lunes, 15 de marzo de 2010

MISERERE de José Domingo Gómez Rojas (1896-1920)


MISERERE 
de José Domingo Gómez Rojas (1896-1920)

La juventud, amor, lo que se quiere
ha de irse con nosotros, ¡Misere!

La belleza del mundo y lo que fuere
morirá en el futuro:¡Miserere!

La tierra misma lentamente muere
con los astros lejanos: ¡Miserere!

Y hasta quizás la muerte que nos hiere
también tendrá su muerte: ¡Miserere!

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lunes, 8 de marzo de 2010

DON QVIXOTE DE LA MANCHA (Capítulo de Los Molinos de Viento, con su ortografía original)

                EL INGENIOSO

             HIDALGO DON QVIXOTE

                DE LA MANCHA

      Compuesto por Miguel de Ceruantes
                  Saauedra.  
     (NOTA: Esta entrada va dedicada a los que, luego del terremoto que afectó 
a Chile el último 27 de febrero, se enfrentan ya a alguna de las formas concretas
de los gigantes Molinos de Viento) 
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Capitulo VIII
Del buen sucesso que el valeroso don Quixote
  tuuo en la espantable y jamas imaginada
  auentura de los molinos de viento, con otros
  sucessos dignos de felice recordacion.                  5

  En esto descubrieron treinta o quarenta
molinos de viento que ay en aquel campo; y, assi
como don Quixote los vio, dixo a su escudero:
  “La ventura va guiando nuestras cosas
mejor de lo que acertaramos a dessear; porque            10
¿ves alli, amigo Sancho Pança, donde se
descubren treynta, o pocos mas, desaforados
gigantes con quien pienso hazer batalla y
quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos
començaremos a enriquecer?; que esta es buena            15
guerra, y es gran seruicio de Dios quitar
tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.”
  “¿Qué gigantes?”, dixo Sancho Pança.
  “Aquellos que alli ves”, respondio su amo,
“de los braços largos; que los suelen tener              20
algunos de casi dos leguas.”
  “Mire vuestra merced”, respondio Sancho,
“que aquellos que alli se parecen no son
gigantes, sino molinos de viento, y lo que en
ellos parecen braços, son las aspas, que,                25
bolteadas del viento, hazen andar la piedra del
molino.”
  “Bien parece”, respondio don Quixote, “que
no estás cursado en esto de las auenturas:
ellos son gigantes, y si tienes miedo, quitate           30


PRIMERA PARTE, CAPITVLO VIII p. 115 de ahi, y ponte en oracion en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desygual batalla.” Y, diziendo esto, dio de espuelas a su cauallo Rozinante, sin atender a las vozes que su 5 escudero Sancho le daua, aduirtiendole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que yua a acometer. Pero el yua tan puesto en que eran gigantes, que ni (*) ohia las vozes de su escudero Sancho, ni 10 echaua de ver, aunque estaua ya bien cerca, lo que eran; antes yua diziendo en vozes altas: “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que vn solo cauallero es el que os acomete!” Leuantose en esto vn poco de viento, y las 15 grandes aspas començaron a mouerse, lo qual visto por don Quixote, dixo: “Pues aunque mouais mas braços que los del gigante Briareo, me lo aueis de pagar.” Y, en diziendo esto, y encomendandose de 20 todo coraçon a su señora Dulzinea, pidiendole que en tal trance le socorriesse, bien cubierto de su rodela, con la lança en el ristre, arremetio a todo el galope de Rozinante, y enuistio con el primero molino que estaua delante, y 25 dandole vna lançada en el aspa, la boluio el viento con tanta furia que hizo la lança pedaços, lleuandose tras si al cauallo y al cauallero, que fue rodando muy mal trecho por el campo. 30 Acudio Sancho Pança a socorrerle a todo el correr de su asno, y, quando llego, hallo que

DON QVIXOTE DE LA MANCHA p. 116 no se podia menear: tal fue el golpe que dió con el Rozinante. “¡Valame Dios!”, dixo Sancho; “¿no le dixe yo a vuestra merced que mirasse bien lo que hazia, que no eran sino molinos de viento, y no 5 lo podia ignorar sino quien lleuasse otros tales en la cabeça?” “Calla, amigo Sancho”, respondio don Quixote; “que las cosas de la guerra, mas que otras, estan sujetas a continua mudança; 10 quanto mas que yo pienso, y es assi verdad, que aquel sabio Freston que me robó el aposento y los libros ha buelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo 15 al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.” “Dios lo haga como puede”, respondio Sancho Pança. Y, ayudandole a leuantar, tornó a subir sobre 20 Rozinante, que medio despaldado estaua; y, hablando en la passada auentura, siguieron el camino del puerto Lapice (*), porque alli dezia don Quixote que no era possible dexar de hallarse muchas y diuersas auenturas, por ser 25 lugar muy passagero, sino que yua muy pesaroso por auerle faltado la lança, y, diziendoselo a su escudero, le dixo: “Yo me acuerdo auer leydo que vn cauallero español, llamado Diego Perez de Vargas, 30 auiendosele en vna batalla roto (*) la espada, desgajó de vna enzina vn pesado ramo o tronco,

