miércoles, 12 de agosto de 2009

Raymond Carver: UNO MÁS


Raymond Carver:

UNO MÁS/ONE MORE

He acá la poesía tan característica de Carver, con sus temas reducidos a un tema (el ser humano en su más imperfecta humanidad), sus hazañas desde la pulcramente asqueante (muchas veces, muchas veces, tantas muchas veces) cotidianidad. Sus frases machacando, sus redundancias, sus repeticiones, esa aparente, sólo aparente, ausencia de "palabra poética": como si hubiera tal cosa, y como que sí la hay, porque todas las palabras son útiles para escribir un poema. Carver lo sabía; lo hacía a propósito y con ciertos propósitos, acaso por acentuar la soledad, el aislamiento, el silencio, la falta de mejores palabras para decir algo con simples palabras simples. Con respecto a la traducción, no voy a "hermosear" allí donde Carver quiso que hubiera tautología, pues las tautologías —como sabemos y es el caso del amigo Ray— pueden tener un tremendo valor expresivo, cosa que, después de "a rose is a rose is a rose" de la Stein, no admite discusión posible. Aunque a veces desde lo patético, la poesía mayor de Carver es una rosa es una rosa es una rosa.

K. Ramone

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UNO MÁS

Por Raymond Carver
(Translated into Spanish by K. Ramone)



Se levantó temprano, la mañana teñida de entusiasmo,
ansioso por estar frente al escritorio. Se sirvió tostadas y huevos, cigarrillos
y café, meditando todo el tiempo en el trabajo que venía, el arduo
sendero a través del bosque. El viento soplaba las nubes
en el cielo, haciendo vibrar las hojas que permanecían en las ramas
al otro lado de su ventana. Unos pocos días más y se habrán
ido, aquellas hojas. Había un poema allí, tal vez;
tendría que pensar en ello. Fue
a su escritorio, vaciló por un largo instante y tomó
lo que resultaba ser la decisión más importante
que había de asumir en todo el día, algo para lo que su imperfecta vida
lo había preparado. Apartó la carpeta de poemas...
uno en particular aún le daba vueltas después
del sueño agitado de la noche. (Pero, de verdad, ¿qué interesa uno más,
o menos? ¿Qué importa? La obra podía esperar un rato todavía,
¿verdad?). Tenía todo el amplio día a su disposición.
Mejor partir por lo más importante. Tenía que ocuparse de ciertos asuntos
de negocios, hasta algunas cuestiones familiares de las que debía librarse
hacía mucho. Se puso entonces manos a la obra. Trabajó duro todo el día... amor
y odio puestos en ello, una pequeña compasión (muy poca), algún
sentimiento de compañerismo, incluso desesperación y deleite.
Emergieron ráfagas ocasionales de ira, que luego
amainaron, mientras escribía cartas diciendo “sí” o “no”
o “depende”... explicando por qué, o por qué no, a personas
que no pertenecían en lo más mínimo a su vida, gente que nunca había visto o que nunca
vería. ¿Importaban? ¿Le importaban una mierda?
Algunas sí. Tomó también unas cuantas llamadas e hizo algunas otras,
las que a su vez le crearon la necesidad de hacer unas pocas más. Fulano de tal,
que no podía hablar ahora, prometía devolver la llamada al otro día.

Hacia la tarde, agotado y obviamente (aunque equivocado, por supuesto)
sintiendo que había realizado algo parecido a un honesto día de trabajo,
hizo un alto para inventariar y tomar nota del par de
llamadas que tendría que hacer a la mañana siguiente si
quería mantenerse al corriente de las cosas, si es que no quería
escribir todavía más cartas, lo cual no deseaba. Para entonces,
se le ocurrió, estaba harto de todos los asuntos, aunque continuó
de tal modo, terminando una última carta que debería haber sido
respondida hace semanas. Luego alzó la vista. Afuera era casi de noche.
El viento se había calmado. Y los árboles... estaban quietos ahora, casi
despojados de sus hojas. Pero, por fin, su escritorio estaba despejado,
si no fuera por esa carpeta de poemas que
lo ponía incómodo de sólo mirarla. La puso en un cajón, fuera
de su vista. Ese es un buen lugar, estaría segura allí y
él sabría exactamente dónde ir para posar su manos sobre ella cuando
tuviera ganas. ¡Mañana! Hoy había hecho todo lo que podía.
Aún tenía algunas llamadas que hacer,
olvidó quién se suponía que lo telefonearía, y había
unas cuantas notas que era necesario enviar debido a ciertas llamadas,
pero lo había hecho ahora, ¿no es cierto? Salió del embrollo.
El trabajo había culminado. Había hecho lo que tenía que hacer.
Lo que su responsabilidad le indicó que había de hacer. Había cumplido con su sentido
del deber y a nadie había decepcionado.

Pero en ese momento, sentado frente a su pulcro escritorio,
se hallaba vagamente molesto por la memoria de un poema que había querido
escribir esa mañana, y había aquel otro
que tampoco conseguía recobrar.

Así es la cosa. No mucho más necesita ser dicho en realidad. Qué
se puede decir en favor de un hombre que escoge chismorrear en el teléfono
todo el día o, si no, escribir estúpidas cartas
mientras deja ir sus poemas, desatendidos y desamparados,
abandonados...
o peor, sin intentarlos. Un tipo así no los merece
y no deberían dársele en forma alguna.
Sus poemas, si por casualidad saliera alguno más,
deberían ser comidos por los ratones.


