viernes, 11 de septiembre de 2009

VIVIR CON B: PALABRAS ACERCA DEL FOTÓGRAFO ANTOINE D'AGATA Y HASTA QUE EL MUNDO YA NO EXISTA

VIVIR CON B:
PALABRAS ACERCA DEL FOTÓGRAFO ANTOINE D’AGATA

Por K. Ramone



Un caos a punto de desatarse, un punto de fuga implícito, cautelosamente al acecho, asechador a veces. La sensación de estar rondando, o estar siendo rondado por, algo como un infierno, al borde del infierno. Aquí algo se entreteje, aquí algo se está armando, aquí algo va a pasar. Aunque no pase. Ojalá ocurriera, pero predomina la longitud de la prefiguración, el abismo en ciernes. Esa angustia. Esa carga. El cuchillo (de tiempo o espacio), el cuchillo (o el esbozo de un cuchillo en penumbras) está aún oculto, y lo terrible es saber que está ahí, aguardando. Y lo terrible es entonces ponernos en la situación sicótica, sicopática —snuff movie—, de no alejarnos del peligro y el morbo, no taparnos los ojos, más bien abrirlos por completo, tentarnos por la curiosidad. Tal desasosiego marca la deriva de muchos pasajes de la escritura de Roberto Bolaño. Bolaño —que leyó a Kafka, el primer guionista porno de la historia— no nos narra el infierno, nos sitúa en algo peor: la espera en la antesala del infierno. Pienso, primero, en cuentos: El Ojo Silva, Gómez Palacio, Dentista, Putas Asesinas, Prefiguración de Lalo Cura, Joanna Silvestri y, por supuesto, Últimos Atardeceres en la Tierra. Pienso en páginas de Estrella Distante; pienso en páginas de Los Detectives Salvajes, moviéndose en los extramuros de un D.F. de noche, aunque no sea de noche. Pienso en un cuarto sin luz eléctrica y en un cuarto húmedo con luz eléctrica, aunque mal iluminado; en la pared de uno hay un espejo, en la pared del otro también hay un espejo: lo que está en los espejos y no en los cuartos es lo que da sentido a la inexistencia o la debilidad de la luz, pero de la luz eléctrica. Pienso en 2666, en La Parte de Fate (que en inglés significa hado, destino) y en La Parte de los Crímenes (inevitable aplaudir la expansiva lectura de Ellroy). Pienso, ahora solitario en casa, en lo que se oye, lo que se acerca, lo que se mueve, lo que muere y no resucita, lo que emerge y se esconde. A veces —y esto es como si se lo dijera a un amigo en sus veintitantos— dan deseos de matarse o de ponerse a llorar. Tal vez, entonces, deberíamos matarnos o ponernos a llorar. O algo todavía peor: ni matarnos ni llorar. Eso también se parece al infierno.

He hablado del escritor Roberto Bolaño, pero no se equivoquen: también estaba hablando del fotógrafo Antoine d’Agata.
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Antoine d'Agata nació en Francia en 1961. Es miembro de la prestigiosa y mítica Agencia MAGNUM. Para algunos acaso resulte extraño que Magnum tenga entre sus miembros a esta oveja negra, oveja bella pero negra. Para mí, el dato habla bien de la apertura de Magnum a distintas voces o, más bien, miradas o, más bien, en el caso de d'Agata, bocas, ojos, cuartos oscuros en extramuros.
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HASTA QUE EL MUNDO YA NO EXISTA
(UNTIL THE WORLD NO LONGER EXISTS)
Por Antoine d’Agata
Traducido al español por K. Ramone

La noche, el sexo, el vagabundeo... y la necesidad de fotografiarlo todo, no tanto el acto percibido, sino más bien la simple exposición a las comunes e incluso extremas experiencias... Es parte inseparable de la práctica fotográfica, en cierto sentido, intentar atrapar la existencia o el riesgo, el deseo, la inconciencia y lo fortuito, elementos todos que continúan siendo esenciales. Ninguna postura moral, ningún juzgamiento, simplemente el principio de afirmación necesario para la exploración de ciertos universos, para internarse en lo profundo, sin precaución alguna. Un viaje en la fotografía hacia el punto de fuga del orgasmo y de la muerte.

Intento establecer un estado de mundos nómadas, parcial y personal, sistemático e instintivo, de espacios físicos y emociones en que soy completamente un actor. Y evito definir de antemano lo que estoy a punto de fotografiar. Las fotos son tomadas al azar, de acuerdo a la oportunidad y las circunstancias. Las opciones hechas, considerando todas las posibilidades, son subconscientes. Pero las obsesiones mantienen su constante: las calles, el miedo, la oscuridad, y el acto sexual... Sin mencionar tal vez, al final, el simple deseo de existir.