PRIMERA PARTE, CAPITVLO VIII p. 117 y con el hizo tales cosas aquel dia, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y, assi, el como sus decendientes se llamaron desde aquel dia en adelante Vargas y Machuca (*). Hete dicho esto, porque 5 de la primera enzina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel, que me imagino y pienso hazer con el tales hazañas, que tu te tengas por bien afortunado de auer merecido venir a vellas (*) 10 y a ser testigo de cosas que apenas podran ser creydas.” “A la mano de Dios”, dixo Sancho; “yo lo creo todo assi como vuestra merced lo dize; pero enderecese vn poco, que parece que va 15 de medio lado, y deue de ser del molimiento de la cayda.” “Assi es la verdad”, respondio don Quixote; “y si no me quexo del dolor, es porque no es dado a los caualleros andantes quexarse de 20 herida alguna, aunque se le (*) salgan las tripas por ella.” “Si esso es assi, no tengo yo que replicar”, respondio Sancho; “pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quexara quando 25 alguna cosa le doliera. De mi se dezir que me he de quexar del mas pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende tambien con los escuderos de los caualleros andantes esso del no quexarse.” 30 No se dexó de reyr don Quixote de la simplicidad de su escudero, y, assi, le declaró que

DON QVIXOTE DE LA MANCHA p. 118 podia muy bien quexarse como y quando quisiesse, sin gana o con ella; que hasta entonces no auia leydo cosa en contrario en la orden de caualleria. Dixole Sancho que mirasse que era hora de comer. Respondiole su amo que por 5 entonces no le hazia menester; que comiesse el quando se le antojasse. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando de las alforjas lo que en ellas auia puesto, 10 yua caminando y comiendo detras de su amo muy de su espacio (*), y de quando en quando empinaua la bota, con tanto gusto, que le pudiera embidiar el mas regalado bodegonero de Malaga. Y en tanto que el yua de aquella 15 manera menudeando tragos, no se le acordaua de ninguna promessa que su amo le huuiesse hecho, ni tenia por ningun trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las auenturas, por peligrosas que fuessen. 20 En resolucion, aquella noche la passaron entre vnos arboles, y del vno dellos desgajó don Quixote vn ramo seco que casi le podia seruir de lança, y puso en el el hierro que quitó de la que se le auia quebrado. Toda aquella 25 noche no durmio don Quixote, pensando en su señora Dulzinea, por acomodarse a lo que auia leydo en sus libros quando los caualleros passauan sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las 30 memorias de sus señoras. No la passó ansi (*) Sancho Pança; que,

PRIMERA PARTE, CAPITVLO VIII p. 119 como tenia el estomago lleno, y no de agua de chicoria, de vn sueño se la lleuó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo (*) llamara, los rayos del sol, que le dauan en el rostro, ni el canto de las aues, que 5 muchas y muy regozijadamente la venida del nueuo dia saludauan. Al leuantarse, dio vn tiento a la bota, y hallola algo mas flaca que la noche antes, y afligiosele (*) el coraçon, por parecerle que no lleuauan camino de remediar 10 tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quixote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su començado camino del puerto Lapice, y a obra de las tres del dia le 15 descubrieron. “Aqui”, dixo en viendole don Quixote, “podemos, hermano Sancho Pança, meter las manos hasta los codos en esto que llaman auenturas. Mas aduierte que, aunque me veas en 20 los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baxa, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caualleros, en ninguna 25 manera te es licito ni concedido por las leyes de caualleria que me ayudes, hasta que seas armado cauallero.” “Por cierto, señor”, respondio Sancho, “que vuestra merced sea muy bien obedicido en 30 esto, y mas, que yo de mio me soy pacifico y enemigo de meterme en ruydos ni pendencias;

DON QVIXOTE DE LA MANCHA p. 120 bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendre mucha cuenta con essas leyes, pues las diuinas y humanas permiten que cada vno se defienda de quien quisiere agr[a]uiarle.” 5 “No digo yo menos”, respondio don Quixote; “pero en esto de ayudarme contra caualleros, has de tener a raya tus naturales impetus.” “Digo que assi lo hare”, respondio Sancho, “y que guardaré esse preceto tambien (*) como 10 el dia del domingo.” Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frayles de la orden de San Benito, caualleros sobre dos dromedarios, que no eran mas pequeñas dos mulas en que venian. Traian 15 sus antojos de camino y sus quitasoles. Detras dellos venia vn coche (*) con quatro o cinco de a cauallo que le acompañauan, y dos moços de mulas a pie. Venia en el coche, como despues se supo, vna señora vizcayna que yua a Seuilla, 20 donde estaua su marido, que passaua a las Indias con vn muy honroso cargo. No venian los frayles con ella, aunque yuan el mesmo camino; mas apenas los diuisó don Quixote, quando dixo a su escudero: 25 “O yo me engaño, o esta ha de ser la mas famosa auentura que se aya visto, porque aquellos bultos negros que alli parecen deuen de ser, y son, sin duda, algunos encantadores que lleuan hurtada alguna princesa en aquel 30 coche, y es menester deshazer este tuerto a todo mi poderio.”

