Bolaño again___________________________________
Just because some of us can read and write and do a little math, that doesn't mean we deserve to conquer the Universe. Kurt Vonnegut





DOSTOIEVSKI




I propose a utopian creative field where we are defined by our energy, not by gender. I propose a transsexual literature, a hemaphroditic literature, a transvestite literature, and finally a poetics of transformation beyond gender. That just sings its wisdom. That the body be an extension of energy, that we are not defined by our sexual positions as men or women in bed or on the page.
(Propongo un utópico campo creativo donde somos definidos por nuestra energía, no por género. Propongo una literatura transexual, una literatura hermafrodita, una literatura transvestida, y finalmente una poética de la transformación más allá del género. Esa que sólo canta su sabiduría. En que el cuerpo sea una extensión de la energía, de modo que no seamos definidos por nuestras posiciones sexuales como hombres o mujeres en la cama o en la página. Traducción: Kato Ramone)
Anne Waldman "Feminafesto" in Kill Or Cure.
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“Thy” of No Dire Greenhouse Effect
By Anne Waldman
Yea tho I am walking
yea tho I walk forever in thy direction which is thy “thyness”
yea tho thy “thyness” be friendly
that it be no shadow, that it be no death
yea that thy “thy” be willing, be aura, be oracular
yea that “thyness” be without gender without godhead
godhead is no way to be walking towards “thy”
thy is no kingdom come
thy is no purple privileged glory
thy is no flag, no rod, no scepter, no staff of brutality
thy is no random particle
thy is a kind site of no dire greenhouse effect
thy is a place with conscientious war tribunals
they is of mercy and follows all the days of tracking war criminals
thy is the hours of constant tracking
thy will keep you awake in any time zone tracking
because thy is observation, is a current affair, is tracking “thy”
thy goes back to any older time you mention
a time the increments of language were simpler, were strange
thy was a module, thy was a repository
thy was a canticle for future discipleship
thy is architecture, thy is the entire book for the things of “thy”
thy is a book of thy “thyness” which is not owned
can you guess the “thy” in all the days of my defiance
yea tho I fear thy terror of “thy” amnesia, thy negligence
yea tho it stalks me in the valley
yea that it beseeches me to lighten up
yea tho it behooves me to abdicate “thy”
I will keep the sleep of ancient times
of Arcady of the holy cities where thy hides
thy could be done, thy could be stationary in any language
and then thy could be moving as I do in pursuit of sanity
that they track the war profiteers
that they track the war criminals
that they track the murderers
who slaughter innocents
that they are exposed in the market place
that they are brought to justice.
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BORGES, BOLAÑO: BIBLIOTECARIOS O VALIENTES
Empezó como poeta. Admiraba la literatura expresionista alemana (aprendió francés por obligación y alemán por algo que podríamos llamar amor, y lo aprendió sin maestros, solo, como se aprenden las cosas importantes), pero posiblemente nunca leyó a Hans Henny Jahn. En las fotos de los años veinte podemos verlo como con un gesto envarado y triste, un joven cuyo cuerpo casi sin aristas parece tender hacia la redondez, hacia la suavidad. Practicó la costumbre de la amistad y fue fiel, sus primeros amigos, en Suiza y en Mallorca, pervivieron en su memoria con el fervor de la adolescencia o de la memoria sin culpa de la adolescencia. Y tuvo suerte: frecuentó a Cansinos-Assens y descubrió, para siempre, una visión inédita de España. Pero volvió a su país y encontró la posibilidad de un destino. Un destino soñado por él mismo. En las inmensidades americanas inmaginó el valor y su sombra, la soledad inmaculada de los valientes, el día que se ajusta a la vida como un guante. Y volvió a tener suerte: conoció a Macedonio Fernández y a Ricardo Güiraldes y a Xul Solar, que valían más que la mayoría de los intelectuales españoles que había frecuentado, o