sábado, 17 de octubre de 2009

Sobre el Volcán

Sobre el Volcán...“Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego”, aquellos muchachos vestidos sobre el volcán. El volcán siempre en erupción de la literatura. Pero de La literatura.


Y, ahora, una botella lanzada al mar, un mensaje fotográfico que cruza el Atlántico, no una sino dos veces: desde México a España, la vez primera; desde España a Chile, la segunda. Y la botella llega al destinatario, porque así ha de ser con todo mensaje fotográfico enviado por un Muchacho, hermoso y discreto, joven aquella vez y más joven ahora.


No los personajes, sino las personas. No la invención, sino la vida. Cuando todos somos tan eternos, demasiado inmortales, ahítos en la rima de infinitos, cuando somos los muchachos, cuando somos los muchachos, cuando somos los muchachos, cuando somos los muchachos. Somos: palabra capicúa, palabra que va, palabra que viene: somoS. Soy: un yo que al revés pareciera un plural modulado por niños: Yos.


Rayos del mismo sol que nos alumbra a todos cruzan las fotografías: resplandor en la mejilla, el cielo de los topos en los tropos, aunados hasta la vida en el beso eterno.


K. Ramone

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Sobre el volcán
México D.F., Casa del Lago, bosque de Chapultepec, 1975.

Piel Divina, Julián Gómez, Mario Santiago, Margarita Caballero, Roberto Bolaño. El mismo orden en las dos fotos.
Rubén Medina, Piel Divina, Roberto Bolaño.

Roberto Bolaño, un desconocido, Bruno Montané.






Chorrito de agua en un césped frente al Museo Nacional de Antropología, Rubén Medina seduciendo a Diana cazadora, Piel Divina y Rubén Medina.

(Izquierda) Roberto Bolaño en autobús. (Derecha) Roberto Bolaño, un desconocido, Bruno Montané.


Piel Divina malabarista. Atrás a la derecha, Mario Santiago.

El hombre que reescribía a Carver


EL HOMBRE QUE REESCRIBÍA A CARVER

Por Alessandro Baricco

Raymond Carver es conocido como el padre del ``realismo sucio'' y el modelo de novelas como American Psycho. Pero, ¿qué tiene que ver Carver con sus cuentos? La demoledora pesquisa de Baricco demuestra que el editor de Raymond tuvo más tino que el autor: Gordon Lish no sólo eliminó casi el cincuenta por ciento del texto original, sino que creó un estilo.

Bloomington (Indiana). Todo empezó hace unos meses, en agosto. Compro el New York Times y en la portada del Magazine encuentro un bellísimo retrato de Raymond Carver. Ojos fijos en el objetivo y expresión impenetrable, exactamente como sus cuentos. Abro la revista y encuentro un largo artículo firmado por D.T. Max. Decía cosas curiosas. Decía que desde hace varios años circula un rumor a propósito de Carver: que sus memorables cuentos no los escribió él; los escribía, pero su editor los corregía radicalmente haciéndolos casi irreconocibles.


El artículo decía que este editor se llamaba Gordon Lish, más bien se llama, porque todavía vive, aunque de esa historia no hable con gusto. Luego el articulista dice que tuvo la curiosidad de saber qué había de verdad en esta especie de leyenda metropolitana.


Así que fue a Bloomington a visitar una biblioteca a la cual Gordon Lish había vendido todas las cartas y los escritos a máquina de Carver en los que estaban incluidas sus correcciones. Fue y revisó. Y se quedó pasmado. De una manera muy americana, tomó uno de los libros de Carver (De qué hablamos cuando hablamos de amor) e hizo cuentas. Resultado: en su trabajo de editor Gordon Lish había eliminado casi el cincuenta por ciento del texto original de Carver y había cambiado el final a diez de trece cuentos. ¿Nada mal, verdad?


Puesto que Carver no es un escritor cualquiera, sino uno de los máximos modelos literarios de los últimos veinte años, pensé que había una historia que aclarar. Y dado que en los periódicos se escribe más lo que es bonito para leer y mucho menos lo que realmente acontece, pensé que había una historia que aclarar. Y dado que en los periódicos se escribe más lo que es bonito para leer y mucho menos lo que realmente acontece, pensé que había sólo un modo de averiguarlo. Ir y cerciorarse. Así que fui e investigué. Bloomington realmente existe, es una pequeña ciudad universitaria perdida en medio de kilómetros de trigo y silos. Muchos estudiantes y, en el cine, Benigni. Todo normal. También la biblioteca existe. Se llama Lilly Library y está especializada en manuscritos, primeras ediciones y otros preciosísimos objetos fetichistas de este tipo. Si estuvieras en Europa deberías dejar como rehén a un pariente, entregar kilos de cartas de presentación, y esperar con paciencia. Pero allí es Norteamérica. Das un documento, te sonríen, te explican el reglamento y te desean buen trabajo (en casos como estos yo oscilo entre dos pensamientos: ``Son así y sin embargo matan a la gente en la silla eléctrica'' y ``Son así y por eso matan a la gente en la silla eléctrica''). Me senté, pedí el archivo Gordon Lish y me llegó una enorme caja para mudanzas, llena de folders muy ordenados. En cada folder, un cuento de Carver: el escrito original con las correcciones de Gordon Lish.


Con las condiciones de no usar bolígrafo, de tener los codos sobre la mesa y pasar las páginas una por una, podía tocar y mirar. Formidable. Me fui directo al más bello (según yo), de los cuentos de Carver: Diles a las mujeres que salimos. Un artilugio casi perfecto. Una lección. Tomé el folder, lo abrí. Me repetí que debía tener los codos sobre la mesa, e inicié la lectura.


Cosa de no creerse, amigos.