PRIMERA PARTE, CAPITVLO VIII p. 121 “Peor sera esto que los molinos de viento”, dixo Sancho. “Mire, señor, que aquellos son frayles de San Benito, y el coche deue de ser de alguna gente passagera. Mire que digo que mire bien lo que haze, no sea el diablo que le 5 engañe.” “Ya te he dicho, Sancho”, respondio don Quixote, “que sabes poco de achaque de auenturas; lo que yo digo es verdad, y aora lo veras.” Y, diziendo esto, se adelantó y se puso en 10 la mitad del camino por donde los frayles venian, y, en llegando tan cerca que a el le parecio que le podrian oyr lo que dixesse, en alta voz dixo: “¡Gente endiablada y descomunal, dexad luego 15 al punto las altas princesas que en esse coche lleuays forçadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte por justo castigo de vuestras malas obras!” Detuuieron los frayles las riendas, y 20 quedaron admirados, assi de la figura de don Quixote como de sus razones, a las quales respondieron: “Señor cauallero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de 25 San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forçadas princesas.” “Para conmigo no ay palabras blandas; que ya yo os conozco, fementida canalla”, dixo 30 don Quixote. Y, sin esperar mas respuesta, picó a

DON QVIXOTE DE LA MANCHA p. 122 Rozinante y, la lança baxa, arremetio contra el primero frayle, con tanta furia y denuedo, que si el frayle no se dexara caer de la mula, el le hiziera venir al suelo mal de su grado, y aun mal ferido, si no cayera muerto. 5 El segundo religioso, que vio del modo que tratauan a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y començo a correr por aquella campaña, mas ligero que el mesmo (*) viento. 10 Sancho Pança, que vio en el suelo al frayle, apeandose ligeramente de su asno, arremetio a el y le començo a quitar los habitos. Llegaron en esto dos moços de los frayles, y preguntaronle que por qué le desnudaua; 15 respondioles Sancho que aquello le tocaua a el ligitimamente (*), como despojos de la batalla que su señor don Quixote auia ganado. Los moços, que no sabian de burlas, ni entendian aquello de despojos ni batallas, viendo que ya 20 don Quixote estaua desuiado de alli, hablando con las que en el coche venian, arremetieron con Sancho, y dieron con el en el suelo, y sin dexarle pelo en las barbas, le molieron a cozes, y le dexaron tendido en el suelo, sin aliento 25 ni sentido; y, sin detenerse vn punto, tornó a subir el frayle todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro, y quando se vio a cauallo, picó tras su compañero, que vn buen espacio de alli le estaua aguardando y esperando 30 en que paraua aquel sobresalto; y, sin querer aguardar el fin de todo aquel començado

PRIMERA PARTE, CAPITVLO VIII p. 123 sucesso, siguieron su camino, haziendose mas cruzes que si lleuaran al (*) diablo a las espaldas. Don Quixote estaua, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diziendole: 5 “La vuestra fermosura, señora mia, puede fazer de su persona lo que mas le viniere en talante, porque ya la soberuia de vuestros robadores yaze por el suelo, derribada por este mi fuerte braço; y, porque no peneys por saber 10 el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quixote de la Mancha, cauallero andante y auenturero (*), y cautiuo de la sin par y hermosa doña Dulzinea del Toboso; y en pago del beneficio que de mi aueys recebido, 15 no quiero otra cosa sino que boluays al Toboso (*), y que de mi parte os presenteys ante esta señora y le digays lo que por vuestra libertad he fecho.” Todo esto que don Quixote dezia, escuchaua 20 vn escudero de los que el coche acompañauan, que era vizcayno; el qual, viendo que no queria dexar passar el coche adelante, sino que dezia que luego auia de dar la buelta al Toboso, se fue para don Quixote, y, asiendole 25 de la lança, le dixo en mala lengua castellana y peor vizcayna, desta manera: “Anda, cauallero, que mal andes; por el Dios que criome, que, si no dexas coche, assi te matas como estás ahi vizcayno.” 30 Entendiole muy bien don Quixote, y con mucho sossiego le respondio:

DON QVIXOTE DE LA MANCHA p. 124 “Si fueras cauallero, como no lo eres, ya yo huuiera castigado tu sandez y atreuimiento, cautiua criatura.” A lo qual replicó el vizcayno: “¿Yo no cauallero? Iuro a Dios tan mientes 5 como christiano. ¡Si lança ar[r]ojas y espada sacas, el agua quán presto veras que al gato lleuas! (*). Vizcayno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dizes cosa.” 10 “¡Aora lo veredes, dixo Agrages! (*)”, respondio don Quixote. Y ar[r]ojando la lança en el suelo, sacó su espada y embraçó su rodela, y arremetió al vizcayno con determinacion de quitarle la vida. 15 El vizcayno, que assi le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler, no auia que fiar en ella, no pudo hazer otra cosa sino sacar su espada; pero auinole bien que se halló junto al coche, 20 de donde pudo tomar vna almohada que le siruio de escudo, y luego se fueron el vno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demas gente quisiera ponerlos en paz; mas no pudo, porque dezia el vizcayno 25 en sus mal trauadas razones, que si no le dexauan acabar su batalla, que el mismo auia de matar a su ama y a toda la gente que se lo estoruasse. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veia, hizo al cochero que 30 se desuiasse de alli algun poco, y desde lexos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el