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ONE MORE

By Raymond Carver

He arose early, the morning tinged with excitement,
eager to be at his desk. He had toast and eggs, cigarettes
and coffee, musing all the while on the work ahead, the hard
path through the forest. The wind blew clouds across
the sky, rattling the leaves that remained on the branches
outside his window. Another few days for them and they’d
be gone, those leaves. There was a poem there, maybe;
he’d have to give it some thought. He went to
his desk, hesitated for a long moment, and the made
what proved to be the most important decision
he’d make all day, something his entire flawed life
had prepared him for. He pushed aside the folder of poems —
one poem in particular still held him in its grip after
a restless night’s sleep. (But, really, what’s one more, or
less? So what? The work would keep for a while yet,
wouldn’t it?). He had the whole wide day opening before him.
Better to clear his decks first. He’d deal with a few items
of business, even some family matters he’d let go far
too long. So he got cracking. He worked hard all day —love
and hate getting into it, a little compassion (very little), some
fellow-feeling, even despair and joy.
There were occasional flashes of anger rising, then
subsiding, as he wrote letters, saying “yes” or “no” or “it
depends” —explaining why, or why not, to people out there
at the margin of his life or people he’d never seen and never
would see. Did they matter? Did hey give a damn?
Some did. He took some calls too, and made some others, which
in turn created the need to make a few more. So-and-so, being
unable to talk now, promised to call back next day.

Toward evening, worn out and clearly (but mistakenly, of course)
feeling he’d done something resembling and honest day’s work,
he stopped to take inventory and note the couple of
phone calls he’d have to make next morning if
he wanted to stay abreast of things, if he didn’t want to
write still more letters, which he didn’t. By now,
it occurred to him, he was sick of all business, but he went on
in this fashion, finishing one last letter that should have been
answered weeks ago. Then he looked up. It was nearly dark outside.
The wind had laid. And the trees —they were still now, nearly
stripped of their leaves. But, finally, his desk was clear,
if he didn’t count that folder of poems he was
uneasy just to look at. He put the folder in a drawer, out
of sight. That was a god place for it, it was safe there and
he’d know just where to go o lay his hands on it when he
felt like it. Tomorrow! He’d done everything he could do
today. There were still those few calls he’d have to make,
and he forgot who was supposed to call him, and there were a
few notes he was required due to a few of the calls,
but he had it made now, didn’t he? He was out of the woods.
He could call today a day. He’d done what he had to do.
What his duty told him he should do. He’d fulfilled his sense of
obligation and hadn’t disappointed anybody.

But at that moment, sitting there in front of his tidy desk,
he was vaguely nagged by the memory of a poem he’d wanted
to write that morning, and there was that other poem
he hadn’t gotten back to either.

So there it is. Nothing much else needs be said, really. What
can be said for a man who chooses to blab on the phone
all day, or else write stupid letters
while he lets his poems go unattended and uncared for,
abandoned —
or worse, unattempted. This man doesn’t deserve poems
and they shouldn’t be given to him in any form.
His poems, should he ever produce any more,
ought to be eaten by mice.


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martes, 11 de agosto de 2009

El Dinosaurio, de Monterroso


El Dinosaurio, de Monterroso

Monterroso's Dinosaur

Quería traducirlo, pero encuentro en Internet una versión estupenda en inglés. Es muy buena, además porque conserva las siete palabras del original. ¡Vamos!
KR


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Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Upon awakening, the dinosaur was still there.


A. Monterroso


domingo, 9 de agosto de 2009

William Gaddis: Dostoievski


William Gaddis: Dostoievski


El más grande novelista de Rusia, así consideraba William Gaddis a Dostoievski. Y, todavía más, como para muchos de nosotros, Dostoievski podía ser para Gaddis el más grande novelista. Para mí, Gaddis es a Estados Unidos lo que Dostoievski a Rusia : el más grande. No es el más grande novelista del mundo, que ya sabemos es Dostoievski, pero sí de Estados Unidos de América y aun de América.


Cuando leemos a Gaddis, notamos que él transmitía desde otra dimensión. Probablemente, en tanto que mente asaz privilegiada, Gaddis fue un extraterrestre, la prueba fehaciente de presencia extraterrestre en la Tierra, por lo menos en la porción de planeta destinada a los novelistas. Aún no aparece, en la literatura a partir de la segunda mitad del siglo XX, un desafío y exploración en el abismo humano de la talla de Los Reconocimientos (1955), la primera novela publicada por el autor, viaje a ratos vomitivo y por lo tanto muchas veces cierto: ahí está la falsedad disfrazada de arte, algo que descree cada tanto de cualquier alucinación para adquirir la forma satírica de un espejo. El azogue no es, por supuesto, “extrañamente” contemporáneo; las implicaciones sobre casi todos los ámbitos de nuestra estadía social e individual son claras, y Gaddis es lo suficientemente hábil para ir más allá, es decir, para proyectar la falsedad desde el peso irrebatible de su autenticidad, sea ésta artística, política, económica, religiosa, sexual o asexual, en fin.

