvanlo a leer y sigan leyéndolo, aun cuando ya no lo puedan leer. Permítanme que esta entrada esté dirigida por una mirada hacia a mi viejo dormido.

lunes, 12 de noviembre de 2007

El Oscuro Caso Carver-Lish


Mucho se ha hablado sobre el papel del editor en el resultado final de algunas obras y, aun, del estilo preciso y reconocible, por propio, de ciertos autores. Nadie duda de la calidad de la escritura de Carver, breve, precisa, certera, sin excesos, en fin; sin embargo, existen dudas acerca del papel jugado por Gordon Lish, editor, en lo que conocemos como estilo Carver. A partir de las revelaciones del papel jugado por Lish, inmediatamente se alzaron algunos para gritar a los cuatro vientos que el estilo Carver sería más bien fruto del "ojo" de Lish, es decir, de la calidad de la tijera de éste frente a los manuscritos de aquél, es decir, que la escritura era de Carver pero, el estilo, de Lish ("...the basic idea was that he had changed some of the stories so much that they were more his than Carver's...", uauuu, no es menor la afirmación).

Los invitamos a leer un rico texto aparecido en The New York Times a propósito de lo que en esta ocasión llamaremos con el neblinoso nombre de "El Oscuro Caso Carver", jejejeje. Los que quieran buscar cinco patas donde en realidad hay tres, podrán tener sus cuatro en este artículo-reportaje. Lo claro es que Gordon Lish pudo editar, aunque jamás escribir los textos de Carver: para podar hay que tener el árbol y el árbol tenía por nombre Raymond o Ray para los amigos.


"The Carver Chronicles

By D. T. Max

Published: August 9, 1998. New York Times

For much of the past 20 years, Gordon Lish, an editor at Esquire and then at Alfred A. Knopf who is now retired, has been quietly telling friends that he played a crucial role in the creation of the early short stories of Raymond Carver. The details varied from telling to telling, but the basic idea was that he had changed some of the stories so much that they were more his than Carver's. No one quite knew what to make of his statements. Carver, who died 10 years ago this month, never responded in public to them. Basically it was Lish's word against common sense. Lish had written fiction, too: If he was such a great talent, why did so few people care about his own work? As the years passed, Lish became reluctant to discuss the subject. Maybe he was choosing silence over people's doubt. Maybe he had rethought what his contribution had been -- or simply moved on."