PRIMERA PARTE, CAPITVLO VIII p. 125 discurso de la qual dio el vizcayno vna gran cuchillada a don Quixote encima de vn ombro, por encima de la rodela, que, a darsela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quixote, que sintio la pesadumbre de aquel desaforado 5 golpe, dio vna gran voz, diziendo: “¡0 señora de mi alma, Dulzinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro cauallero, que, por satisfazer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla!” 10 El dezir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcayno, todo fue en vn tiempo, lleuando determinacion de auenturarlo todo a la de vn gol[pe] solo (*). El vizcayno, que assi le vio venir 15 contra el, bien entendio por su denuedo su coraje, y determinó de hazer lo mesmo (*) que don Quixote; y, assi, le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a vna ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no 20 hecha a semejantes niñerias, no podia dar vn passo. Venia, pues, como se ha dicho, don Quixote contra el cauto vizcayno, con la espada en alto, con determinacion de abrirle por medio, 25 y el vizcayno le aguardaua ansi mesmo (*), leuantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estauan temerosos y colgados de lo que auia de suceder de aquellos tamaños golpes con que se 30 amenazauan; y la señora del coche y las demas criadas suyas estauan haziendo mil votos y

DON QVIXOTE DE LA MANCHA p. 126 ofrecimientos a todas las imagenes y casas de deuocion de España, porque Dios librasse a su escudero, y a ellas, de aquel tan grande peligro en que se hallauan. Pero está el daño de todo esto que (*) en este 5 punto y termino dexa pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpandose que no halló mas escrito destas hazañas de don Quixote, de las que dexa referidas. Bien es verdad que el segundo autor (*) desta obra no quiso creer 10 que tan curiosa historia estuuiesse entregada a las leyes del oluido, ni que huuiessen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuuiessen en sus archiuos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso 15 cauallero tratassen, y, assi, con esta imaginacion, no se desesperó de hallar el fin desta apazible historia, el qual, siendole el cielo fauorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte. 20

viernes, 5 de marzo de 2010

la tierra y el mar

LA TIERRA Y EL MAR
(en torno a tres fotografías de H. Labarca Rocco, en el contexto -demasiado lleno de contexto- 
del terremoto y el tsunami sufridos por Chile este 27 de febrero) 

Terremoto, maremoto, sismo, seísmo, tsunami, cataclismo, catástrofe, seudónimos para señalar lo innombrable. Ojos que recorren y capturan la orilla, la orilla del mar y del cielo, la larga orilla de la tierra y de su escombro, del ser humano y las ruinas en las ruinas de las ruinas, del "castigo de Dios" y su castigo de ser dios, del Dios que no castiga si no existe o que es incapaz de existir si no castiga, o del dios o Dios -como usted lo quiera- cuyo rostro les presento: ?
entonces de la muerte que llega porque vibra, de la vida que pasa nomás, que cabe en unos cuantos segundos atronadores e interminables. Qué diablos, qué diablos, la olas siguen pasando, la tierra sigue temblando, somos olas hechas de tierra, somos tierra en una ola, un ojo en movimiento que choca con un ojo detenido y se desmorona hacia adentro, mirada derrumbándose hacia adentro como una  costilla cansada, las dolorosas costillas al costado de los ojos, el corazón ladrido de los ojos, el aullido descorazonador de lo que es ojo, ladrillo a ladrillo, cemento a cemento, oscuridad a oscuridad,  pez a pez, 
peces bebidos por los peces. 
Pero recordemos: los peces, y sólo ellos, beben de sus semejantes. Zapatos peces calentándose a la orilla de una fogata de niebla que se extingue, el vivo retrato de la Marilyn muerta entre el húmedo derrumbe de las cosas, dos niñas riendo hasta el nivel del agua, el agua gata que se fue a mirar (curiosa) de cerca el rostro sonriente de las niñas en la marea, la cópula entre un Mar solo y una sola Mara. 
Lo que entró por la puerta de la cocina, salió después por la misma puerta, y las niñas y el nivel del agua y las niñas y el nivel del agua y las niñas y el nivel del agua.
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martes, 23 de febrero de 2010

Otro Maestro: Gilbert Shelton con Wonder Wart-Hog

Otro Maestro: 
Gilbert Shelton con Wonder Wart-Hog
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lunes, 22 de febrero de 2010

Maestro R. Crumb

Maestro R. Crumb
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Robert Crumb: el pequeño tipo que vive adentro de su cerebro

Robert Crumb:
el pequeño tipo que vive adentro de su cerebro


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sábado, 23 de enero de 2010

Kiki

Kiki



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martes, 12 de enero de 2010

Memoria de mayo, de William Goyen (1915-1983)

MEMORIA DE MAYO
William Goyen (1915-1983)
(Traducción de Esther Cross)



Anduvo perdido todo el día por Roma. Era un mayo frío, oscuro y lluvioso. Una mala primavera, una primavera maldita. Las flores no se abrían. Estaban demoradas, encogidas por el frío y el tacto pálido del sol. Había salido de su habitación helada.


El piso era de baldosas -antiguas, con figuras sensuales de uvas rojas desteñidas y peras violetas- que hacían arder de frío los pies descalzos. La chimenea se llenaba de humo en vez de calentar la piel desnuda. En los amaneceres fríos lo despertaban los gritos desolados de los pájaros, que respondían al tañido de las campanas. A través de la ventana veía la cúpula sin sol de San Pedro, que no brindaba consuelo.