Ese cuento lo escogió Altman para su América hoy. También le gustaba a él. Ocho paginitas y una trama muy sencilla. Están Bill y Jerry, amigos de corazón desde la primaria. De los que compran el coche a medias y se enamoran de la misma muchacha. Crecen. Bill se casa. Jerry se casa. Nacen niños. Bill trabaja en el ramo de la gran distribución. Jerry es subdirector de un supermercado. El domingo, todos van a casa de Jerry que tiene una piscina de plástico y el asador de carne. Norteamericanos normales, vidas normales, destinos normales. Un domingo, después de la comida, con las mujeres arreglando la cocina y los niños en la piscina echando relajo, Jerry y Bill toman el coche y van a dar una vuelta. En el camino encuentran a dos muchachas en bicicleta. Se acercan con el coche y se hacen los graciosos. Las muchachas se ríen y no los toman en cuenta. Bill y Jerry se van. Luego regresan. No que sepan bien qué hacer. En cierto momento las muchachas dejan las bicicletas y toman el sendero del campo. Bill y Jerry las siguen. Bill, un poco desalentado, se para. Prende un cigarro. Aquí termina el cuento. últimas cuatro líneas: ``No entendió nunca lo que quería Jerry. Pero todo empezó y terminó con una piedra. Jerry usó la misma piedra con las dos muchachas, primero sobre la que se llamaba Sharon y luego sobre la que debería ser de Bill.'' Fin.


Frío, seco hasta el exceso, metódico, mortífero. Un médico en su millonésima autopsia manifestaría mayor emoción. Carver puro. Un final fulminante y una última frase perfecta, cortada como un diamante, simplemente exacta, y helada. Aquella idea de despiadada velocidad, y aquel tipo de mirada impersonal hasta lo inhumano, se han vuelto un modelo, casi un tótem. Escribir, después de que Carver escribió aquel final, ya no es lo mismo.


Bien, y ahora una noticia. Aquel final no lo escribió él. La última frase -esta espléndida, totémica frase- es de Gordon Lish. En realidad, en su lugar Carver había escrito seis cuartillas, digo seis: tiradas a la papelera por Gordon. Leerlas causa cierto efecto. Carver lo narra todo, todo aquello que en la versión corregida desaparece en la nada dando al cuento aquel tono formidable, de ferocidad lunar. Carver sigue a Jerry por la colina, narra largamente la persecución a una de las dos muchachas, narra que Jerry la viola y luego se levanta, queda como atontado y se va, pero regresa y amenaza a la muchacha; quiere que no diga nada de lo que pasó. Ella lo único que hace es pasarse las manos por el pelo y decir ``vete'', sólo esto. Jerry continúa amenazándola, ella no dice nada, y entonces la golpea con el puño, ella trata de huir, él toma una piedra y la golpea en la cara (``sintió el ruido de los dientes y de los huesos al quebrantarse''), se aleja, luego regresa, ella está todavía viva y se pone a gritar, él toma otra piedra y la acaba. Todo en seis cuartillas: lo que significa: ninguna prolijidad pero también ninguna prisa. Con ganas de narrar, no de ocultar.



Sorprendente, ¿verdad? Todavía más es leer el final, es decir, las últimas líneas. ¿Qué puso el frío, inhumano, cínico Carver, al final de esta historia? Esta escena: Bill llega a la cima de la colina y ve a Jerry de pie, inmóvil, y cerca de él el cuerpo de la muchacha. Quiere huir pero apenas puede moverse. Las montañas y las sombras, a su alrededor, le parecen un encantamiento obscuro que lo aprisiona. Piensa irracionalmente que quizás bajando de nuevo hasta la calle y ocultando una de las dos bicicletas, todo se borraría y la muchacha dejaría de estar allí. Ultimas líneas: ``Pero Jerry estaba ahora de pie frente él, desaparecido en su vestimenta como si los huesos lo hubieran abandonado. Bill sintió la terrible cercanía de sus dos cuerpos, a la distancia de un brazo, incluso menos. Luego la cabeza de Jerry cayó sobre su espalda. Levantó una mano y, como si la distancia que ahora los separaba, ameritara por lo menos eso, se puso a golpear a Jerry, afectuosamente, sobre la espalda, rompiendo a llorar.'' Fin.


Adiós, Mister Carver.


Ahora bien, la curiosidad no es la de entender si es más bello el cuento tal como lo escribió Carver o como salió de la tijera de Gordon Lish. Lo interesante es descubrir, bajo las correcciones, el mundo original de Carver. Es como llevar a la luz un cuadro sobre el cual alguien ha pintado después otra cosa. Usas un solvente y descubres mundos ocultos. Una vez empezado es difícil detenerse. De hecho no me detuve.


Diles a las mujeres que salimos es la obra maestra que es porque realiza a la perfección un modelo de historia que luego tendría en los herederos más o menos directos de Carver una atracción muy fuerte. Lo que se narra allí es una violencia que nace, sin explicaciones aparentes, en un terreno de absoluta normalidad. Entre más violento y sin motivo es el gesto y quien lo cumple es una persona absolutamente ordinaria, más aquel modelo de historia se vuelve paradigma del mundo y esbozo de una revelación inquietante sobre la realidad. Demasiado inquietante y fascinador, para que no sea tomado en serio. Todos los muchachos bien que, en tanta literatura reciente, buena y menos buena, matan de la manera más feroz y sin ninguna razón, nacen de allí. Pero si se usa el solvente, se descubre una cosa curiosa. Carver nunca pensó en Jerry como en alguien realmente normal, como un norteamericano ordinario, como uno de nosotros. Bill sí lo es, pero Jerry no. Y la narración siembra acá y allá pequeños y grandes indicios. Hablan de un muchacho que perdía su trabajo porque ``no era el tipo a quien le gusta que se le diga lo que debe hacer''. Hablan de un muchacho que en la boda de Bill se emborracha y se pone a cortejar de manera pesada a las dos madrinas de la esposa, y luego va a buscar pelea con los empleados del hotel. Y en el coche, aquel famoso domingo, cuando ven a las dos muchachas, el diálogo carveriano original es más bien duro:


(Jerry) ``Vamos. Probemos.''