Esta semana he comenzado la lectura de Agapé Agape (2002), su novela póstuma. Se trata de la versión en inglés, que incluye “other writings”; entre esos “otros escritos” se halla Dostoievski, texto encargado a Gaddis en 1996, en el contexto del cumpleaños 175 del autor ruso. Me he permitido realizar la traducción que acompaño, dedicada a dos de mis más entrañables amigos, uno de ellos Bruno Montané, a quien debo la ansiada llegada de Agapé Agape a mis manos.

K. Ramone


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DOSTOIEVSKI

Por William Gaddis
Traducción de K. Ramone(*)

Aunque difícilmente alguien podría clasificar al autor de Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamazov, y El Idiota como un escritor cómico, en la que probablemente sea la más oscura de sus novelas transidas de muerte, suicidio y locura, conspiración política e inocencia arrebatada, Fedor Dostoievski halla sitio en Los Poseídos para un mordaz retrato cómico de Turgeniev, una deliciosa parodia del Romanticismo alemán, hasta una rápida mirada a la muerte de un americano que ha legado sus huesos a la ciencia y “cuya piel se ha convertido en un tambor, de modo que el himno nacional americano puede ser tocado allí día y noche”. A cada oportunidad, el humor adquiere las dimensiones de la desarmonía, la incongruencia, el absurdo que señala la intrusión de lo irracional en lo confuso de los asuntos humanos.

El demonio, como se dice, está en los detalles: en una temprana escena en que son presentados dos de los principales personajes de la novela, la rica y autoritaria Varvara Petrovna Stavrogin, asediada por todos los flancos por vidas sin aspiraciones y almas a la deriva en medio de la confusión y las opciones erradas, estalla sobre su desventurado protegido, el envejecido esteta Stepan Verjovensky, con estas palabras:

—Estás solo; me alegro; no soporto a tus amigos. ¡Pero cómo fumas! ¡Vaya una atmósfera! No has terminado el té de la mañana y son casi las doce del día. Esta es tu idea de la dicha... ¡el desorden! Te solazas en la mugre. ¿Qué es ese papel roto en el piso? —se deja llevar por un torrente de abuso—. Abre la ventana, los postigos, las puertas, abre todo de par en par. E iremos al salón. He venido a verte por un asunto importante...—y una vez allí—: Tienes un salón deplorable —continuó—, deberías haberlo reparado. ¿Que no te envié un empapelador con modelos? ¿Por qué no escogiste uno? Siéntate y escucha.

El demonio que persigue con tanta inquina es, por supuesto, este desorden, no menos una obsesión de ella que lo que había devenido para Dostoievski mismo.

Ya bien entrado en la mediana edad, atormentado por la enfermedad, la pobreza, las deudas, y alejado del país natal que cargaba con su radical juventud, la prisión y Siberia, se había establecido en Dresden para escribir esta novela que implicaba a aquella juvenil visión de la Utopía socialista con el ruinoso desorden y el culto al Nihilismo en que había resultado.

Aunque es bastante usual que un joven radical se torne conservador con la edad, nada hay de lugar común en la conversión de Dostoievski. La persiguió tan apasionadamente como a la fiebre del juego que dominó su vida, una vida que ahora descubría insoportable, a merced de un desordenado universo, un desorden amenazando los cimientos mismos de una Rusia que descansaba en los Absolutos de la Iglesia Ortodoxa y la mano de un Dios inescrutable, en donde él buscó refugio.

Erigido como el profeta de la agitación revolucionaria que convulsionó a Rusia en 1905-6 y de nuevo en 1917, Dostoievski puede ser apreciado hoy en día desde los aun más vastos términos de lo profético de nuestro propio tiempo, donde el gobierno autoritario y la imposición de la ley y el orden conllevan el germen del fascismo, donde el fundamentalismo investido de religión revelada lucha contra lo irracional en la colisión entre un mundo de Absolutos y un universo contingente, abrazando diferencia y discontinuidad, contradicción, discordia, ambigüedad, ironía y paradoja, perversidad, opacidad, anarquía y caos, en una disciplina académica dignificada con la etiqueta griega de aporia, el reino contra el cual Dostoievski luchó con toda la frenética energía de los memorables personajes que creó.

“Esta es tu idea de la dicha... ¡el desorden!”, había espetado Varvara Petrovna en su implacable batalla contra el demonio incubado por la desidia y el descuido dondequiera que mirara, manipulando las vidas en torno a ella desde la tiranía de la riqueza, como cuando un “asunto importante” la conducía a la puerta de su desdichado protegido. “Esta feliz ocurrencia me vino en Suiza”, explicó a Stepan Verjovensky, informándole de su “arreglo” para casarlo con una chica de veinte años, poniendo la misma intensidad que había conferido a la redecoración del miserable salón, hasta el momento en que todos sus esfuerzos por imponer orden fueran disueltos en el desorden general que la circundaba, en donde como un matrimonio y un papel mural, cada cosa podría igualar a todo lo demás en una última visión del caos, y la descomposición del significado en la progresiva entropía que lentamente todo lo silencia, dejándole al menos la oportunidad de rematar con: “¡Eres un idiota, un idiota! Todos ustedes son unos idiotas malagradecidos. ¡Dame mi paraguas
!”

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(*) Dedicada, en orden alfabético, a Agustín Gálvez y Bruno Montané. KR



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viernes, 7 de agosto de 2009

Chekhov —Ashes (Chéjov: cenizas)

CHEKHOV —ASHES
(Chéjov: cenizas)

"You could write a story about this ashtray, for example, and a man and a woman. But the man and the woman are always the two poles of your story. The North Pole and the South. Every Story has these two poles —he and she."