A la tarde, poco antes del ocaso, el cielo se despejó. Caminaba por los jardines de la Villa Borghese. De pronto, frente a él, vio a un grupo de chicas de un convento. Jugaban y cantaban en el pasto frío, en un claro verde, bajo los grandes árboles. Las vigilaban cuatro monjas blancas. Las chicas bailaban y daban vueltas por los jardines, bajo la pálida luz tardía del sol. Se acercó y se recostó boca abajo al borde del baile verde y las miró. Algunas se habían caído o habían rodado por el pasto fresco y tenían una mancha verde en el vestido rosa. Otras tenían aros hechos con capullos o pulseras y collares tejidos con hebras de pasto y amapolas tempranas. Las miró, tendido en el pasto, y en su mente se aclaró la antigua confusión de una tarde remota, de un mes de mayo.


Era el recuerdo de una tarde soleada de mayo en Woodland Park, allí en la Texas lejana. Corría un viento suave entre los pinos, donde la escuela había abierto un claro para la Fiesta de la Primavera de la primaria. Era un día encantado. Su disfraz de rey de las flores estaba listo. El de amapola, de la hermana, al fin estaba terminado. Él tenía una varita y una corona plateadas -hechas de cartón, pero forradas con papel metalizado-. La corona y la varita estaban sobre el mueble de las copas de cristal, que había sido de su abuela. Guardó durante muchos años la corona, aunque al tiempo el lustre se gastó y se le cayeron las estrellas. Allí, tirado en el pasto, le hubiera gustado tenerla de nuevo, aunque eso no fuera a cambiar nada.


El disfraz de la hermana era una amapola roja y verde de papel crêpe. Tenía una gorrita para la cabeza, con la corola invertida de una amapola y estambres verdes. El disfraz estaba sobre la cama de la habitación extra que se convertiría en la habitación de su hermana cuando ella fuera suficientemente mayor como para ocuparla, sin miedo a dormir lejos del resto de la familia. Era un vestido muy frágil, que la madre había cosido, preocupada, mientras decía todo el tiempo que era muy difícil y que pensaba que no podría hacerlo bien aunque tuviese toda la vida para intentarlo. El disfraz de su hermana no duró tanto como la corona de rey y la varita plateada.


Parecía que el día de la primavera no iba a llegar nunca, que había quedado, suspendido, al borde del jueves. Pero había llegado y allí estaba la familia, yendo a Woodland Park. Los chicos, al fin con sus disfraces, tomados de la mano, iban delante. La madre y el padre marchaban detrás. Los ojos de la madre miraban, resignados, el tallo imperfecto que caía, de lado, sobre la cabeza de la hermana, que caminaba cuidadosamente. Él no podía verse la corona, pero sabía que el sol la iluminaba porque podía ver que la varita resplandecía a la luz dorada del sol. La hermana iba con más cuidado que nunca para no arruinar su traje de amapola porque la madre le había advertido seriamente que, si corría, el papel crêpe podía estirarse y deformarse y hasta "romperse". Era tan efímero como una flor. Él se preguntaba cómo iba a hacer su hermana para bailar el baile de las cintas metida dentro de eso. Tendría que moverse con suavidad.


El Woodland Park era una gran barranca verde a orillas del Chocolate Bayou. Había una multitud radiante. Algunos estaban de pie y otros caminaban. Había puestos de limonada decorados con papeles de colores, kioscos con faroles de colores que se mecían al viento, carros con toldos donde vendían helados que crujían en conos de papel Dennison y banderas hechas con cintas. El claro estaba en el centro del parque y en el centro del claro estaba el gran palo de mayo, alto y fuerte, con serpentinas azules y blancas atadas a la base para que la mano de cada bailarina agarrara la suya. El viento hacía temblar la delicada construcción. El sonido sedoso y crujiente del papel y las hojas era tan fuerte que el mundo parecía hecho de hojas y flores temblorosas y brillantes al viento y a la luz del sol. Uno deseaba que las bailarinas del baile de las cintas lo hicieran bien, como les habían enseñado durante los ensayos en el auditorio de la escuela. Era su única oportunidad. Esa tarde fugaz, todo parecía delicado y efímero. Parecía que sólo era un momento intrascendente de mayo, que la lluvia podía desteñir y marchitar, que el viento podía romper y soplar.


La hermana encontró reunido al grupo de amigas, que eran flores: rosas, tulipanes, lilas y algunas pocas glicinas. Las madres, guiadas por las maestras, habían hecho un buen trabajo con los disfraces. Habían pasado dos tediosas semanas cosiendo materiales delicados en una de las aulas, después de clase.


Era el rey de las flores. Tenía que quedarse solo en su puesto en el claro, al entrar, porque no había reina de las flores. No sabía por qué, ni siquiera lo había pensado. Su disfraz era nada más que un traje negro, pero era el primer traje que tenía -saco y pantalón, camisa blanca y corbata- y eso bastaba para que ese día se transformara en un día especial. Lo que hacía toda la diferencia eran la corona y la varita. Tenía que moverse entre las chicas, que estarían de cuclillas, y rozarlas gentilmente con su varita para hacerlas florecer, mientras sonaba la música de "Bienvenida, dulce primavera", bonita pero triste. Esperaba su turno con miedo. Era el segundo en el programa. Primero iban a entrar y desfilar el rey y la reina de mayo con toda su corte.


