miércoles, 26 de agosto de 2009

MARIA AYALA, TRABAJADORA SEXUAL Y POETA


MARIA AYALA, TRABAJADORA SEXUAL Y POETA


Por Gregorio Gálvez (*)


Su apellido es Ayala; su nombre, Maria (“No, no María —me aclaró ella misma la primera vez que nos vimos—, sino Maria, derechamente como Mario pero en femenino”. “Como ponerle faldas al nombre Mario”, añadió). Maria Ayala nació en 1960, en la comuna de Molina, cercana a Curicó, en Chile. Aunque por supuesto dama de modales (“Yo soy una tipa harto leída, bien leída”), suele hablar como piensa y defenestrar las palabras tal como vienen. Es prostituta. “Ponle que soy puta nomás”, me propuso. Lo es desde los veinticinco años, no obstante la suya no es la amohinante o tabacosa historia para feministas trasnochadas ni para machistas minuciosos: “A mí siempre me gustó el pene, desde cabra me gustaba más que el pico, lo que es de por sí una buena redundancia, pero también siempre me ha gustado la plata, aunque no me gusta la plata más que el pico. El caso es que yo a los huevones les cobro: el que me lo pone, paga. Antes de los veinticinco, no sé por qué, era más huevona y no cobraba, pero desde los veinticinco cobro sagradamente cada polvo. Nunca me he enamorado ni me enamoraré, me gusta el pico de los hombres más que los hombres. Y, ojo, soy bien hetero para mis cosas, no mezclo gatos con liebres.”

La conocí el año 2004, cuando realicé, dentro de un proyecto social con dineros estatales, un taller literario dirigido a trabajadoras sexuales. La personalidad de Maria Ayala destacó a partir del primer día. No empezó a escribir a raíz del taller, sino que lo hacía desde antes, desde los veinticinco (“Fíjate, a la misma edad empecé con el puterío y la literatura: ésas no son coincidencias, mijito”). Sus lecturas remiten a pocos pero buenos autores, principalmente chilenos: Carlos Pezoa Véliz, José Domingo Gómez Rojas, Pablo de Rocka, Carlos De Rocka (“Tremendo mino ese huevón”), Nicanor Parra, Enrique Lihn, Jorge Teillier (“No sé, pero a él le habría dado una cachita gratis”). La lista no incluye mujeres. “Ni siquiera la Gabriela Mistral o esa Bombal. Ya te dije que yo no mezclo gatos con liebres. Me gustan los picos hasta en su estética hecha poema”.

Al finalizar el taller, cuya duración fue de tres meses, dejamos de vernos. Hace poco, por un amigo que se atendió con ella, recibí noticias frescas y breves. Que todavía vive en Molina, que se mantiene bien, que sigue escribiendo y que lo caliente no se le quita. Que me mandó saludos afectuosos.

No creo que vuelva a Molina y dudo que nuestros caminos se vayan a cruzar en otro lugar; sin embargo, los recuerdos me llevan a la carpeta en que guardo lo poemas realizados por las alumnas prostitutas del "Taller Literario ¡Putas que hemos escrito!", nombre que a ellas les gustaba pero del que hubo que prescindir, debido a razones de cálculo político o, más bien, por no poner en riesgo el subsidio al proyecto. El gobierno puso el dinero, uno tiene que vivir y hay que ceñirse a ciertos márgenes de corrección. El nombre real del taller, entonces, fue más cándido, inofensivo, casto y relamido: "Taller Literario Renaciendo desde la Palabra"; ante él, el comentario de Maria Ayala fue siempre el mismo: “Harto huevón el nombrecito”.

De la carpeta, aparte de la grabación desde la que transcribo las palabras de Maria, selecciono el par de poemas que va a continuación.

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(*) Gregorio Gálvez (Concepción, 1964) es Magíster en Lingüística Hispánica, Universidad de Chile, además de poeta, narrador y ensayista. Editor de las antologías poéticas “Poesía Universal del Maule” (proyecto realizado con el aporte del Fondo Nacional del Libro y la Lectura, 2005) y “Los Ayeres de Poesía”. Desde el año 2006 reside en Barcelona, España.