A. P. Chekhov
(Quoted by Raymond Carver)
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"Podrías escribir una historia sobre este cenicero, por ejemplo, y un hombre y una mujer. Pero el hombre y la mujer siempre son los dos polos de tu historia. El Polo Norte y el Sur. Cada historia tiene estos dos polos: él y ella."


A. P. Chéjov
(Citado por Raymond Carver)
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Translated into Spanish by KR

miércoles, 5 de agosto de 2009

Wilde & Bolaño: on Poets and their powers of endurance

WILDE & BOLAÑO:
SOBRE POETAS Y SU CAPACIDAD DE RESISTENCIA
Wilde & Bolaño: on Poets and their powers of endurance


"Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo."

Roberto Bolaño

"A poet can endure anything. Which amounts to saying that a human being can endure anything. But that's not true: there are obviously limits to what a human being can endure. Really endure. A poet, on the other hand, can endure anything." (Traducción al inglés de Chris Andrews)


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"A poet can survive everything but a misprint."

Oscar Wilde


"Un poeta puede sobrevivir a todo, excepto a una errata." (Traducción al español de KR)




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lunes, 27 de julio de 2009

J. RODOLFO WILCOCK: EXTRAÑAMIENTO


J. RODOLFO WILCOCK: EXTRAÑAMIENTO



Rodolfo Wilcock es uno de mis escritores predilectos, cosa que por fortuna carece de cualquier objetiva importancia, pues de todas formas es un escritor mayúsculo. La de Wilcock es una escritura de perro loco, de burgués revoltoso, de tipo aparentemente solo en un domingo en Twilight Zone; sus libros merecerían estar en la biblioteca elemental de cualquier zombie tierno y de todo feliz subversivo. A la literatura de Wilcock no le es escatimado el humor, certeza más áurea cuando reparamos en su cercana amistad —¿podría haber alguna amistad que no fuera cercana?...por desgracia, sí— con Borges y compañía. La línea de Wilcock es modulada desde la acidez, no para reírse sino para sonreír, o poner por el revés el rostro a la manera de una camisa sucia; su tema y su tono suscriben asimismo a la niñez y su ingenuidad; su rasgo escritural puede ser repulsivo como una rosa para un maldito; es por supuesto iconoclasta, inverosímil, lúcido, comprensivo, inmisericorde y misericordioso a veces, inconformista y (sobre todo) distinto y (ante todo) tremendamente deudor de tantas lecturas (las mismas de Borges y Silvina y Bioy, además de las absolutamente propias e inconfesables).


Su escritura probablemente será olvidada antes que muchas otras, lo mismo que su dudoso e irreconocible aporte. Pero lo leeremos a través de sucedáneos de menor valía, no necesariamente en el campo chamuscado de la literatura. Su fantasma nos vendrá a penar con voz de vitrola y lecturas en casas en penumbras. También cuando seamos nuevamente niños y queramos tener una última oportunidad para llorar o reír hasta que llegue mamá a consolarnos o besarnos la frente, es decir, cuando ya estemos acabados y esas oportunidades sean, junto con vanas, imposibles. Ahí estará Wilcock con su antilección acerca del Canon. Grande, limpio, consecuente como un loco, lúcido como un animal de circo, bello como un hombre de gran inteligencia. Ahí, dentro de quienes lo hemos leído, de aquellos que no lo han leído, dentro de los que no lo leerán.



K. Ramone

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LOS AMANTES



Por J. Rodolfo Wilcock


Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.
La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.

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miércoles, 22 de julio de 2009

ANNE WALDMAN: OPINIÓN Y POEMA



ANNE WALDMAN: OPINIÓN Y POEMA

Anne Waldman (1945) es, aparte de tremenda poeta, hermosa y es, además de hermosa, una Poeta inmensa: qué mezcla más rica para las venas y lo que nos quede de neuronas o corazón. Continúa hermosa a pesar del tiempo; y me imagino que debe seguir con la misma energía de siempre, opinando, escribiendo tan bien, haciendo una síntesis tan hábil, tan rigurosa, tan mayor entre poesía y política y concepto y acción. Anne Waldman es parte de la historia profunda y consciente de la Poesía. Es ella misma un trozo en cuerpo y alma de historia. Su poemas y los de sus amigos son lo mejor de esa parte feroz y tierna y sexual y política y jugada y juguetona y gritada y militante y carcelaria y libre y copuladora y loca y lúcida y jodida y humana de cierto camino de la poesía en Estados Unidos, ese camino particular y colectivo iniciado sobre todo por Whitman y cuyo testimonio, en la curva más aguda de la posta, es recogido por Ginsberg. A ese tremendo tránsito pertenecen los pasos de Anne Waldman.


Acá, les dejamos una "propuesta" atendible, cada vez más atendible, y agregamos un poema.

Kato Ramone, El Perro de Tarkovski


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I propose a utopian creative field where we are defined by our energy, not by gender. I propose a transsexual literature, a hemaphroditic literature, a transvestite literature, and finally a poetics of transformation beyond gender. That just sings its wisdom. That the body be an extension of energy, that we are not defined by our sexual positions as men or women in bed or on the page.