Empezó. Un chico salió del grupo, se ubicó al lado del trono vacío y sopló una fanfarria tan clara como la luz del sol que daba en su clarín. Sopló bien -a Dios gracias- y de una vez, así que no hubo peligro de que las flores se rieran (no habían podido controlarse en los ensayos cuando el clarín soplaba sin que saliera ningún sonido). Después de la perfecta fanfarria, todos se quedaron callados y arrancó el piano. La corte entró en el claro. Él empezó a sentir una jaqueca punzante, a sentirse muy mal. Salieron las flores, las más pequeñas, arrojando unos pétalos de rosas que formaban un camino para el rey y la reina. El bufón que las seguía -todo campanitas y papel puntiagudo- pateaba los pétalos, contra lo que le habían advertido en los ensayos. Fue el primer error. Pero, ¿cómo podía hacer el bufón para no patear las flores? Se sintió peor. Entraron las princesas, tentadas. Después los príncipes, los duques y las duquesas y, por último, el rey y la reina, que habían sido elegidos en la escuela por votación. Cuando sonó la marcha de la coronación, él corrió hasta detrás del piano. La música le retumbaba en la cabeza y vomitó sosteniendo la corona con las manos para que no se le cayera. Pensó que iba a morirse por lo mal que se sentía y por el miedo. Ahora estaba mejor, aunque avergonzado. Volvió a su lugar. La corte ya se había sentado, sin ningún traspié. Parecía un jardín de flores. Hubo un gran aplauso, una pausa. Y la melodía familiar de "Bienvenida, dulce primavera", que lo había cautivado desde el comienzo de los ensayos, colmó el aire. De pronto, todas las flores corrieron hacia el claro y cayeron al suelo, alrededor del palo de mayo, agarrando sus serpentinas.


Fue un momento de ceguera y exaltación: reconoció su pie musical, era la hora de pasearse entre las flores. Sólo iba a recordar el sentimiento de profunda tristeza y encanto que lo embargó cuando entró en el claro y caminó entre las flores plegadas, tocando a cada una con su varita plateada para que floreciera. Todas esas chicas bonitas se esfumarían, con el tiempo, por todos lados. No volverían a tener la naturalidad de esa tarde en ese parque dorado de pinos y flores. El palo de mayo empezó a abrirse como una enorme sombrilla de papel. Se acercó a una de las amapolas. Era su hermana. Se dio cuenta porque reconoció de inmediato, mientras hacía descender la varita, el defecto del tallo verde que había afligido a su madre porque no podía hacerlo bien, aunque las otras madres le habían dicho que no estaba tan mal, que no se preocupara. Durante las últimas semanas se había convertido en la angustia de toda la casa. Una vez la madre lloró, desconsolada, por el tallo, y dijo, mientras se mordía el labio y miraba por la ventana: "No puedo hacerlo bien". Había oído que su madre y su padre hablaban en voz baja sobre eso a la noche. "Está bien aunque no te salga perfecto", la había consolado el padre. "Los chicos no se fijan en esas cosas." El hermano y la hermana se habían preocupado por el tallo. Cuando iban caminando a la escuela, se decían que esperaban que su madre pudiera hacerlo bien. El hermano había llegado incluso a rezar por la noche. Terminaba las oraciones que se sabía de memoria con un "Señor, ayuda a mi madre para que le salga bien el tallo de la amapola". En ese instante, mientras hacía descender la varita para tocarlo, el pequeño tallo verde le pareció el defecto de su casa y un símbolo de la imperfección del amor.


Tocó con la varita temblorosa el tallo verde de la cabeza de su hermana y sintió su timidez. La hermana empezó a enderezarse, como en un hechizo. Se pisó uno de los pétalos del vestido. La vio tropezar y caer, como si él la hubiera golpeado con una barra candente.


En una niebla de lágrimas, tuvo una visión. Su madre, su padre, su hermana y él estaban de pie, juntos, en el claro del trono de primavera, sin la realeza. Los habían llevado allí como escarmiento porque habían arruinado el palo de mayo. El palo de mayo era un tallo retorcido de papel arrugado, que estaba a sus espaldas y les hacía sombra. La hermana tenía el disfraz de amapola estropeado y él, con su traje, tenía la corona pulida caída sobre los ojos, como una venda, y la varita plateada, que le hacía burlas, en la mano. Su madre estaba afligida y su padre se veía humillado. Oyó la risa atronadora y el suspiro silbado -como una tormenta entre los árboles- del grupo numeroso de personas que, vestidas con papel, hojas y flores, parecían haber salido de los árboles, del pasto y de las emanaciones del río pantanoso que corría debajo del claro (una asamblea de jueces burlones y juerguistas demoníacos, verdes, acusadores). Mayo era cruel y encantador. Todo era impetuoso, pasional y despiadado. Podía oír la voz de su madre, que le hablaba al jurado vegetal: "No me salió bien". Y la voz de su padre: "Nunca tuvimos una oportunidad. Ninguno de los nuestros. Ni mi madre ni mi padre ni mis hermanos ni mis hermanas". Podía sentir su propia respuesta, carente de palabras, que se agitaba en sus profundidades, donde iba a permanecer hasta que pudiera elevarse y pronunciarse, dentro de no mucho tiempo.