(Bill) ``¡Jesús! No sé. Deberíamos regresar a casa. Además, son demasiado jóvenes, ¿no?''


``Bastante viejas para sangrar, bastante viejas para ¿conoces el dicho, no?''


``Sí, pero no sé''


``¡Cristo!, sólo debemos divertirnos un poco con ellas, hacerles pasar un mal rato''


Es bastante para que el lector sienta de entrada un hedor de violencia y tragedia. Y cuando la tragedia llega abarca seis páginas y es construida paso a paso, explicada paso a paso, con una lógica que hiela, pero que es una lógica en la que cada peldaño es necesario y todo al final parece casi natural. Todo viene a la mente menos un teorema que describe la violencia como un repentino segmento enloquecido de la normalidad. La violencia allí es más bien el resultado del comportamiento de toda una vida.


Sólo que Gordon Lish borró todo. Ni qué decirlo, tenía talento. Hasta en los más pequeños indicios, quita a Jerry su pasado, incluidos los últimos minutos del asesinato. Quiere que la tragedia, congelada, esté puesta sobre la mesa en las últimas cuatro líneas. Nada de anticipaciones, please. Se perdería el efecto. Resultado: de allí nace American Psycho. Pero Carver, él, ¿qué tiene que ver?


¿Puedo permitirme una nota más técnica? Bien. Carver es grande también por ciertos estilemas que, quizá sin que el lector se dé cuenta, construyen de manera subterránea aquella mirada mortífera por la cual se ha vuelto famoso. Trucos técnicos. Por ejemplo los diálogos. Muy secos. Acompasados por aquel extenuante y obsesivo ``dijo'' que, en la prosa, termina volviéndose una especie de batería que da el tiempo, con exactitud implacable. Un ejemplo: exactamente el diálogo citado arriba entre Bill y Jerry, en el coche. En la edición oficial es un bello ejemplo de estilo carveriano:


``Mira allá'', dijo Jerry, moderando la marcha. ``A ésas me las echaría con ganas.''


Jerry continuó más o menos por un kilómetro y luego se paró. ``Volvamos atrás'', dijo. ``Probemos.''


``¡Cristo!'', dijo Bill. ``No sé.''


``Yo me las echaría'', dijo Jerry.


Bill dijo: ``Sí, pero yo no sé.''


``¡Oh, Cristo!'', dijo Jerry.


Bill dio una mirada al reloj y luego miró alrededor. Dijo: ``¿Les hablas tú? Yo estoy enmohecido.''


Limpio, veloz, rítmico, ni una palabra de más. Como un bisturí. Pero es la versión de Gordon Lish. El diálogo escrito originalmente por Carver suena diferente:


``¡Mira allá!'', dijo Jerry moderando la marcha. ``Podría hacer algo con aquellas cosas.''


Continuó por el camino, pero los dos voltearon. Las dos muchachas los miraron y se echaron a reír, continuando a pedalear en la orilla de la calle.


Jerry avanzó otra milla, después se paró en una placita. ``Regresemos. Probemos.''


``¡Jesús! No sé. Deberíamos regresar a casa. Y además, ¿son demasiado jóvenes, no?''


``Bastante viejas como para sangrar, bastante viejas para... ¿Conoces el dicho, no?''


``Sí, pero no sé.''


``¡Cristo!, tenemos sólo que divertirnos un poco con ellas, hacerles pasar un mal rato''


``Claro.'' Dio una mirada al reloj y luego al cielo. ``Habla tú.''


``¿Yo? Yo estoy manejando. Háblales tú. Además están del lado tuyo.''


``No sé, estoy un poco enmohecido.''


¿Sutilezas? No tanto. Si uno construye buques petroleros, no les checa los tornillos. Pero si hace relojes, sí. Carver era un relojero. Trabajaba hasta en lo más mínimo. El detalle es todo. Además, las palabras de un diálogo son como pequeños ladrillos: si cambias uno no pasa nada, pero si continúas cambiando, al final te encuentras con una casa diferente. ¿Dónde acabó el mítico ``dijo''? ¿Dónde acabó la batería? ¿Y la regla del nunca una palabra de más? ¿Dónde acabó aquel que llamamos Carver?


Para la crónica: conté los ``dijo'' añadidos por Gordon Lish al texto de Carver en aquel cuento. Treinta y siete. En doce cuartillas de las que casi la mitad no son diálogos y por tanto no cuentan. Trabajaba fino Gordon Lish, nada que objetar.


Fin de la nota técnica. No del artículo, porque tengo todavía un ejemplo. Colosal.


El último cuento de la colección De qué hablamos cuando hablamos del amor es brevísimo: cuatro páginas. Se titula ``Todavía una cosa''. Formidable, por lo que yo entiendo. Una sacudida eléctrica. Es una pelea. Por un lado, un marido borracho. Por el otro, la esposa con una hija jovencita. La mujer no puede más y le grita al marido que desaparezca para siempre. El dice algo. Se gritan cosas. Casi no hay acción, sólo voces que exhalan miseria, y dolor, y rabia, rumiando odio al ritmo de los obsesivos ``dijo''. Lo que te tiene con la respiración en suspenso es que todo está en vilo sobre la tragedia. La violencia del marido parece que está por explotar. Es una bomba encendida. Hay un instante en que todo se vuelve casi insoportablemente filoso. El lanza un tarro contra una ventana. Ella le dice a la hija que llame a la policía. Pero lo que pasa luego es que él dice: ``Está bien, me voy'' y va a su cuarto a hacer la maleta. Regresa a la sala. La mecha de la bomba parece siempre más corta. Ultimos compases, de odio puro. El marido ya está en el umbral. Dice: ``Sólo quiero decir una cosa.'' Punto y aparte. Ultima frase: ``Pero luego no logró pensar lo que podía ser.'' Fin.