(Propongo un utópico campo creativo donde somos definidos por nuestra energía, no por género. Propongo una literatura transexual, una literatura hermafrodita, una literatura transvestida, y finalmente una poética de la transformación más allá del género. Esa que sólo canta su sabiduría. En que el cuerpo sea una extensión de la energía, de modo que no seamos definidos por nuestras posiciones sexuales como hombres o mujeres en la cama o en la página. Traducción: Kato Ramone)



Anne Waldman "Feminafesto" in Kill Or Cure.


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“Thy” of No Dire Greenhouse Effect

By Anne Waldman

Yea tho I am walking
yea tho I walk forever in thy direction which is thy “thyness”
yea tho thy “thyness” be friendly
that it be no shadow, that it be no death
yea that thy “thy” be willing, be aura, be oracular
yea that “thyness” be without gender without godhead
godhead is no way to be walking towards “thy”
thy is no kingdom come
thy is no purple privileged glory
thy is no flag, no rod, no scepter, no staff of brutality
thy is no random particle
thy is a kind site of no dire greenhouse effect
thy is a place with conscientious war tribunals
they is of mercy and follows all the days of tracking war criminals
thy is the hours of constant tracking
thy will keep you awake in any time zone tracking
because thy is observation, is a current affair, is tracking “thy”
thy goes back to any older time you mention
a time the increments of language were simpler, were strange
thy was a module, thy was a repository
thy was a canticle for future discipleship
thy is architecture, thy is the entire book for the things of “thy”
thy is a book of thy “thyness” which is not owned
can you guess the “thy” in all the days of my defiance
yea tho I fear thy terror of “thy” amnesia, thy negligence
yea tho it stalks me in the valley
yea that it beseeches me to lighten up
yea tho it behooves me to abdicate “thy”
I will keep the sleep of ancient times
of Arcady of the holy cities where thy hides
thy could be done, thy could be stationary in any language
and then thy could be moving as I do in pursuit of sanity
that they track the war profiteers
that they track the war criminals
that they track the murderers
who slaughter innocents
that they are exposed in the market place
that they are brought to justice.

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lunes, 20 de julio de 2009

BORGES, BOLAÑO: BIBLIOTECARIOS O VALIENTES

BORGES, BOLAÑO: BIBLIOTECARIOS O VALIENTES



El mejor texto escrito por Jorge Luis Borges acerca de Jorge Luis Borges (y en torno, además, a lo mejor de la literatura y las literaturas ensayadas por latinoamericanos) fue redactado por Roberto Bolaño, se titula El Bibliotecario Valiente y gira en torno a las literaturas dentro y fuera de la literatura de Borges que, si no la mejor, es la más alta alguna vez escrita por un latinoamericano —o por lo menos la única literatura inglesa y también en inglés escrita directamente en español.