Dio un paso atrás y se apartó un instante de la hermana, por alguna razón que sólo comprendería muchos años después, tirado en el pasto de una ciudad extranjera, en un parque donde jugaban unas huérfanas. No podía moverse para ayudar a su hermana. Su frágil estido de papel se había roto. Estaba llorando. Se quedó junto a ella. La varita, que colgaba de su mano floja, se le cayó al piso. Él también empezó a llorar. El llanto de los hermanos interrumpió el acto. Ahí estaban la flor y el rey de las flores, en medio del claro, bajo el sol, rodeados por un mundo de caras amigas y extrañas, con la música de "Bienvenida, dulce primavera" de fondo, triste como un canto invernal. Algunas flores, que aún no se habían abierto con el toque de la varita, no pudieron contenerse y espiaron para ver qué pasaba. El jardín estaba a punto de desarmarse. Una maestra corrió para ayudar a la hermana a ponerse de pie mientras lo incitaba para que siguiera adelante. No había sido capaz de ayudar a florecer a su hermana, del mismo modo que ni él ni nada de este mundo podían ayudar a su madre a hacer bien el tallo. En ese momento supo, con certeza, que nadie podía remediar algunos defectos, ni las manos de una madre ni la varita de un hermano, sólo la mano de Dios o alguna vara o viento o lluvia -o algo así- que estaban más allá del alcance de las manos humanas.


Ya había florecido todo el jardín -a excepción de su desgraciada hermana, que tenía el vestido roto y un pétalo colgando por detrás-. El palo de mayo estaba abierto y temblaba a la luz del sol. El hermano se alejó del claro, se metió entre la gente y se abrió camino para ocultarse detrás del piano. Lloró con amargura mientras el piano seguía tocando la triste tonada primaveral. Le dolía la garganta. Le ardía con el ácido disgusto por su hermana, por su madre, por ese momento amargo de mayo, por su primer traje y corbata -que entonces se le antojaron ligados a esa tarde desastrosa que no podían cambiar o transformar ni la varita ni la corona-.


Lloró con amargura en honor de algo que iba mucho más allá de lo que entonces comprendía. Volvió a sentirse como se había sentido muchas veces, en los comienzos de su vida. Sintió la visita, leve y triste, de una sensación de trágica incompletud en su herencia, nunca del todo florecida, como si una sombra de error atravesara su camino y así, intacta, avanzara -en puntas de pie, a los tumbos, con su defecto sobre la frente-, para alcanzar el roce de una varita mágica, y no pudiera levantarse y, al intentarlo, se lastimara la piel y renqueara al bailar.


Las flores rodeaban, en círculo, el palo de mayo desplegado. Empezaron a bailar el baile de las cintas. Su hermana estaba allí. La vio pasar, bailando, una vuelta y otra vuelta, haciendo zigzaguear su ser vapentina azul a un lado y al otro sin cometer un solo error; pálida, inocente y melancólica con su vestido roto. Saltaba, como si estuviera un poco renga y arrastraba con ella el pétalo quebrado del vestido que ya parecía marchitarse. Sobre la cabeza, el tallo malogrado se caía y sacudía, grotesco y burlón como un cuerno verde en su frente. Vio -como seguramente vio toda la gente que estaba en la Fiesta de la Primavera- que su hermana era una bailarina tranquila, una criatura aérea, desmejorada por el fracaso, tocada por una luz débil, que saltaba y bailaba suavemente en ese instante de belleza sobrenatural. Sintió que a él también lo tocaba la varita del desengaño, empuñada por el demonio de mayo, ese mes fugaz que se iría para no volver. El mundo, con sus flores y praderas, se doraría con el sol del verano, se quemaría con la escarcha del invierno. Las serpentinas del palo de mayo se esfumarían. El vestido de amapola quedaría hecho jirones, la varita terminaría deslustrada y la corona de cartón se quedaría sin estrellas.


El arduo baile terminó, las bailarinas salieron del claro. Quedó el palo de mayo, tejido y trenzado, sin defectos. En el claro vacío estaba tirado, sobre el césped cortado al ras, el pétalo del traje de su hermana.


Ahora miraba y oía de nuevo a las chicas en los jardines de Villa Borghese. Se levantó, se dio vuelta, las miró y se alejó, mientras tocaba la mancha verde de pasto en su pantalón blanco con los dedos que habían sostenido, hacía tiempo, la varita mágica. ¡Ese pasto, tan amargo! El agua amarga de las fuentes de la ciudad debía servir para regar el pasto, pensó. El amor de Dios también era amargo porque Dios debía sufrir por la fugacidad, porque el viento fecundo soplaba y marchitaba todo. ¡Qué mayo amargo! La naturaleza humana era amarga porque cargaba con la mancha indeleble que cuenta la historia de la gloria de la naturaleza del hombre y los campos.


En su habitación de baldosas antiguas vivía el grito del demonio de mayo. Cuando llegó, se sentó y pensó en las primeras revelaciones que tenemos en la vida y en cómo esas revelaciones van cambiando con el tiempo. Pensó que se hunden en la corriente de los años; que sus detalles se disuelven como pétalos de papel, como estrellas fijadas con pegamento. Y que esas revelaciones quedan asentadas, sin dobleces ni adornos, en el fondo frío y duro de la verdad inalterable.