Es el clásico Carver. Miserias de una humanidad desarmada y sin palabras. Nada sucede y todo podría suceder. Final mudo. El mundo es una tragedia estática.


En la Lilly Library tomé el escrito de Carver. Lo leí. Llegué hasta el final. El marido está en el umbral. Se voltea y dice: ``Sólo quiero decir una cosa.'' Bien. ¿Saben qué pasa? Allí, en aquel escrito, lo dice. Y como si no bastara, ¿saben qué dice? Aquí está:


``Escucha, Maxine. Recuerda esto. Te amo. Te amo pase lo que pase. Y también te amo a ti, Bea. Las amo a las dos.'' Se quedó de pie en el umbral y sintió que los labios le empezaban a temblar mientras las miraba en la que, pensó, sería la última vez. ``Adiós'', dijo.


``A esto tú llamas amor'', dijo Maxine y soltó la mano de Bea. Cerró la suya en un puño. Luego sacudió la cabeza y hundió sus manos en las bolsas. Lo miró y dejó caer la mirada, cerca de los zapatos de él. A él le vino a la mente, como en un shock, que iba a recordar para siempre aquella tarde, y a ella parada de aquel modo. Era horrible pensar que en todos los años venideros ella iba a ser para él aquella mujer indescifrable, una figura muda metida en un traje largo, de pie en el centro del cuarto, con los ojos mirando al suelo.


``Maxine, gritó. ``¡Maxine!''


``¿A esto lo llamas amor?'', dijo ella, levantando los ojos y mirándolo. Sus ojos eran terribles y profundos, y él los miró, todo el tiempo que pudo.


Leí y releí este final. ¿No es extraordinario? Es como descubrir que, en su versión original, Esperando a Godot termina con Godot que efectivamente llega, y dice cosas sentimentales, o sólo sensatas. Es como descubrir que en la versión original de Los novios, Lucía echa a Renzo y termina con un discurso anticlerical. No sé.


Le dice ``Te amo'', ¿entienden? Aquel silencio suyo en el umbral de su casa parecía la última estación de la humanidad y de la esperanza. Y sólo era un hombre que retomaba el aliento, con el corazón despedazado, para encontrar la forma de decir a la mujer que la ama, que a pesar de todo la ama. No es el silencio del desierto del alma. Sólo tenía que tomar aliento. Encontrar el valor. Todo eso.


Los Apocalipsis no son como los de antes.


El artículo en el Magazine del New York Times reconstruía el caso, y luego entrevistaba a unos ``addetti ai lavori'' (especialistas), preguntándose con qué derecho el trabajo del editor se sobrepone al trabajo del autor y, naturalmente, si todo eso redimensiona o no la figura de Carver. Por cierto, el problema es interesante, y también en Italia podría tomarse como pretexto para volver a reflexionar sobre la figura de los editores y hasta para descubrir alguna sabrosa intriga del país. Pero otro es el punto que me parece más interesante. Descubrir que uno de los máximos modelos de la cultura narrativa contemporánea es un modelo artificial. Nacido en laboratorio. Y sobre todo: descubrir que el mismo Carver no estaba capacitado para mantener aquella mirada impasible sobre el mundo que sus cuentos ostentan. Más bien, en cierto modo tenía el antídoto contra aquella mirada. La esbozaba, quizás hasta la haya inventado, pero después, entre líneas y sobre todo en los finales, la cuestionaba, la apagaba. Como si tuviera miedo. Construía paisajes de hielo pero luego los veteaba de sentimientos, como si tuviera necesidad de convencerse que, a pesar de todo aquel hielo, eran habitables. Humanos. Al final, la gente llora. O dice te amo. Y la tragedia es explicable. No es un monstruo sin nombre. Gordon Lish tuvo que intuir, por el contrario, que la visión pura y simple de aquellos desiertos helados era lo que aquel hombre tenía de revolucionario. Y era lo que los lectores tenían ganas de que se les narrara. Borró minuciosamente todo lo que podía calentar aquellos paisajes y, cuando era necesario, añadía aún más hielo. Desde un punto de vista editorial él tenía la razón: construyó la fuerza de un verdadero y propio modelo inédito. ¿Pero el punto de vista editorial es el mejor punto de vista?


El último día, en la Lilly Library, me releí de corrido los dos cuentos en la versión original de Carver. Bellísimos. De manera distinta, pero bellísimos. ¿Saben qué había de diferente? Que al final tú estabas de parte de Jerry y del marido borracho. Hay compasión por ellos y una comprensión de ellos, que logra la acrobacia insensata de hacerte sentir de parte del malo. Yo conocía al Carver que sabía describir el mal como cáncer cristalizado sobre la superficie de la normalidad. Pero en el original era distinto. Era un escritor que buscaba desesperadamente hallar el revés humano del mal, demostrar que el mal es inevitable; dentro de él hay un sufrimiento y un dolor que son el refugio de lo humano -el rescate de lo humano- en el paisaje glacial de la vida. Debía saber bastante de personajes negativos. El era un personaje negativo. Hasta me parece natural, ahora, pensar que haya buscado obsesivamente hacer aquello y nada más que aquello: rescatar a los malos. En el último cuento, el de la pelea, Gordon Lish cortó casi todas las palabras de la hija, y aquellas palabras son afectuosas, son las palabras de una muchachita que no quiere perder a su padre, y que lo ama. Ahora me parecen la voz de Carver. Y, en cierto momento, hay una parte, siempre cortada por Lish, en la que el padre mira a aquella muchachita, y lo que dice es de una tristeza y de una dulzura inmensas: "Tesoro, me duele. Me encolericé. Olvídame, ¿quieres? ¿Me olvidarás?''