K. Ramone


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EL BIBLIOTECARIO VALIENTE


Roberto Bolaño



Empezó como poeta. Admiraba la literatura expresionista alemana (aprendió francés por obligación y alemán por algo que podríamos llamar amor, y lo aprendió sin maestros, solo, como se aprenden las cosas importantes), pero posiblemente nunca leyó a Hans Henny Jahn. En las fotos de los años veinte podemos verlo como con un gesto envarado y triste, un joven cuyo cuerpo casi sin aristas parece tender hacia la redondez, hacia la suavidad. Practicó la costumbre de la amistad y fue fiel, sus primeros amigos, en Suiza y en Mallorca, pervivieron en su memoria con el fervor de la adolescencia o de la memoria sin culpa de la adolescencia. Y tuvo suerte: frecuentó a Cansinos-Assens y descubrió, para siempre, una visión inédita de España. Pero volvió a su país y encontró la posibilidad de un destino. Un destino soñado por él mismo. En las inmensidades americanas inmaginó el valor y su sombra, la soledad inmaculada de los valientes, el día que se ajusta a la vida como un guante. Y volvió a tener suerte: conoció a Macedonio Fernández y a Ricardo Güiraldes y a Xul Solar, que valían más que la mayoría de los intelectuales españoles que había frecuentado, o eso pensaba él, y pocas veces se equivocó. Su hermana, sin embargo, se casó con un poeta español. Eran los años del Imperio argentino, cuando todo parecía al alcance de la mano y Buenos Aires podía autodenominarse la Chicago del hemisferio sur sin enrojecer acto seguido de vergüenza. Y la Chicago del hemisferio sur tuvo su Carl Sandburg (poeta, por cierto, que él admiró), y se llamó Roberto Arlt. El tiempo los ha juntado y los ha vuelto a separar para siempre. Pero entonces uno de los dos se sumergió en el vértigo y el otro en la búsqueda de la palabra. Del vértigo de Arlt nació la utopía en su estado más demencial: una historia de pistoleros tristes que prefiguraba, del mismo modo que Abaddón el exterminador, de Sábato, el horror que mucho tiempo después se cerniría sobre la república y sobre el continente. De la búsqueda de la palabra, por el contrario, surgió la paciencia y una modesta certidumbre en la felicidad de la literatura. Boedo y Florida fueron los nombres de ambos grupos, el primero designa un barrio popular, el segundo, una calle céntrica, y hoy ambos nombres marchan juntos hacia el olvido. Arlt Gombrowicz: pudo haber sido amigo de ellos y no lo fue. De ese diálogo inexistente hoy queda un gran hueco que también es parte de nuestra literatura. Por supuesto, Arlt murió joven, después de una vida agitada y llena de privaciones. Y fue básicamente un prosista. Él no. Él era poeta, y muy bueno, y escribía ensayos, y sólo bien entrado en la treintena se puso a escribir narraciones. Hay quien dice que lo hizo ante la imposibilidad de convertirse en el poeta más grande de la lengua española. Estaba Neruda, a quien nunca quiso, y la sombra de Vallejo, cuya lectura no frecuentó. Estaba Huidobro, que fue amigo y luego enemigo de su triste e inevitable cuñado español, y Oliverio Girondo, a quienes siempre consideró superficiales, y luego venía García Lorca, de quien dijo que era un andaluz profesional, y Juan Ramón, de quien se reía, y Cernuda, al que apenas prestó atención. En realidad, sólo estaba Neruda. Estaba Whitman, estaba Neruda y estaba la épica. Aquello que él creía amar, aquello que más amaba. Y entonces se puso a escribir una historia en donde la épica sólo es el reverso de la miseria, en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica. El libro deudor de los Retratos reales e imaginarios que escribiera su amigo y maestro Alfonso Reyes, y a través del libro mexicano, de las Vidas imaginarias, de Schwob, a quien ambos querían. Muchos años después, cuando él ya era el más grande y estaba ciego, visitó la biblioteca de Reyes, en México DF, oficialmente bautizada como "Capilla alfonsina" y no pudo evitar comentar la reacción que ante tal despropósito tendrían los argentinos si a la casa de Lugones se la llamara "Capìlla leopoldina". Ese no poder evitar un comentario, su permanente disposición al diálogo, siempre lo perdió ante los imbéciles. Dijo que su primera lectura del Quijote la hizo en inglés y que ya nunca más le pareció tan bueno como entonces. Se rasgaron las vestiduras los críticos españoles de capa y espada. Y olvidaron que las páginas más certeras sobre el Quijote no las escribió Unamuno, ni la caterva de casposos que siguieron a Unamuno, como el lamentable Ramiro de Maeztu, sino él. Después de su libro sobre piratas y otros forajidos, escribió dos libros de relatos que probablemente son los dos mejores libros de relatos escritos en español en el siglo XX. El primero aparece en 1941, el segundo, en 1949. A partir de ese momento nuestra literatura cambia para siempre. Escribe entonces libros de poesía estrictamente memorables que pasan desapercibidos entre su propia gloria de cuentista fantástico y la ingente masa de musos y musas. Varios, sin embargo, son sus méritos: una escritura clara, una lectura de Whitman, acaso la única que aún se mantiene en pie, un diálogo y un monólogo ante la historia, una aproximación honesta al english verse. Y nos da clases de literatura que nadie escucha. Y lecciones de humor que todos creen comprender y que nadie entiende. En los últimos días de su vida pidió perdón y confesó que el gustaba viajar. Admiraba el valor y la inteligencia.

Bolaño, Roberto Entre paréntesis. Ed. Anagrama. España. 2004.
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viernes, 17 de julio de 2009

LEOPOLDO MARECHAL Y ADÁN BUENOSAYRES: ÉSAS ERAN NOVELAS


LEOPOLDO MARECHAL
Y ADÁN
BUENOSAYRES: ÉSAS ERAN NOVELAS


Atrevimiento, salto a la piscina y piscinazo sin agua, pelo en la leche, arriesgarse a aburrir, arriesgarse (riesgo mayor) a gustar, lectores apuñalados a cada página, a cada coma, a cada musiquilla del ritmo-marechal; tipos locos, esos novelistas.


Escritores o escriTOROS, cornada en la oreja, un toro mismo colgando entero —criadillas y todo— como aro en el Lóbulo (un Lóbulo Ferózulo que aúllula en la nochula de Lúnula Llénula). Literatura valiente, candente, urente, urgente, riesgosa, arriesgada, meada a veces —a favor o contra el viento— por los críticos, por los "pares", por el contexto, por el jodido "Horizonte de Expectativa"; novelas ambiciosas, como si también el Tercer Mundo tuviera derecho a ese siempre fallido aunque a veces luminoso intento llamado The Great American Novel, entonces The Great Latin American Novel (y, junto a Marechal, argentino de la Provincia Martín Fierro, por nombrar unos pocos —aunque en el fondo y en la superficie sí son pocos—, a Lezama Lima, Guimarães Rosa, Droguett, Cortázar, Vargas Llosa, Sabato, Rulfo, Bolaño: es decir, un cubano, un brasileño, un extranjero y exiliado, un argentino en París con "r" francesa, un peruano con chaquetas de varios colores, un E.T., un mexicano, otro mexicano... a veces chileno y a veces español). Ésas, las de ellos, sí son novelas.



K. Ramone

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Un extracto de Adán Buenosayres:



" Y no andar como quien duda y recela entre imágenes vanas, leyendo en el signo de las cosas mucho más de lo que literalmente dicen, y alcanzando en la posesión de las cosas mucho menos de lo que prometían. Porque yo he devorado la creación y su terrible multiplicidad de formas: ¡ah, colores que llaman, gestos alocados, líneas que hacen morir de amor!; para encontrarme luego con la sed engañada y el remordimiento de haber sido injusto con las criaturas al exigirles una bienaventuranza que no saben dar. Y luego este desengaño, ¡también injusto!, que me pone ahora frente a las criaturas como ante un lenguaje muerto. ¡No haber mirado, ah, no haber mirado! O haber mirado siempre con puros ojos de lector, como los que tenía en mi niñez, allá en el huerto de Maipú, cuando en la belleza de las formas inteligibles alcanzaba una visión de lo estable, de lo que no sufre otoño, de lo que no padece mudanza. Y ahí están la injusticia y el remordimiento: haber mirado con ojos de amante lo que debí mirar con ojos de lector. (Anotarlo en cuanto llegue a casa.) ¡Qué bien entonan calle, medianoche y llovizna! (...) No. Alguien canta."