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DOS POEMAS DE MARIA AYALA
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SALÍ DE LA PIEZA

Había pasado encerrada en la pieza por mucho tiempo.
No me acordaba de los árboles
ni de los quiltros
ni del kiosko de la esquina
ni de las nubes del cielo
ni de las piedritas del suelo. Ni de mí misma me acordaba.
Deprimida como una Nietzsche cualquiera,
casi loca como una Altazora
casi un caracol enrollado como una Trilza sin Trilce.
El mundo no me importaba (de nuevo).
Las vicisitudes de la vida se vertían en nada (otra vez).
Sólo fumar y pensar como un río viejo e impotente (así es).
Los pájaros tal vez volaban
como suelen hacerlo hasta ciertas horas del día
cuando el sol empieza a fondearse a la hora de la teleserie.
Un señor albino solía pasar por mis sueños
con una linterna en el pecho. Yo buscaba explicaciones:
tal vez fuera Jesús con una señal de alarma
pero Jesús no es albino, tiene el pelo largo y usa barba
y por último qué crestas le podía importar yo
una mujer encerrada sola en una pieza.
Un día no fue un viejo sino un joven albino
volando en un skate de láser.
Otro día no fue un joven sino un niño albino
cortando cilantro de un cielo estrellado.
Ciertamente no se trataba de Jesús pero de algo se trataba.
Pero no podía ser una alegoría.
Las alegorías son atroces
sobre todo cuando se disfrazan de señales misteriosas
o peor: de Poesía. Pero yo sabía que la Poesía
no es un viejo albino o un joven o un niño
aunque un niño albino o un joven o un viejo
sí pueden ser Poesía (la idea se oye atrozmente “linda
pero es así). Lo que no era así es el valor de una alegoría
con fondo albino. Pero algo había.
Un día (yo soñaba de día, por si no lo habían notado)
un día pasó un perro transparente
no un perro de cristal o de nylon
sino un perro así como de carne transparente
y le veía todo lo de adentro:
las tripas, la comida de perro, los órganos
y ese ratoncito con Síndrome de Déficit Atencional
que una apoda Alma.
El Alma del perro corría y giraba
en una rueda de sangre y venitas de madera.
Ya está bueno, me dije. Acá pasa algo.
Salí de la pieza. Fui al kiosko, miré al cielo,
pateé piedritas, ojeé quiltros y olí árboles.
A lo lejos, al fondo del pasaje
pasaba un trío de albinos.
A lo lejos un viejo, un joven y un niño albinos:
hermosos. Una imagen asombrosa de las montañas suizas.
Una imagen admirable de las novelas de Europa.
Una imagen preciosa de las huellas de un lobo.
Una imagen estupenda de los vivos en las calles.
Una imagen bella de la condición humana.
Eso era todo. De eso se trataba.

***
EL DEL BRAZO ORTOPÉDICO

Tenía un brazo ortopédico.
Lo único en el cuerpo que tenía ortopédico
pero era todo el brazo ortopédico.
“Uno así habría tenido el Cervantes” me decía.
Yo sólo oía a su sombra ortopédica
reptar por las paredes en forma de brazo que se mueve
ortopédicamente. Su brazo bueno
erguía una sombra de humo al elucubrar signos entre la noche y el pisco.
Su brazo bueno
no era tan bueno en las lides del amor
como su brazo ortopédico. No había cansancio en aquel brazo.
Aquella mano de fierrito no se cansaba. Ese tomarme la cintura
no se cansaba. La noche incansable entonces
parecía una entera noche ortopédica.
La noche una heroína
inyectada de heroína.
La luna y las estrellas
voyeristas del mundo, de la fatalidad de la gente
de la sobredosis de humanidad y ventanas
al otro lado de las cuales había gente sólo de carne y hueso
o gente como él con trozos ortopédicos
la luna y las estrellas que como que
parecían extinguirse como pulmones de poetas
como que como que
como hígados de poeta
que como corazones de poetas que
como que guatas de poetas
cual todo lo extinguible a la manera de un recuerdo exacto
de un segundo exacto del mar.
Los olores de la melancolía y el gozo
eran olorositos a nescafé con sacarina
y el del brazo ortopédico hacía sonar la cucharilla
como un puto francés en una taza ortopédica.
Su alma no era pues de carne y hueso
por lo menos no de manera indiscutible.
Ni los billetes que sagradamente
digo bien sagradamente
ponía sobre el velador, al lado mundial de mi cartera
esa abismo misterioso en que escondí hasta la imagen cursi
de una lágrima ardiendo en llamas a la manera de un Sagrado Corazón
u otra lágrima más rencorosa
atravesada por una pestaña al modo de un corazón corrupto de Cupido.
No lo recuerdo tanto a él como a su brazo ortopédico.
De los hombres sólo recuerdo partes:
soy como una Diosa Dios
que sólo evoca restos de los seres en que ha yacido.
Su brazo ortopédico se derrama en las paredes todavía
llenito
completamente pocho de sus sobras de sombras. Así se debe no amar
así hay que dejar que sólo fantasmas nos acometan a la vuelta de los días
así hay que irse tranquilita por la orilla
hipócritamente digna como la cara propia
que sólo conocemos por reflejo.

***