No sé. Se necesitaría ver todos los otros cuentos, estudiarlos seriamente. Pero regresé con la idea de que aquel hombre, Carver, tenía en la cabeza algo terrible pero también fascinante. La idea de que el sufrimiento de las víctimas es insignificante. Y que el residuo de humanidad que hierve bajo esta zona glacial está custodiado por el dolor de los verdugos. ¿Si así fuera, no residiría en esto su grandeza?
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Traducción de Annunziata Rossi


Tomado de La Repubblica


La Jornada Semanal, 29 de agosto de 1999

viernes, 16 de octubre de 2009

NACE LA RATONA CARTONERA

NACE LA RATONA CARTONERA

     Cito la cabecera del blog de La Ratona Cartonera (pueden verlo aquí): 

      En el fondo de su guarida, la ratona va hilvanando las historias que otras mentes construyen con la imaginación. Gesto sencillo, que consiste en asomarse al mundo ofreciendo otros mundos. Hacendosa en su tarea editorial, convida lo que va encontrando en sus caminos subterráneos.

      Su primer libro es Mapas y escritos, del poeta Bruno Montané —uno de los imprescindibles— , y será lanzado en el mero D.F., en la mítica Casa del Lago. No será el último, por cierto.

     Buena suerte, Hermanos/Amigos que hacen posible la aventura, especialmente a ti, Raúl Silva.




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lunes, 12 de octubre de 2009

Raymond Carver: ESCRIBIR UN CUENTO


Raymond Carver:
ESCRIBIR UN CUENTO

Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
     Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
     Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.
     Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la UNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.
     Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
     Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.
     Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.
     Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.
     Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.
     En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.
     Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.
     En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
     Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera.  Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.
     Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.
     Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.
     Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.
     Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.
     La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

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martes, 6 de octubre de 2009

Viaje en el Ramal...todo mal ("me fue como el pico el fin de semana")


Viaje en el Ramal... todo mal ("me fue como el pico el fin de semana")

Lo que leerán es el mail de un amigo, un mail real (le pedí, obviamente, la autorización para publicarlo). Un viaje acompañado, un viaje de a dos, en el Último Ramal de Chile. El mítico recorrido por trocha angosta (sí, el último de Chile) desde Talca a Constitución y viceversa, o hacia una Ítaca de un Kavafis Pérez González, en que lo que importa es el viaje, no el destino (o el viaje sin destino, si atendemos al triste caso de mi amigo). Buscarril, tres horas y media a cuatro de viaje. A unos sesenta kilómetros por hora. Viaje lento, casi a tranco, tren con bototos, y una multitud de pequeñas estaciones a lo largo del camino: casi todas habitadas por fantasmas, algunos, la mayoría en realidad, fantasmas de carne y hueso, de charqui y hueso, de vejez y hueso. Un viaje en el Último Ramal de Chile, en donde mi amigo se sintió también el último de Chile. Vamos al mail.

K. Ramone

(La imagen que acompaña este texto pertenece al fotógrafo Roberto Apablaza C.)
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"ME FUE COMO EL PICO EL FIN DE SEMANA"

           Me fue como el pico el fin de semana (este mail lo escribiré con rabia, jaja). Me tuve que levantar más temprano que la chucha para pegarme un pique güeón, que al final de todo no sirvió de nada...no, me equivoco, me sirvió para darme cuenta de que NUNCA MÁS hago este tipo de estupideces... imagínate, pegarte un pique enorme de cuatro horas con una persona que no HABLAAAAAAA!!!, ¿te das cuenta?, sentí todo el puto rato que estaba aburrida, que estaba molesta. le preguntaba qué mierda tenía en su cabeza, y sabí la respuesta güeona que me dijo?, "no, nada, no me pasa nada"....ahhhh no, eso fue el colmo de todo...yo puro mirándole las tetas, y a ella no le pasaba nada....ahh chaooooo, nunca más lo hago... más encima estaba que me meaba y no me dejaba mear en la calle, al lado de un arbolito, “pero cómo se te ocurre, negro, por favor!!!”, ahhhh no, esto también fue el colmo, todo es el colmo de todo, porque simplemente nunca me dio un indicio de algo, nunca nada, ni siquiera la abracé, y más encima me salió 9 lucas la tallita, y aquí estoy: sin mina, caliente y sin plata...


Eso, saludos y un abrazo, disculpa mi lenguaje tan soez...

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jueves, 1 de octubre de 2009

FINAL WORDS


Final words

New York, 1928 . Las últimas palabras de George Appel, convicto ejecutado en la silla eléctrica:

         —"Well, gentlemen, you are about to see a baked Appel."

         —"Bueno, señores, están a punto de ver un Appel al horno."

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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Juan Luis Martínez: Poeta Azul (o verde o amarillo o lila o rojo o fucsia...etc.)

Juan Luis Martínez = Juan Luis Martínez: Poeta Azul (o verde o amarillo o lila o rojo o fucsia... etc.)

Juan Luis Martínez (1993 - 1942). Acerca suyo ya hablamos en este mismo blog: right here! Por favor, no golpeen la puerta con martillo. Miren que nuestra cabeza proviene del martillo. No jodan, no molesten. Si ya les dije ya que este señor Martínez, Luis o Juan, no creía en la jodida territorialización de Egoland. Era poeta nomás. Déjennos morir tranquilos. Ya que no nos dejaron vivir. Soy un gato, un gato al cuadrado. La tierra es una ratita, una lauchita loca que se ha comido a sus gatos, enteritos, verdaderitos, culiaditos, chilenitos, ciudadanitos, mititos, cosmitos, diminutivitos. ¡HASTA CUANDO MOLESTAN! Déjennos morir tranquilos, ya que no nos dejaron vivir. Juan Luis Martínez es uno de los mejores poetas del mundo. No quiero decir de Chile, porque eso es un suicidio del análisis crítico. Deja de golpear con la guadaña, muerte de mierrrrrrrrrrrrrr..., deja de golpear la ventana al revés del ataúd.