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miércoles, 8 de julio de 2009

MARCEL SCHWOB: UN IMPRESCINDIBLE IMPRESCINDIBLE


MARCEL SCHWOB:
UN IMPRESCINDIBLE IMPRESCINDIBLE

Un tal Jorge Luis Borges, otro imprescindible, dice sobre Marcel Schwob (1867-1905):
«Como aquel español que por virtud de unos libros llegó a ser Don Quijote, Schwob, antes de ejercer y enriquecer la literatura, fue un maravillado lector. Le tocó en suerte Francia, el más literario de los países. Le tocó en suerte el siglo XIX, que no desmerecía del anterior. De estirpe de rabinos, heredó una tradición oriental que agregó a las occidentales. Siempre fue suyo el ámbito de las profundas bibliotecas. Estudió el griego y tradujo a Luciano de Samosata. Como tantos franceses, profesó el amor de la literatura de Inglaterra. Sus “Vidas Imaginarias” datan de 1896. Para su escritura inventó un método curioso. Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de este volumen está en ese vaivén. En todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas. No buscó la fama; escribió deliberadamente para los “happy few”, para los menos. Frecuentó los cenáculos simbolistas; fue amigo de Remy de Gourmont y de Paul Claudel. Hacia 1935 escribí un libro candoroso que se llamaba “Historia Universal de la Infamia”. Una de sus muchas fuentes, no señalada aún por la crítica, fue este libro de Schwob.» Hasta aquí Borges.
Les regalamos un texto de Schwob, justamente de Vidas Imaginarias; si no tienen Internet en casa, y el ciber a secas o el cibercafé les sale caro —hay quienes vivimos así—, copien, peguen en un word, métanlo en el pendrive, llévenlo a casa y léanlo; si tampoco tienen computador en casa, gasten unos cuantos maravedíes, pesos o euros, lo que sea, e imprímanlo, llévenlo a casa y léanlo; a lo que voy, léanlo, lean a Marcel Schwob. No busquen ni se den la excusa para no hacerlo. Si ya lo han leído, reléanlo: siempre, cual ocurre con la literatura mayor, hallarán un tinte nuevo, o el mismo sabor pero intensificado. Léanlo, lean, reléanlo, relean. El cadáver de Marcel Schwob se pudrió del todo y hasta los bisnietos de los gusanos que dieran cuenta de sus manos lánguidas y de sus ojos claros entornados ya están muertos y ante aquello nada podemos hacer (sólo venerar a aquellos animales metazoos saciados con restos refinados, sesos de un inteligentísimo, carne de hombre culto, pero de verdad culto, hay que remarcarlo hoy, cuando cualquier idiota que refiere un par de nombres o recita algún verso o modula una frase de sintaxis más o menos correcta ya es un "culto" —habría que medir, primero, la cultura de quien considera cultos a los idiotas—); pero leerlo sí podemos. Y no olvidemos El Libro de Monelle, sobre todo la parte de las tiernas putas.