eso pensaba él, y pocas veces se equivocó. Su hermana, sin embargo, se casó con un poeta español. Eran los años del Imperio argentino, cuando todo parecía al alcance de la mano y Buenos Aires podía autodenominarse la Chicago del hemisferio sur sin enrojecer acto seguido de vergüenza. Y la Chicago del hemisferio sur tuvo su Carl Sandburg (poeta, por cierto, que él admiró), y se llamó Roberto Arlt. El tiempo los ha juntado y los ha vuelto a separar para siempre. Pero entonces uno de los dos se sumergió en el vértigo y el otro en la búsqueda de la palabra. Del vértigo de Arlt nació la utopía en su estado más demencial: una historia de pistoleros tristes que prefiguraba, del mismo modo que Abaddón el exterminador, de Sábato, el horror que mucho tiempo después se cerniría sobre la república y sobre el continente. De la búsqueda de la palabra, por el contrario, surgió la paciencia y una modesta certidumbre en la felicidad de la literatura. Boedo y Florida fueron los nombres de ambos grupos, el primero designa un barrio popular, el segundo, una calle céntrica, y hoy ambos nombres marchan juntos hacia el olvido. Arlt Gombrowicz: pudo haber sido amigo de ellos y no lo fue. De ese diálogo inexistente hoy queda un gran hueco que también es parte de nuestra literatura. Por supuesto, Arlt murió joven, después de una vida agitada y llena de privaciones. Y fue básicamente un prosista. Él no. Él era poeta, y muy bueno, y escribía ensayos, y sólo bien entrado en la treintena se puso a escribir narraciones. Hay quien dice que lo hizo ante la imposibilidad de convertirse en el poeta más grande de la lengua española. Estaba Neruda, a quien nunca quiso, y la sombra de Vallejo, cuya lectura no frecuentó. Estaba Huidobro, que fue amigo y luego enemigo de su triste e inevitable cuñado español, y Oliverio Girondo, a quienes siempre consideró superficiales, y luego venía García Lorca, de quien dijo que era un andaluz profesional, y Juan Ramón, de quien se reía, y Cernuda, al que apenas prestó atención. En realidad, sólo estaba Neruda. Estaba Whitman, estaba Neruda y estaba la épica. Aquello que él creía amar, aquello que más amaba. Y entonces se puso a escribir una historia en donde la épica sólo es el reverso de la miseria, en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica. El libro deudor de los Retratos reales e imaginarios que escribiera su amigo y maestro Alfonso Reyes, y a través del libro mexicano, de las Vidas imaginarias, de Schwob, a quien ambos querían. Muchos años después, cuando él ya era el más grande y estaba ciego, visitó la biblioteca de Reyes, en México DF, oficialmente bautizada como "Capilla alfonsina" y no pudo evitar comentar la reacción que ante tal despropósito tendrían los argentinos si a la casa de Lugones se la llamara "Capìlla leopoldina". Ese no poder evitar un comentario, su permanente disposición al diálogo, siempre lo perdió ante los imbéciles. Dijo que su primera lectura del Quijote la hizo en inglés y que ya nunca más le pareció tan bueno como entonces. Se rasgaron las vestiduras los críticos españoles de capa y espada. Y olvidaron que las páginas más certeras sobre el Quijote no las escribió Unamuno, ni la caterva de casposos que siguieron a Unamuno, como el lamentable Ramiro de Maeztu, sino él. Después de su libro sobre piratas y otros forajidos, escribió dos libros de relatos que probablemente son los dos mejores libros de relatos escritos en español en el siglo XX. El primero aparece en 1941, el segundo, en 1949. A partir de ese momento nuestra literatura cambia para siempre. Escribe entonces libros de poesía estrictamente memorables que pasan desapercibidos entre su propia gloria de cuentista fantástico y la ingente masa de musos y musas. Varios, sin embargo, son sus méritos: una escritura clara, una lectura de Whitman, acaso la única que aún se mantiene en pie, un diálogo y un monólogo ante la historia, una aproximación honesta al english verse. Y nos da clases de literatura que nadie escucha. Y lecciones de humor que todos creen comprender y que nadie entiende. En los últimos días de su vida pidió perdón y confesó que el gustaba viajar. Admiraba el valor y la inteligencia.