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(Cuento perteneciente al volumen Ángeles y hombres, Ed. La Compañía, 2009)

lunes, 14 de diciembre de 2009

NOCTURNO III de José Asunción Silva —1865-1896— (con foto de Francesca Woodman —1958-1981—)

NOCTURNO III de José Asunción Silva —1865-1896—
(con foto de Francesca Woodman —1958-1981—)





     Una noche
Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
     Una noche
En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
A mi lado lentamente, contra mí ceñida, toda,
     Muda y pálida
Como si un presentimiento de amarguras infinitas,
Hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,
Por la senda florecida que atraviesa la llanura florecida
     Caminabas,
     Y la luna llena
Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
     Y tu sombra
     Fina y lánguida,
     Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada
Sobre las arenas tristes
De la senda se juntaban
     Y eran una
     Y eran una
Y eran una sola sombra larga!
Y eran una sola sombra larga!
Y eran una sola sombra larga!


     Esta noche
     Solo, el alma
Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
Separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
     Por el infinito negro
     Donde nuestra voz no alcanza,
     Solo y mudo
     Por la senda caminaba,
Y se oían los ladridos de los perros a la luna,
     A la luna pálida,
     Y el chillido
     De las ranas,
Sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
     Entre las blancuras níveas
     De las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte
     Era el frío de la nada...
     Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada,
     Iba sola,
     Iba sola
     ¡Iba sola por la estepa solitaria!
     Y tu sombra esbelta y ágil
     Fina y lánguida,
Como en esa noche tibia de la muerta primavera,
Como en esa noche llena de murmullos de perfumes y de músicas de alas,
     Se acercó y marchó con ella
     Se acercó y marchó con ella,
Se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan en las noches de negruras y de lágrimas!...


     * * *

viernes, 11 de diciembre de 2009

EQUIPAJES

El equipaje del destierro


(Patricio Manns - Horacio Salinas)


Tú me preguntas cómo fue el acoso aquel que obtuve.
Metes la lengua en mi cabeza, en mi pensar, en mi algo.


Y bien: te dejo suponer que abandoné mi pueblo,
que huí rompiendo el crudo umbral como un puma aterrado.
Pero yo te aseguro que no me han quitado nada
puesto que de esa tierra no me podrán apartar.


Pues, ¿cómo van a robar mi volcán con su volcana?*
¿Desviar de mi alma el embocar del río con su ría?
¿Hacharme en el paisaje el árbol con su arboladura?
¿Matarme a plena sien el rudo piojo con su pioja?
¿Quemar con un fósforo usual mi libro y su librea?
¿Juntarse el yatagán con mi dolor y su dolora?
¿Hacer aguar en temporal mi bote con su bota?
¿Batir en retirada mi conjuro y su conjura?


Vibrar la cuerda de mi solfeo
con su solfear.


Tú me preguntas cómo fue el acoso aquel que obtuve.
Pones el ojo a hojear en la estación de mi memoria.


Y bien: concedo que al final ganaron la batalla,
que falta conocer el resultado de la guerra.
Pero confieso que yo no extravié un grano de polen
puesto que de esa tierra no me podrán apartar.


¿Pues cómo van a extenuar mi caso con su caza?
¿Adelgazar mi saco vecinal con su saqueo?
¿Uncir mi canto universal de grillo a su grillete?
¿Vaciar de contenido mi araucano y su araucaria?
¿Cavar con fúnebre placer mi tumbo con su tumba?
¿Frenar la turbulencia de mi gesta con su gesto?
¿El choque de mis esperantes con su esperadura?


El equipaje del destierro es mi maleta de humo,
pero sabemos que sin el fuego humo no habrá.

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(1980)
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Mazúrquica modérnica


(Violeta Parra)


Me han preguntádico varias persónicas
si peligrósicas para las másicas
son las canciónicas agitadóricas.
Ay, qué pregúntica más infantílica!
Sólo un piñúflico la formulárica
pa mis adéntricos yo comentárica.


Le he contestádico yo al preguntónico
cuando la guática pide comídica
pone al cristiánico firme y guerrérico
por sus poróticos y sus cebóllicas,
no hay regimiéntico que los deténguica
si tienen hámbrica los populáricos.


Preguntadónicos, partidirísticos,
disimuládicos y muy malúlicos
son peligrósicos más que los vérsicos
más que las huélguicas y los desfílicos,
bajito cuérdica firman papélicos,
lavan sus mánicos como Piláticos.


Caballeríticos almidonáticos
almidonádicos mini ni ni ni ni...
le echan carbónico al inocéntico
y arrellanádicos en los sillónicos
cuentan los muérticos de los encuéntricos
como frivólicos y bataclánicos.


Varias matáncicas tiene la histórica
en sus pagínicas bien imprentádicas,
para montárlicas no hicieron fáltica
las refalósicas revoluciónicas.
El juraméntico jamás cumplídico
es el causántico del desconténtico.
Ni los obréricos, ni los paquíticos
tienen la cúlpica señor fiscálico.


Lo que yo cántico es una respuéstica
a una pregúntica de unos graciósicos
y más no cántico porque no quiérico
tengo flojérica en los zapáticos,
en los cabéllicos, en el vestídico,en los riñónicos y en el corpíñico.


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(1964-1965)
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