K. Ramone
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Poemas/textos escritos por un caballero que era poeta y se llamaba Juan Luis Martínez 
(........1942-1943-1944-1945-1946-1947-1948-1949-1950-
1951-1952-1953-1954-1955-1956-1957-1958-1959-1960-
1961-1962-1963-1964-1965-1966-1967-1968-1969-1970-
1971-1972-1973-1974-1975-1976-1977-1978-1979-1980-
1981-1982-1983-1984-1985-1986-1987-1988-1989-1990-
1991-1992-1993........... )


LA CASA DEL ALIENTO, *
CASI LA PEQUEÑA CASA DEL ( AUTOR )



a Isabel Holger Dabadie
a Luis Martínez Villablanca





(Interrogar a las ventanas
sobre la absoluta transparencia
de los vidrios que faltan)





a. La casa que construiremos mañana
ya está en el pasado y no existe.

b. En esa casa que aún no conocemos
sigue abierta la ventana que olvidamos cerrar.

c. En esa misma casa, detrás de esa misma ventana
se baten todavía las cortinas que ya descolgamos.


* "Quizás una casita en las afueras
donde el pasado tiene aún que acontecer
y el futuro hace tiempo que pasó".
(De T. S. Eliot, casi).



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TAREAS DE POESÍA




Tristuraban las agras sus temorios

Los lirosos durfían tiestamente

Y ustiales que utilaban afimorios

A las folces turaban distamente.



Hoy que dulgen y ermedan los larorios

Las oveñas patizan el bramente

Y las fólgicas barlan los filorios

Tras la Urla que valiñan ristramente.


EXPLIQUE Y COMENTE



1. ¿Cuál es el tema o motivo central de este poema?
2. ¿Qué significan los lirosos para el autor?
3. ¿Por qué el autor afirma que las oveñas patizan el bramente?

4. ¿Qué recursos expresivos encuentra en estos versos?:



"Y las fólgicas barlan los filorios
Tras la Urla que valiñan ristramente".


5. Ubique todas aquellas palabras que produzcan la sensación de claridad, transparencia.
6. ¿Este poema le produce la sensación de quietud o de agitado movimiento? Fundamente su respuesta.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

VIVIR CON B: PALABRAS ACERCA DEL FOTÓGRAFO ANTOINE D'AGATA Y HASTA QUE EL MUNDO YA NO EXISTA

VIVIR CON B:
PALABRAS ACERCA DEL FOTÓGRAFO ANTOINE D’AGATA

Por K. Ramone



Un caos a punto de desatarse, un punto de fuga implícito, cautelosamente al acecho, asechador a veces. La sensación de estar rondando, o estar siendo rondado por, algo como un infierno, al borde del infierno. Aquí algo se entreteje, aquí algo se está armando, aquí algo va a pasar. Aunque no pase. Ojalá ocurriera, pero predomina la longitud de la prefiguración, el abismo en ciernes. Esa angustia. Esa carga. El cuchillo (de tiempo o espacio), el cuchillo (o el esbozo de un cuchillo en penumbras) está aún oculto, y lo terrible es saber que está ahí, aguardando. Y lo terrible es entonces ponernos en la situación sicótica, sicopática —snuff movie—, de no alejarnos del peligro y el morbo, no taparnos los ojos, más bien abrirlos por completo, tentarnos por la curiosidad. Tal desasosiego marca la deriva de muchos pasajes de la escritura de Roberto Bolaño. Bolaño —que leyó a Kafka, el primer guionista porno de la historia— no nos narra el infierno, nos sitúa en algo peor: la espera en la antesala del infierno. Pienso, primero, en cuentos: El Ojo Silva, Gómez Palacio, Dentista, Putas Asesinas, Prefiguración de Lalo Cura, Joanna Silvestri y, por supuesto, Últimos Atardeceres en la Tierra. Pienso en páginas de Estrella Distante; pienso en páginas de Los Detectives Salvajes, moviéndose en los extramuros de un D.F. de noche, aunque no sea de noche. Pienso en un cuarto sin luz eléctrica y en un cuarto húmedo con luz eléctrica, aunque mal iluminado; en la pared de uno hay un espejo, en la pared del otro también hay un espejo: lo que está en los espejos y no en los cuartos es lo que da sentido a la inexistencia o la debilidad de la luz, pero de la luz eléctrica. Pienso en 2666, en La Parte de Fate (que en inglés significa hado, destino) y en La Parte de los Crímenes (inevitable aplaudir la expansiva lectura de Ellroy). Pienso, ahora solitario en casa, en lo que se oye, lo que se acerca, lo que se mueve, lo que muere y no resucita, lo que emerge y se esconde. A veces —y esto es como si se lo dijera a un amigo en sus veintitantos— dan deseos de matarse o de ponerse a llorar. Tal vez, entonces, deberíamos matarnos o ponernos a llorar. O algo todavía peor: ni matarnos ni llorar. Eso también se parece al infierno.