Más allá del sujeto, de las almas perdidas y del vagar nocturno, de las escenas de fellatio y de los cuerpos en absoluto abandono, busco revelar cierto tipo de división a través de la mixtura de cuerpos y sentimientos, revelar fragmentos de sociedad que escapan a cualquier análisis y la inmediata visualización del hecho, pese a que son, no obstante, sus principales elementos.

La brutalidad de la forma, la intensidad de la visión nos obliga, más que las imágenes que pretendo documentar, a involucrarnos con la realidad de lo que estamos viendo. Puede que el espectador exista entonces, ya no descubriéndose en la posición de voyeur o cliente, sino compartiendo una experiencia extrema, preguntándose acerca del estado del mundo y de sí mismo.

El sentido de la pérdida de la visión del sujeto puede parecer una paradoja en un género documental en que trato de imponer mi subjetivo punto de vista, en una autobiografía cargada de viajes y vagabundeo. Pero el strip tease emocional, que es el que me permite entrar en las páginas de este íntimo, fotográfico diario, parece conducirme inevitablemente hacia este punto de fuga.

Una fotografía no es nada más que una mentira. El espacio es aislado; el tiempo, manipulado. He ahí dos incontrolables falsas apariencias de una imagen condenada a escoger entre la hipocresía —y buena consciencia— y ser una farsa. El lenguaje usado es a menudo de una clase: dominador pero alienado, inconsciente de la materia real a su alcance: apariencia, ambigüedad, el imaginario. En mis fotografías, en mi práctica diaria de la mentira, no puedo pretender describir nada sino mi situación en sí misma (mis normales estados de ser, mis pervertidas intimidades)... Sólo puedo comentar la mera insignificancia del momento fotográfico.

Destinado a la antología de un reducido conocimiento, de castradas experiencias, el fotógrafo se apropia para sí mismo de gestos, desvía los actos y regurgita señales que “indican” nuestra relación con las imágenes y determinan nuestra percepción de una realidad que ha llegado a ser hipotética. Y así, el mundo se limita a iconos, un altar en directa oposición a los rituales que el fotógrafo practica. Pero si la liturgia, el orador y el sermón son aún instrumentos de un vigoroso culto, entonces, para los fotógrafos, verdad y libertad son encontradas sólo en el reino de la confesión.

Intento distanciarme de cierto tipo de fotografía documental que, con el fin de presentar una compleja realidad, se aprovecha a menudo de símbolos demasiado fáciles de leer y asimilar, en un balance discutido interminablemente, una y otra vez, entre la fotografía como instrumento de documentación y la fotografía como algo completamente subjetivo. No es el ojo que la fotografía posa sobre el mundo lo que me interesa, sino su más íntima compenetración con ese mundo.

Las únicas fotografías que realmente existen son las imágenes “inocentes”. Las hallamos en el álbum de fotos familiar o en los archivos policiales. Más allá de servir como simple documentación de la realidad o de cierto sentido estético, ellas testifican el rol del fotógrafo, su implicación, la autenticidad de su posición en aquel momento. Las composiciones de luz, narrativa, ya no son, para mí, problemas fundamentales, sino superfluas mentiras. ¿Qué me interesa hoy en una imagen? La perspectiva que ha justificado el acto de la fotografía, la interferencia de la experiencia, el continuo de la escena, la textura, el material, el significado del autorretrato, del individuo, la incoherencia de la secuencia desplegada, la maniaca reconstrucción de la azarosa experiencia: las fotografías, como las palabras, carecen de significado cuando están aisladas...

Para criticar de un modo coherente, la imagen dominante realmente requiere de una foto que esté lúcida en medio de su confusa situación, de la experiencia entre un vistazo y una buena, sólida mirada, la cámara y el inconsciente, en su concordancia fundamentalmente contaminada con la realidad y la ficción. Este enfoque no puede concebir aquello en la multiplicidad, asociando técnica y práctica, a veces opuestas una a otra en su uso del lenguaje fotográfico; lo que yo busco es revelar las inherentes contradicciones en el “uso” de la fotografía documental, que supuestamente debería transcribir la realidad tangible, cuando al mismo tiempo no hace más que reportar una miríada de experiencias.

Puedo entonces hacer uso del mundo para mis propios fines y, en una experiencia básicamente solitaria, remodelarlo y transformarlo a voluntad, casi como si, sin imágenes, el mundo ya no existiera.





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