K. Ramone
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SÉPTIMA: ENCANTADORA

Por Marcel Schwob


Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de ésta fue esclava, y todas fueron bellas y obscuras, y los dioses infernales les revelaron filtros de amor y de muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa donde vivía Séptima eran de un rosa trémulo. Y la arena de la playa estaba sembrada de conchitas que arrastra el mar tibio desde la tierra de Egipto, en el lugar donde las siete bocas del Nilo derraman siete limos de diversos colores. En la casa marítima donde vivía Séptima, se oía morir la franja de plata del Mediterráneo y, a sus pies, un abanico de líneas azules resplandecientes se desplegaba hasta al ras del cielo. Las palmas de las manos de Séptima estaban enrojecidas por el oro, y las puntas de sus dedos pintadas; sus labios olían a mirra y sus párpados ungidos se estremecían suavemente. Así iba por los caminos de las afueras, llevando a la casa de los sirvientes una cesta de panes tiernos.
Séptima se enamoró de un joven libre, Sextilio, hijo de Dionisia. Pero no les está permitido ser amadas a aquellas que conocen los misterios subterráneos, ya que están sometidas al adversario del amor, que se llama Anteros. Y así como Eros gobierna el centelleo de los ojos y aguza las puntas de las flechas, Anteros desvía las miradas y atenúa la acritud de los dardos. Es un dios bienhechor que mora en medio de los muertos. No es cruel, como el otro. Posee el nepentas que da el olvido. Y porque sabe que el amor es el peor de los dolores terrestres, odia y cura el amor. Sin embargo, no tiene el poder de echar a Eros de un corazón ocupado. Entonces toma el otro corazón. Así Anteros lucha contra Eros. Por esto fue que Sextilio no pudo amar a Séptima. Tan pronto como Eros hubo llevado su antorcha al seno de la iniciada, Anteros, irritado, se apoderó de aquel a quien ella quería amar.
Séptima supo del poder de Anteros en la mirada baja de Sextilio. Y cuando el temblor púrpura aferró al aire de la tarde, salió por el camino que va desde Hadrumeto hasta el mar. Es un camino apacible donde los enamorados beben vino de dátiles recostados en las murallas pulidas de las tumbas. La brisa oriental sopla su perfume sobre la necrópolis. La joven luna, todavía velada, va allí a vagabundear, incierta. Muchos muertos embalsamados alardean alrededor de Hadrumeto en sus sepulturas. Y allí dormía Foinisa, hermana de Séptima, esclava como ella, muerta a los dieciséis años, antes de que ningún hombre hubiese respirado su olor. La tumba de Foinisa era estrecha como su cuerpo. La piedra abrazaba sus senos oprimidos por vendas. Muy cerca de su frente baja una larga losa cortaba su mirada vacía. De sus labios ennegrecidos se elevaba todavía el vapor de los aromas en que la habían empapado. En su mano quieta brillaba un anillo de oro verde con dos rubíes pálidos y turbios incrustados. Soñaba eternamente en su sueño estéril con las cosas que no había conocido.
Bajo la blancura virgen de la luna nueva, Séptima se tendió junto a la tumba estrecha de su hermana, contra la buena tierra. Lloró y pegó su rostro a la guirnalda esculpida. Acercó su boca al conducto por donde se vierten las libaciones y su pasión brotó:
-Oh, hermana mía, apártate de tu sueño para escucharme. La pequeña lámpara que ilumina las primeras horas de los muertos se apagó. Has dejado deslizar de tus dedos la ampolla de vidrio coloreada que te habíamos dado. El hilo de tu collar se rompió y los granos de oro se derramaron alrededor de tu cuello. Ya nada de nosotros es tuyo y ahora aquel que tiene un halcón en la cabeza te posee. Escúchame, pues tú tienes el poder de llevar mis palabras. Ve a la celda que tú sabes y suplícale a Anteros. Suplícale a la diosa Hator. Suplícale a aquel cuyo cadáver despedazado fue llevado por el mar en un cofre hasta Biblos. Hermana mía, ten piedad de un dolor desconocido. Por las siete estrellas de los magos de Caldea, yo te conjuro. Por las potencias infernales que se invocan en Cartago, Jao, Abriao, Salbaal y Batbaal, recibe mi encantamiento. Haz que Sextilio, hijo de Dionisia, se consuma de amor por mí, Séptima, hija de nuestra madre Amoena. Que arda en la noche; que me busque junto a tu tumba. ¡Oh, Foinisa! O llévanos a los dos a la morada tenebrosa, poderosa. Ruega a Anteros que enfríe nuestros alientos si le niega a Eros que los encienda. Muerta perfumada, acoge la libación de mi voz. ¡Ashrammachalada!
Inmediatamente, la virgen vendada se levantó y penetró en la tierra mostrando los dientes.
Y Séptima, avergonzada, corrió por entre los sarcófagos. Hasta la segunda noche permaneció en compañía de los muertos. Espió a la luna fugitiva. Ofreció su garganta a la mordedura salada del viento marino. Fue acariciada por el primer oro del día. Después volvió a Hadrumeto y su larga camisa azul flotaba detrás de ella.
Mientras tanto, Foinisia, rígida, erraba por los circuitos infernales. Y aquel que tiene un halcón en la cabeza no escuchó su ruego. Y la diosa Hator permaneció tendida en su funda pintada. Y Foinisia no pudo encontrar a Anteros, pues ella no conocía el deseo. Pero en su corazón mustio sintió la piedad que los muertos tienen para con los vivos. Entonces, a la segunda noche, a la hora en que los cadáveres se liberan para consumar los encantamientos, hizo que sus pies atados se movieran por las calles de Hadrumeto.
Sextilio temblaba acompasadamente, agitado por los suspiros del sueño, con el rostro vuelto hacia el techo de su habitación surcado de rombos. Y Foinisia, muerta, envuelta en las vendas olorosas, se sentó a su lado.
Y ella no tenía ni cerebro ni vísceras; pero su corazón desecado había sido puesto de nuevo en su pecho.
Y en ese momento Eros luchó contra Anteros, y se apoderó del corazón embalsamado de Foinisia. En seguida deseó el cuerpo de Sextilio, para que estuviese acostado entre ella y su hermana Séptima en la casa de las tinieblas.
Foinisia posó sus labios tintados en la boca viva de Sextilio y la vida escapó de él como una burbuja. Después se encaminó a la celda de esclava de Séptima y la tomó de la mano. Y Séptima, dormida, se dejó llevar por la mano de la hermana. Y el beso de Foinisia y el abrazo de Foinisia hicieron morir, casi a la misma hora de la noche, a Séptima y a Sextilio. Tal fue el desenlace fúnebre de la lucha de Eros contra Anteros; y las potencias infernales recibieron una esclava y un hombre libre al mismo tiempo.
Sextilio está acostado en la necrópolis de Hadrumeto, entre Séptima, la encantadora, y su hermana virgen Foinisia. El texto del encantamiento está inscripto en la placa de plomo, enrollada y perforada por un clavo, que la encantadora deslizó por el conducto de las libaciones en la tumba de su hermana.






(De Vidas Imaginarias)


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