He hablado del escritor Roberto Bolaño, pero no se equivoquen: también estaba hablando del fotógrafo Antoine d’Agata.
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Antoine d'Agata nació en Francia en 1961. Es miembro de la prestigiosa y mítica Agencia MAGNUM. Para algunos acaso resulte extraño que Magnum tenga entre sus miembros a esta oveja negra, oveja bella pero negra. Para mí, el dato habla bien de la apertura de Magnum a distintas voces o, más bien, miradas o, más bien, en el caso de d'Agata, bocas, ojos, cuartos oscuros en extramuros.
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HASTA QUE EL MUNDO YA NO EXISTA
(UNTIL THE WORLD NO LONGER EXISTS)
Por Antoine d’Agata
Traducido al español por K. Ramone

La noche, el sexo, el vagabundeo... y la necesidad de fotografiarlo todo, no tanto el acto percibido, sino más bien la simple exposición a las comunes e incluso extremas experiencias... Es parte inseparable de la práctica fotográfica, en cierto sentido, intentar atrapar la existencia o el riesgo, el deseo, la inconciencia y lo fortuito, elementos todos que continúan siendo esenciales. Ninguna postura moral, ningún juzgamiento, simplemente el principio de afirmación necesario para la exploración de ciertos universos, para internarse en lo profundo, sin precaución alguna. Un viaje en la fotografía hacia el punto de fuga del orgasmo y de la muerte.

Intento establecer un estado de mundos nómadas, parcial y personal, sistemático e instintivo, de espacios físicos y emociones en que soy completamente un actor. Y evito definir de antemano lo que estoy a punto de fotografiar. Las fotos son tomadas al azar, de acuerdo a la oportunidad y las circunstancias. Las opciones hechas, considerando todas las posibilidades, son subconscientes. Pero las obsesiones mantienen su constante: las calles, el miedo, la oscuridad, y el acto sexual... Sin mencionar tal vez, al final, el simple deseo de existir.

Más allá del sujeto, de las almas perdidas y del vagar nocturno, de las escenas de fellatio y de los cuerpos en absoluto abandono, busco revelar cierto tipo de división a través de la mixtura de cuerpos y sentimientos, revelar fragmentos de sociedad que escapan a cualquier análisis y la inmediata visualización del hecho, pese a que son, no obstante, sus principales elementos.

La brutalidad de la forma, la intensidad de la visión nos obliga, más que las imágenes que pretendo documentar, a involucrarnos con la realidad de lo que estamos viendo. Puede que el espectador exista entonces, ya no descubriéndose en la posición de voyeur o cliente, sino compartiendo una experiencia extrema, preguntándose acerca del estado del mundo y de sí mismo.

El sentido de la pérdida de la visión del sujeto puede parecer una paradoja en un género documental en que trato de imponer mi subjetivo punto de vista, en una autobiografía cargada de viajes y vagabundeo. Pero el strip tease emocional, que es el que me permite entrar en las páginas de este íntimo, fotográfico diario, parece conducirme inevitablemente hacia este punto de fuga.

Una fotografía no es nada más que una mentira. El espacio es aislado; el tiempo, manipulado. He ahí dos incontrolables falsas apariencias de una imagen condenada a escoger entre la hipocresía —y buena consciencia— y ser una farsa. El lenguaje usado es a menudo de una clase: dominador pero alienado, inconsciente de la materia real a su alcance: apariencia, ambigüedad, el imaginario. En mis fotografías, en mi práctica diaria de la mentira, no puedo pretender describir nada sino mi situación en sí misma (mis normales estados de ser, mis pervertidas intimidades)... Sólo puedo comentar la mera insignificancia del momento fotográfico.

Destinado a la antología de un reducido conocimiento, de castradas experiencias, el fotógrafo se apropia para sí mismo de gestos, desvía los actos y regurgita señales que “indican” nuestra relación con las imágenes y determinan nuestra percepción de una realidad que ha llegado a ser hipotética. Y así, el mundo se limita a iconos, un altar en directa oposición a los rituales que el fotógrafo practica. Pero si la liturgia, el orador y el sermón son aún instrumentos de un vigoroso culto, entonces, para los fotógrafos, verdad y libertad son encontradas sólo en el reino de la confesión.

Intento distanciarme de cierto tipo de fotografía documental que, con el fin de presentar una compleja realidad, se aprovecha a menudo de símbolos demasiado fáciles de leer y asimilar, en un balance discutido interminablemente, una y otra vez, entre la fotografía como instrumento de documentación y la fotografía como algo completamente subjetivo. No es el ojo que la fotografía posa sobre el mundo lo que me interesa, sino su más íntima compenetración con ese mundo.

Las únicas fotografías que realmente existen son las imágenes “inocentes”. Las hallamos en el álbum de fotos familiar o en los archivos policiales. Más allá de servir como simple documentación de la realidad o de cierto sentido estético, ellas testifican el rol del fotógrafo, su implicación, la autenticidad de su posición en aquel momento. Las composiciones de luz, narrativa, ya no son, para mí, problemas fundamentales, sino superfluas mentiras. ¿Qué me interesa hoy en una imagen? La perspectiva que ha justificado el acto de la fotografía, la interferencia de la experiencia, el continuo de la escena, la textura, el material, el significado del autorretrato, del individuo, la incoherencia de la secuencia desplegada, la maniaca reconstrucción de la azarosa experiencia: las fotografías, como las palabras, carecen de significado cuando están aisladas...

Para criticar de un modo coherente, la imagen dominante realmente requiere de una foto que esté lúcida en medio de su confusa situación, de la experiencia entre un vistazo y una buena, sólida mirada, la cámara y el inconsciente, en su concordancia fundamentalmente contaminada con la realidad y la ficción. Este enfoque no puede concebir aquello en la multiplicidad, asociando técnica y práctica, a veces opuestas una a otra en su uso del lenguaje fotográfico; lo que yo busco es revelar las inherentes contradicciones en el “uso” de la fotografía documental, que supuestamente debería transcribir la realidad tangible, cuando al mismo tiempo no hace más que reportar una miríada de experiencias.

Puedo entonces hacer uso del mundo para mis propios fines y, en una experiencia básicamente solitaria, remodelarlo y transformarlo a voluntad, casi como si, sin imágenes, el mundo ya no existiera.





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martes, 8 de septiembre de 2009

El Ojo Silva: anotación en torno a un párrafo


El Ojo Silva: anotación en torno a un párrafo

Por K. Ramone

“Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.” Éstas son, para mí, las mejores líneas del Bolaño cuentista. Pertenecen a El Ojo Silva. Es un párrafo muy técnico, pero, a diferencia de muchos textos ahítos de técnica, es además exquisito. Bolaño consigue revelar lo no visto; vemos al Ojo Silva por lo que oímos y lo vemos con toda la nitidez de la fragilidad más grande del mundo: es la foto perfecta tomada por un ciego vidente; es en realidad la flecha Zen haciendo fama, pero en el exacto centro del blanco. Y el centro está, en esas pocas líneas, todo el tiempo esparcido, pues lo que reina allí es la periferia, interior y exterior.

Primero, el narrador (¿Arturo Belano?) ignora la duración del silencio. Luego, sabe del frío no por el frío, sino porque en algún momento empieza a temblar. Luego, oye sollozar al Ojo Silva, a su lado, y lo cumple dos veces, dos veces lo oye sollozar (este acento de Bolaño es sutil y al mismo tiempo terrible), pero prefiere no mirarlo. No ve un coche, lo que ve son sólo los faros de un coche que pasa y que, además, lo hace por una de las calles laterales. No ve encenderse, a través de una ventana, la luz de una casa: ve que una ventana se enciende, y la ve a través del follaje.

Se que he leído muchas veces El Ojo Silva y sé que he leído muchas más el párrafo de marras. Sé que lo emprenderé otras tantas y sé, por supuesto, que no me dejará de asombrar la dimensión narrativa de numerosos párrafos de Roberto Bolaño, pero sobre todo de ése. Lo remarco, pocos, muy pocos escritores —defiendo la validez de este énfasis— tienen un dominio tal de la imaginación y de los recursos técnicos como para permitirse esos lujos narrativos. La maestría para exponer la extrema vulnerabilidad de un par de hombres deducidos del infierno, pero mostrando aquello que no se ve o lo que es apenas vislumbrado. Hay un verbo morando en toda la escena: Estar.


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Referencia: Bolaño, Roberto. 2001. Putas asesinas. Barcelona: Editorial Anagrama.


martes, 1 de septiembre de 2009

Rabelais (Alcofribas Nasier), 1494-1553: DE CÓMO GARGANTÚA NACIÓ...


Rabelais (Alcofribas Nasier), 1494-1553:
DE CÓMO GARGANTÚA NACIÓ DE UN MODO MUY EXTRAÑO
(fragmento)



Al poco rato, Gargamelle empezó a suspirar, a lamentarse y a llorar. Al instante acudió de todos lados un buen número de matronas, las cuales, palpándole la vagina, dieron con algunos trozos de piel bastante maloliente, lo que les indujo a pensar que el niño estaba por llegar. Pero lo que en verdad ocurría era que, en razón al reblandecimiento del intestino recto -al que llamáis tripa cular- se le escapaba el fundamento a consecuencia de haber comido demasiados callos, como ya antes hemos dicho.
Acto seguido, una vieja malcarada de la reunión, que gozaba de gran reputación como curandera y que formaba parte de la comunidad desde que, sesenta anos antes, viniera de Brisepaille, cerca de Saint-Genou, le hizo un astringente tan tremebundo que las membranas de la vagina se contrajeron hasta el punto de que dificilmente habríais podido separarlas con los dientes..., cosa que da miedo pensar; otro tanto hizo el diablo en la misa de San Martín, pues luego de tomar por escrito los chismorreos de dos mujeres galas, estiró a fuerza de dientes su pergamino.
Esta dificultad hizo que se relajaran los cotiledones de la matriz, por los cuales saltó el niño, que penetrando por la vena cava y subiendo luego por el diafragma hasta los hombros, donde dicha vena se divide en dos, tomó el camino de la izquierda y salió por la oreja del mismo lado.
En cuanto hubo nacido, no exclamó como los otros niños: "Migas, migas!" sino que grito con fuerza: "¡A beber, a beber!", como invitando a todo el mundo. Y tales fueron sus gritos, que se le oyó en todo el país de Beusse y de Bibarais.
Dudo que deis credito a tan extraño parto. Y si, en efecto, no lo creéis, no me importa. Mas un hombre de bien, un hombre sensato, debe creer siempre lo que le dicen y lo que ve escrito. ¿Atenta esto contra nuestra ley, nuestra fe, nuestra razón o contra la Sagrada Escritura? Por mi parte, nada hallo en la Santa Biblia que vaya en contra de ello. Pero si esa hubiera sido la voluntad de Dios ¿diríais acaso que no estaba en su poder al hacerlo? Por merced, no turbeis nunca vuestro entendimiento con tan vanos pensamientos, porque yo os digo que nada es imposible para Dios y, si El así lo quisiera, en lo sucesivo todas las mujeres parirían sus hijos por la oreja.
¿No fue Baco engendrado en el muslo de Júpiter?
¿No salió Croquemouche de la pantufla de su nodriza?
¿No nació Minerva de la cabeza y por la oreja de Júpiter, y Adonis por la corteza de un árbol de mirra?
¿No nacieron Cástor y Pólux de la cáscara de un huevo puesto y empollado por Leda?
Pero mucho más admirados y sorprendidos estaríais si os expusiera ahora aquel capítulo de Plinio en que habla de partos raros y contra natura. Pero yo no soy un embustero tan ilustrado como él lo fue. Leed el libro VII de su Historia natural, capítulo III, y no me importunéis más con ello.



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